Capítulo 4 El primer corte
Sofía Sterling
El velocímetro del sedán negro marcaba ciento veinte kilómetros por hora bajo la tormenta de la Interestatal 95. Mantuve la terminal encriptada abierta sobre mis rodillas; las cascadas de códigos de Vance Financial iluminaban el habitáculo en un tono azul eléctrico. Había dejado atrás los vestidos de seda del Upper East Side, las joyas familiares y la identidad legal de la heredera. Vestida con una cazadora de cuero oscuro y botas de combate, operaba la descarga del fideicomiso bloqueado de mi madre. La jaula de oro se había roto, pero la libertad en la clandestinidad se sentía como una cuerda apretándose en mi cuello.
Marcus Vance conducía con los ojos fijos en el retrovisor, sus manos grandes y callosas aferradas al volante con una rigidez militar. La cicatriz que cruzaba su cuello, herencia de su pasado como contratista antes de convertirse en el jefe de seguridad de mi padre, se tensaba con cada golpe de viento sobre el chasis. Confiaba en él porque fue el único que no aceptó los sobornos de la Bratvá cuando el viejo Viktor Petrov empezó a comprar las acciones del consejo de administración.
—Nos detectaron, Sofía —anunció Marcus, su barítono áspero desprovisto de pánico—. Una furgoneta gris sin placas comerciales viene cortando el tráfico desde el puente George Washington. No son los rastreadores de Aleksei; es el ala de asalto de Viktor Petrov. Vienen a recuperar el dispositivo de encriptación.
—No pueden abrir fuego en este tramo de la autopista si quieren que la fusión de mañana sea legal —repliqué, tecleando la secuencia de anulación del cortafuegos—. Si mi firma biométrica no ingresa al servidor central a las dos de la tarde, los activos de Wall Street se bloquean automáticamente. Aleksei necesita el disco duro intacto para legitimar el capital clandestino de Brighton Beach.
—Aleksei calcula pérdidas financieras, pero su tío Viktor calcula cadáveres —Marcus viró el volante de forma violenta, desviando el sedán hacia una salida secundaria de la Ruta 9, un sector de galpones industriales desiertos.
Los focos halógenos del perseguidor inundaron el retrovisor. La furgoneta gris aceleró en la bocacalle, embistiéndonos por el lateral derecho con un impacto metálico que hizo crujir la carrocería. El golpe me arrojó contra la ventanilla; un dolor agudo me perforó el hombro izquierdo, pero presioné la terminal contra mi pecho para proteger los circuitos. La pantalla parpadeó en rojo con una advertencia del sistema: Descarga interrumpida al 42%.
—¡Abajo! —rugió Marcus.
Con un movimiento fluido de su brazo derecho, Marcus extrajo la pistola automática de su funda axilar, bajó la ventanilla del conductor y dejó entrar la lluvia helada. Disparó tres veces consecutivas hacia el neumático delantero del atacante. El estruendo de las detonaciones dentro del coche fue ensordecedor, saturando mis oídos con el olor a pólvora quemada. La furgoneta de la mafia derrapó sobre el asfalto mojado, perdió la tracción y se estrelló contra una barrera de hormigón en un estallido de chispas y metal retorcido.
Marcus no redujo la velocidad. Maniobró por el laberinto de contenedores hasta ocultar el sedán detrás de un almacén de carga abandonado. Apagó los faros, dejándonos en una penumbra absoluta. El silencio posterior fue denso, alterado solo por el repoteo de la tormenta en el techo y nuestras respiraciones forzadas.
Me pasé una mano por el rostro húmedo, tratando de detener el temblor de mis dedos antes de mirar a Marcus. Había una fricción cruda entre nosotros en el espacio confinado del vehículo; él ya no era el empleado que custodiaba mis pasos, sino el único eslabón hacia la verdad sobre la ejecución de mis padres. Su mano grande se posó sobre mi muñeca por un segundo, un contacto firme y cargado de un calor protector tan intenso que me obligó a estabilizar el pulso de golpe.
Sus ojos oscuros abandonaron el parabrisas por una fracción de segundo para clavarse en los míos, cargados de una fijeza posesiva y vulnerable que nunca antes me había permitido ver. Su pulso latía con fuerza contra mi piel, revelando que su rigidez militar ocultaba un pánico absoluto a perderme, una fisura humana en su fachada de acero. La atracción prohibida que habíamos enterrado bajo años de protocolo corporativo vibró entre nosotros en la oscuridad.
—Si te pasa algo, Sofía, esta jodida fusión no significará nada —susurró Marcus, su voz más ronca de lo habitual, rompiendo por completo la distancia profesional antes de retirar la mano para comprobar el cargador de su arma—. ¿El disco duro está operativo?
—Sobrevivió al impacto —respondí, aclarando mi voz para disimular la descarga eléctrica que su tacto acababa de provocar en mi sangre, mientras reactivaba la secuencia de datos—. Pero el descifrado del bloque tres reveló una cláusula que mi padre ocultó en el fideicomiso. El padre de Aleksei instaló una custodia biométrica cruzada al nacer nosotras. Separaron a Valeria de mí en el quirófano para que ninguna de las dos pudiera reclamar el control de las acciones de forma individual. Nos convirtieron en las dos mitades de una misma llave financiera.
Marcus contrajo las facciones, la sospecha endureciendo su mandíbula.
—Eso significa que Valeria ya ingresó a la mansión de la Quinta Avenida —dedujo—. Si Aleksei descubre que ella no posee los códigos de acceso que tú tienes en este dispositivo, romperá su resistencia antes de que podamos liberar los fondos. La usará como carnada para obligarte a salir de las sombras.
—Valeria tiene una conciencia de rebelión que la junta corporativa no anticipa —siseé, cerrando la terminal con un golpe seco—. Creció peleando en los suburbios de Queens; sabrá cómo resistir la presión de Petrov mientras nosotros desmantelamos los nodos desde la clandestinidad. Avanza, Marcus. El motel de la Ruta 9 es la única base segura que nos queda antes de que cierren los puentes de la ciudad.
Marcus encendió el motor de nuevo, manteniendo las luces apagadas mientras nos internábamos en la carretera secundaria. El primer obstáculo físico estaba superado, pero el juego de las réplicas se había acelerado. Había dejado a mi propia sangre en las garras del lobo, y el reloj avanzaba inexorablemente hacia un bautismo de fuego en Wall Street.
