Capítulo 2 Las cicatrices del fango

Valeria

Mi memoria se reduce al olor a humedad de los gimnasios clandestinos de Queens y al impacto seco de mis nudillos contra los sacos de lona. En los suburbios no sobrevives si dependes de la compasión ajena; aprendes a medir la distancia de un golpe directo o terminas en el suelo antes del segundo asalto. Mientras las jóvenes del Upper East Side practicaban coreografías de etiqueta, yo me vendaba las manos con tiras de algodón para evitar fracturas en las peleas ilegales por dinero en efectivo.

El espejo roto del baño del club de boxeo mostraba la incoherencia de mi identidad. Poseía las facciones afiladas y la mandíbula esculpida de una dinastía adinerada, pero la calle había modificado esa estética con una cicatriz en la ceja izquierda y los nudillos permanentemente inflamados. Mi hermano adoptivo, el único que no me abandonó cuando los servicios sociales nos arrojaron a la calle a los dieciocho años, solía limpiar mis heridas tras cada victoria en los callejones.

—La prescripción médica de tu tratamiento aumentó a ochocientos dólares esta semana, Val —anunció él, apoyándose contra la mesa de la cocina mientras la tos forzada le sacudía el pecho—. Los cobradores del distrito advirtieron que si el pago no ingresa mañana al mediodía, cancelarán el suministro y confiscarán el inmueble.

—Nadie va a confiscar nada —respondí, ajustándome las botas de cuero y amarrando mi cabello oscuro en una trenza compacta—. Hay un combate de fondo esta noche en los galpones de carga de Queens. El organizador paga mil dólares al boxeador que derribe al campeón invicto de Brooklyn. Traeré ese dinero antes de la primera luz del día.

La lluvia helada me acompañó hasta el galpón de apuestas. El recinto apestaba a alcohol y dinero sucio. Cuando subí al ring delimitado por vigas de hierro y cuerdas de amarre naval, la clientela gritó al ver a una mujer dispuesta a recibir castigo físico. No mostré dolor. Cada impacto que recibí en las costillas fisuradas neutralizaba la frustración de una vida sin respuestas sobre mi origen. Noqueé al rival en el cuarto asalto con un gancho de izquierda directo al mentón, pero la verdadera agresión me esperaba en el callejón de salida del muelle.

Guardaba los billetes del premio en el bolsillo cuando un sedán blindado negro bloqueó el paso hacia la avenida principal. Dos hombres de contextura robusta, abrigos de lana oscura y manos callosas descendieron sin emitir sonido. Reconocí los movimientos de inmediato: no eran delincuentes comunes de Queens, sino el brazo ejecutor de la Bratvá de Brighton Beach.

—Confirma los rasgos con el dispositivo, Dimitri —ordered el sujeto más alto, exhibiendo una tableta digital frente a mi rostro—. La estructura ósea coincide. Si el viejo Viktor Petrov la interroga en la firma de mañana, no podrá diferenciarla de la heredera Sterling.

Lancé un golpe directo hacia el rostro del primer agresor, pero la culata de una pistola automática impactó contra mis costillas lesionadas, derribándome sobre el cemento mojado. Me arrastraron por el suelo hacia el interior de un almacén de carga abandonado, asegurando mis muñecas a una silla de madera con sogas de nailon de tracción industrial.

Fue sobre ese hormigón mugriento, con la piel de los brazos sangrando por la presión del amarre, donde vi por primera vez a Sofía Sterling en la pantalla que Dimitri sostenía. Tenía mi misma mirada gris, pero su rostro no registraba marcas de combate, y su cuello exhibía piezas de joyería que superaban el valor de toda la atención médica que mi hermano necesitaría en su vida.

La puerta del almacén se abrió y la silueta de Aleksei Petrov bloqueó la entrada. Su presencia con un abrigo de lana negra dominaba el espacio, eclipsando la penumbra del muelle. Sus ojos grises, letales y calculadores, me escanearon con una fijeza que me erizó la piel. Caminó despacio; el repique de sus botas de cuero contra el cemento aumentaba la presión en la sala.

—Tu simulación en la calle concluyó, Valeria —la voz de barítono de Aleksei Petrov interrumpió el silencio del almacén—. Tu hermana Sofía sustrajo los códigos de encriptación de mi corporación y abandonó la ciudad esta madrugada. Mañana a las dos de la tarde, la junta directiva y mi tío Viktor exigen la firma de la heredera para concretar la fusión de activos. Si no asumes el traje de sastre blanco y ejecutas el fraude en su lugar, la orden de ejecución contra tu hermano se activará antes del mediodía.

Aleksei se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta atraparme bajo su sombra pesada. Me tomó de la barbilla con brusquedad, obligándome a sostener su mirada de témpano. Al contacto directo de sus dedos descubiertos contra mi piel lesionada, una corriente eléctrica, caliente y abrasadora, subió por mi columna, cortándome la respiración. Un destello de sorpresa salvaje cruzó sus ojos grises; las pupilas de Aleksei se dilataron por un instante, registrando mi pulso acelerado y la fiereza que emanaba de mis ojos. Había algo en mi resistencia rústica que lo descolocó por completo, una costura rota en su control implacable de mafioso.

—Ninguna mujer me ha mirado con tantas ganas de matarme, Valeria —susurró Aleksei, su voz perversa y baja rozando mis labios con una intimidad forzada que encendió un deseo prohibido en mi sangre—. Tu gemela es de porcelana. Tú eres de fuego. Pero vas a aprender a obedecer bajo mis reglas.

El impacto de la revelación biológica fue más contundente que cualquier golpe recibido en la lona. La mafia nos había mutilado al nacer en el quirófano de Brooklyn. A Sofía la transformaron en el capital de la corporación; a mí me desecharon en los suburbios de Queens. Ahora, la ambición financiera de Aleksei Petrov nos posicionaba en el mismo tablero a través de una cohabitación obligatoria.

Sostuve la mirada helada del líder de Brighton Beach, endureciendo los músculos de mis puños libres. El magnetismo peligroso que vibraba entre nosotros era una trampa tan letal como el chantaje contra mi hermano. Estaba ingresando a su jaula de oro bajo amenaza de muerte, pero si Aleksei y el viejo Viktor Petrov asumían que la gemela del fango cedería ante sus presiones corporativas, descubrirían que en Queens aprendemos a contragolpear antes de que la soga corte la respiración.

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