Capítulo 3 El precio de la sumisión
Valeria
La puerta de la limusina se cerró con un sonido más definitivo que el de cualquier celda que hubiera conocido.
Me dejaron en el asiento trasero frente a Aleksei Petrov, con las muñecas libres pero todavía marcadas por la cuerda. Dimitri ocupó el lugar del copiloto y los otros hombres desaparecieron en el muelle como si nunca hubieran existido. Afuera, Queens se deslizaba bajo la lluvia: talleres cerrados, luces de neón, edificios donde cada ventana conocía una deuda. Mi barrio se alejaba y, con él, la única versión de mi vida que entendía.
Aleksei no dijo nada durante los primeros tres minutos. Tampoco apartó la mirada. Se había quitado el abrigo y la chaqueta del traje se tensaba sobre sus hombros cada vez que el coche tomaba una curva. No había un arma visible, pero no necesitaba verla para saber que llevaba una. Los hombres como él siempre estaban armados, incluso cuando sonreían.
—Si vas a mirarme toda la noche, cobra entrada —dije.
—Estoy aprendiendo tus diferencias.
—¿Con tu prometida? Qué romántico.
—Con Sofía Sterling. —Pronunció el nombre con una distancia que me sorprendió—. Ella mira una habitación buscando salidas financieras. Tú buscas gargantas, rodillas y objetos que puedas convertir en armas.
Bajé los ojos un segundo hacia el cenicero de cristal incrustado en la puerta, luego hacia la hebilla metálica del cinturón de seguridad. Aleksei soltó una risa baja.
—Exactamente.
Me crucé de brazos para ocultar la irritación. Que pudiera leerme con tanta rapidez era una desventaja. Que me divirtiera un poco su observación era peor.
—Llama al hospital —ordené—. Quiero oír a mi hermano.
—Ya está en camino a una clínica privada.
—No te pregunté dónde está. Te dije que quiero oírlo.
Dimitri miró por el retrovisor, esperando quizá que Aleksei me recordara quién mandaba. En cambio, Petrov sacó un teléfono del bolsillo interior y marcó un número. Esperó dos tonos y me tendió el aparato.
La voz de mi hermano llegó débil, confundida por los sedantes, pero viva. Una enfermera confirmó que la medicación había sido pagada por adelantado durante tres meses. Cerré los ojos solo un instante. El alivio me golpeó con más fuerza que cualquier puño recibido esa noche.
—Val, ¿dónde estás? —preguntó él.
Miré a Aleksei.
—Trabajando —mentí—. Dormí poco. Tú descansa. Mañana te llamo.
Corté antes de que pudiera hacer otra pregunta. Devolví el teléfono, procurando que Petrov no viera cómo me temblaban los dedos.
—Cumpliste una condición —dije.
—Me gusta pagar lo que compro.
La frase me atravesó como una bofetada. Me incliné hacia delante.
—No me compraste.
—No. —Sus ojos descendieron a mis muñecas heridas y volvieron a mi rostro—. Eso es precisamente lo incómodo.
El coche abandonó Queens y entró en Manhattan. Las calles se volvieron más limpias a medida que aumentaba el precio de los edificios. Yo había peleado por mil dólares unas horas antes; ahora cruzaba una ciudad donde un apartamento podía costar más que todas las vidas que conocía juntas.
Aleksei abrió una carpeta de cuero y la dejó sobre mis rodillas. Dentro había fotografías de Sofía: cenas de gala, reuniones, aeropuertos, una imagen tomada frente a la Ópera de París junto a una mujer rubia que sonreía como si odiara a todo el mundo. Había también una hoja con sus hábitos: café sin azúcar, zurda para escribir notas, diestra para firmar, intolerancia a ciertos perfumes, tres idiomas, ninguna cicatriz visible.
—¿Esto es lo que haces con las mujeres antes de casarte? —pregunté—. ¿Un expediente de usuario?
—Esto es lo que hago con las personas que pueden destruirme.
Levanté la vista.
Por primera vez desde el almacén, algo cambió entre nosotros. No era seducción. Era una verdad demasiado desnuda para un hombre que parecía vivir blindado.
—¿Sofía puede destruirte?
—Sofía posee la mitad de una llave financiera. Tú posees la otra sin saberlo. Mi tío cree que puede controlar a cualquiera mediante miedo, dinero o sangre. Yo prefiero conocer qué desea una persona antes de decidir cómo negociar con ella.
—¿Y qué crees que deseo?
—Que tu hermano viva. Que nadie vuelva a decidir quién eres. Y que, si tienes que caer, al menos alguien sangre contigo.
La precisión de la respuesta me dejó sin réplica durante un segundo. Lo odié por notarlo.
—Olvidaste el dinero.
—No. El dinero es solo la herramienta con la que comprarías las otras tres cosas.
Nos miramos demasiado tiempo. La ciudad corría detrás del cristal como un río de oro. Podía sentir el peligro de esa conversación con más claridad que el cañón que me habían puesto en las costillas. Un hombre que quisiera dominarme era sencillo. Un hombre que intentara comprenderme era otra clase de amenaza.
La limusina se detuvo frente a una mansión de piedra clara en la Quinta Avenida. Había cámaras ocultas en las cornisas, guardias detrás de los ventanales y dos mujeres con uniformes negros esperando en la escalinata. No parecían sirvientas; parecían cirujanas a punto de preparar un cuerpo.
—No —dije apenas vi los estuches de maquillaje que llevaban.
Aleksei salió primero y rodeó el coche. Cuando abrió mi puerta, no me ofreció la mano. Se limitó a esperar.
—Tienes seis horas para aprender a ser Sofía Sterling.
—Puedo aprender a caminar con tacones. Lo que no pienso hacer es convertirme en ella.
—Eso espero.
La respuesta me desconcertó.
Cruzamos el vestíbulo bajo retratos de hombres muertos que seguramente habían ordenado matar a otros hombres muertos. Subimos por una escalera de mármol hasta el ala privada. Cada puerta necesitaba una huella, un código o ambas cosas. La última se abrió con la palma de Aleksei.
El dormitorio de Sofía era más grande que el apartamento donde había crecido con mi hermano. Vestidos organizados por color. Zapatos que parecían piezas de museo. Libros de economía con anotaciones diminutas. Sobre una cómoda había una fotografía de una niña de doce años sosteniendo una medalla de esgrima. Tenía mi cara y una expresión que yo jamás había usado: la de alguien entrenado para no mostrar dolor.
Me acerqué sin permiso.
En el reverso de la fotografía, una frase escrita a mano: Para Sofía. Nunca dejes que ellos elijan por ti. —M.
—¿Quién es M? —pregunté.
Aleksei se quedó demasiado quieto.
—Guarda la fotografía.
—Eso no responde.
—En esta casa, aprenderás rápido que las preguntas correctas son más peligrosas que las balas.
Tomé la foto y la metí en el bolsillo interior de mi chaqueta antes de que pudiera impedírmelo.
—Entonces voy a coleccionarlas.
Aleksei avanzó hasta quedar a un paso de mí. No me tocó. Ese detalle hizo que la cercanía resultara más intensa. Podía oler la lluvia en su cabello y el tabaco tenue de su ropa.
—Escúchame bien, Valeria. Mañana mi tío estará sentado frente a ti. Viktor conoció a Sofía desde niña. Buscará hábitos, recuerdos, la forma en que sostiene una copa. Si sospecha, no me dará tiempo a negociar por tu hermano ni por ti.
—¿Por mí? Pensé que yo era una compra incómoda.
Su mandíbula se tensó.
—Eres una inversión que todavía no entiendo.
—Peor respuesta.
Me dispuse a pasar a su lado, pero su mano se cerró sobre mi muñeca. No con la violencia del almacén. Con una presión medida, como si recordara exactamente dónde la cuerda me había cortado la piel y evitara tocar allí.
Ese cuidado involuntario me enfureció de una manera absurda.
—Suéltame.
Lo hizo de inmediato.
Eso me enfureció todavía más.
—Dimitri te dejará un teléfono. Solo marca un número: el de tu hermano. Si intentas llamar a la policía, a Sofía o salir de la mansión, el sistema lo detectará.
—¿Y si quiero llamarte a ti?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla. Sus ojos se oscurecieron.
—No necesitarás un teléfono para encontrarme.
Se dirigió a la puerta y se detuvo con la mano sobre el panel.
—Una última cosa. Mañana, frente a la junta, ellos creerán que eres mi prometida. Esta noche los estilistas creerán que eres una heredera. Puedes engañar a todos los que quieras, Valeria. A mí no.
—¿Eso es una amenaza?
Aleksei volvió el rostro apenas lo suficiente para que pudiera ver su perfil.
—Es la única ventaja que te concedo. Conmigo no tienes que ser Sofía.
La puerta se cerró.
Me quedé sola en el dormitorio de una hermana que no conocía, con su fotografía escondida contra mi pecho y la voz del hombre que me había secuestrado todavía demasiado cerca de la piel. Por primera vez desde que la Bratvá me puso una pistola encima, comprendí que el verdadero peligro de aquella mansión no sería aprender a fingir que era Sofía Sterling.
Sería descubrir quién podía ser yo cuando Aleksei Petrov me miraba y sabía perfectamente que no lo era.
