Capítulo 8 Prométeme que serás feliz

Alessia caminaba por su habitación mientras Jenna terminaba de cerrar la última maleta. El vestido blanco colgaba aún de la puerta, intacto, perfecto, casi irreal. Era difícil creer que ya no era solo Alessia Accardi. Era la esposa de Vladimir Volkov.

En ese momento, estaba por irse a vivir su luna de miel junto a él, estarían solos, lejos de todos en una isla cercana a Hawái.

—Tu pasaporte, los documentos y los contratos que pidió tu abuela… ya está todo listo —dijo Jenna, alcanzándole una carpeta.

Alessia asintió, respirando hondo. Su estómago estaba extraño, no por miedo… más bien por la sensación de que su vida acababa de volverse más grande de lo que nunca imaginó.

Skyler llegó a la habitación con su sonrisa tranquila, acompañada por las trillizas que corrían emocionadas alrededor de la cama.

—¿Lista para volverte hawaiana por dos semanas? —preguntó Sky, divertida.

—Más que lista —respondió Alessia, acariciándose los brazos para aliviar la tensión—. Solo me sorprende que todo esté pasando tan rápido.

—Las grandes decisiones siempre pasan así —intervino Jessica desde el marco de la puerta—. No te dan tiempo de pensarlas demasiado… solo te lanzan. Cuídate mucho, prima. Diviértete mucho, será tu recuerdo para siempre.

Las trillizas se acercaron para abrazarla por turnos, llenándola de un cariño que le calentó el pecho. La familia Accardi se había vuelto más unida de lo que nunca creyó posible. Sus pequeñas sobrinas se habían robado su corazón.

—Te vamos a extrañar mucho —dijo Mercy, haciendo puchero.

—Volveré pronto —prometió Alessia, inclinándose para besarlas en la cabeza—. Y les traeré regalos.

—¿Volcanes? —preguntó Isabella, muy seria.

—Algo más pequeño —rió Alessia—, no puedo meter un volcán en la maleta. Pero estoy segura que encontraré cosas especiales para ustedes.

La abuela Eleonore apareció entonces, impecable y majestuosa, como siempre. Sostenía un pequeño estuche en las manos.

—Esto es para ti —dijo, entregándoselo.

Alessia lo abrió. Un broche antiguo, plata pura, con una piedra azul que combinaba perfectamente con el collar que Vladimir le dio la noche anterior. Un símbolo de las mujeres Accardi.

—Para que recuerdes quién eres, incluso del otro lado del mundo —murmuró Eleonore—. Y para que ningún apellido, por poderoso que sea, pueda hacerte olvidar tu valor.

Alessia sintió un nudo en la garganta.

—Gracias, abuela.

—Prométeme que serás feliz —pidió Eleonore, acariciándole la mejilla—. No perfecta, no obediente, no sumisa… feliz.

—Lo intentaré.

—No, niña. Lo harás.

Cuando bajaron al vestíbulo, Vladimir estaba allí. Traje negro, camisa sin corbata, actitud de magnate que podía comprar el mundo con una llamada. El contraste con la serenidad del ambiente familiar era casi brusco.

—¿Lista? —preguntó, mirándola con esa mezcla de frialdad y posesión que siempre le quemaba el pecho.

—Sí.

Vladimir estrechó la mano de Giovanni, inclinó la cabeza ante Eleonore y besó a las trillizas en la coronilla —gesto que sorprendió a todos—. Luego tomó a Alessia por la cintura, guiándola hacia la puerta.

Las cámaras ya estaban afuera, en la reja principal. La seguridad las contuvo, pero aun así los flashes pintaron destellos blancos en el auto mientras este avanzaba rumbo al aeropuerto privado.

—Empieza nuestra vida —dijo Vladimir, entrelazando sus dedos con los de ella.

El contacto la electrizó.

—Empieza —respondió, sin saber si debía sonreír o prepararse para luchar.

──────༻❀༺──────

El jet privado los esperaba reluciente, con la insignia Volkov en la cola. Las azafatas saludaron con perfecta sincronía. Dentro, los asientos eran de cuero blanco y champagne frío los esperaba en la mesa central.

—A Hawái —ordenó Vladimir, tomando las copas.

El avión despegó con suavidad, alejándose de la ciudad.

—¿Estás nerviosa? —preguntó él.

—Un poco. Es… mucho.

Él se inclinó hacia ella, apoyando los labios en su sien.

—Lo sé. Pero te acostumbrarás. Y yo también —añadió, casi en un susurro—. Eres mía, Alessia. Y esta luna de miel es solo el comienzo.

La copa tembló ligeramente en sus manos.

—Hawái es un buen lugar para empezar.

Vladimir sonrió con esa expresión peligrosa que siempre hacía que su pulso se acelerara.

—Hawái será nuestro paraíso… o nuestro infierno. Depende de cuánto quieras retarme. Estás dos semanas serán decisivas para establecer el resto de nuestro matrimonio, ¿lo entiendes, verdad?

Ella tragó saliva.

Él tomó su mentón, suave, firme.

—Y recuerdalo bien, esposa —murmuró, rozando su boca sin llegar a besarla—. No vas a huir de mí, ni aunque se pongan oscuras las cosas. Tú no sueltes mi mano y yo no tendré que amarrarte.

El avión siguió ascendiendo, llevándose con ellos el principio de una historia que ninguno de los dos estaba preparado para controlar.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo