Capítulo 6 El nido de víboras

Sofía Sterling

La señal pirateada del circuito cerrado del piso 40 parpadeó en mi pantalla portátil antes de estabilizarse. Desde la penumbra de la habitación del motel de la Ruta 9, vi el momento exacto en que Valeria plasmaba mi firma en la tableta digital. Su trazo fue demasiado rápido, casi violento, desprovisto de la cadencia pausada que mis tutores de la alta sociedad me habían impuesto a golpes de etiqueta. Pero el algoritmo de Vance Financial cedió. Ver mi propio rostro en la pantalla, sosteniendo la mirada del viejo Viktor Petrov con una hostilidad salvaje, me provocó un escalofrío de culpa lacerante. La había usado como un escudo humano, pero Valeria estaba demostrando tener los colmillos más afilados de lo que nadie en Wall Street sospecha.

—La cuenta puente internacional acaba de recibir los primeros diez millones —anunció Marcus, tecleando en la terminal secundaria. Estaba sentado a mi lado, tan cerca que su calor corporal contrarrestaba el frío húmedo del colchón. Su chaqueta de cuero estaba abierta, dejando a la vista la culata de su automática.

—No la salvó, Marcus. Aleksei la cubrió —corregí, señalando la pantalla donde el dedo grande del mafioso seguía presionando el hombro de mi hermana—. Míralo. Él sabe que no soy yo. Un milisegundo antes de la firma, el sistema detectó la anomalía de presión. Aleksei intervino físicamente para forzar el código de anulación antes de que su tío Viktor se diera cuenta. Nos tiene rodeadas.

Marcus se tensó. Su mirada abandonó el monitor y se clavó en mí con una intensidad que me cortó la respiración. Sus ojos oscuros, fijos en mis labios, reflejaban una rigidez que no era solo por los Petrov; la forma en que Aleksei había tocado a mi réplica en la pantalla había despertado en él una posesividad contenida, una furia silenciosa que hizo que la cicatriz de su cuello se tiñera de rojo. La cercanía forzada en este espacio reducido, el olor a café barato y la adrenalina del fraude financiero creaban una fricción pesada, casi asfixiante, entre nosotros.

—Si Aleksei sabe que es Valeria, la retendrá en la mansión como garantía de pago —dedujo Marcus, reduciendo la distancia entre nosotros. Su mano grande y callosa se cerró alrededor de mi antebrazo, no con la sumisión de un guardaespaldas, sino con un toque firme y abrasador que aceleró mi pulso al instante—. No podemos quedarnos aquí más de dos horas, Sofía. Si la Bratvá cruza las IP de la transmisión, este motel se convertirá en un matadero. No voy a dejar que te alcancen.

Sostuve su mirada, sintiendo la descarga eléctrica de sus dedos contra mi piel. La fachada de la heredera analítica flaqueó ante la cruda preocupación de ese hombre que arriesgaba su vida por la mía.

—No nos moveremos hasta que termine de desencriptar el bloque tres del fideicomiso —sentencié, aunque mi voz tembló levemente antes de recuperar la firmeza—. Valeria está ganando tiempo en la Quinta Avenida. Si huyo ahora sin los códigos de acceso de la cuenta de Brighton Beach, su sacrificio en la cama de Petrov no habrá servido de nada. Suéltame, Marcus. Tenemos que terminar esto.

Marcus apretó los dedos un segundo más, un gesto posesivo que delató la lucha interna por mantener su distancia profesional, antes de liberarme de golpe. Un crujido seco en el pasillo exterior del motel interrumpió la tensión entre nosotros.

Marcus se puso de pie de un solo movimiento fluido, apagando la pantalla de la terminal con un golpe seco. El silencio se volvió denso, roto únicamente por el zumbido del viejo aire acondicionado y el golpeteo de la lluvia en los cristales.

Se pegó a la pared junto a la puerta, desenfundando su arma con una parsimonia letal. Miré por la rendija de la cortina deshilachada. Un sedán gris con las luces apagadas estaba estacionado en diagonal, bloqueando nuestra única ruta de escape hacia la carretera. Dos hombres con abrigos oscuros y las manos metidas en los bolsillos avanzaban hacia nuestra habitación, escaneando los números de las puertas. Era una patrulla de reconocimiento de la Bratvá. No eran los hombres de Aleksei; llevaban el calzado pesado y rústico de los matones del viejo Viktor.

—Vienen por el dispositivo —susurró Marcus, dándose la vuelta. Me tomó por los hombros, empujándome suavemente hacia la pared trasera, bloqueando mi cuerpo con el suyo en un reflejo puramente protector. Su rostro quedó a centímetros del mío; pude oler el tabaco y el acero de su piel—. En cuanto abra la puerta, corres hacia el coche de ellos. El nuestro está bloqueado. Hazme caso esta vez, Sofía. Por favor.

Esa última palabra, pronunciada con un barítono quebrado, me confirmó que yo era su única prioridad.

—No voy a dejarte atrás, Vance —siseé, clavando mis manos en las solapas de su chaqueta, respondiendo a su cercanía con una terquedad que nos encendió a ambos—. Si caemos, caemos descifrando el maldito origen de los Petrov.

El pomo de la puerta comenzó a girar despacio. El muelle de la cerradura cedió con un chasquido metálico. Marcus no esperó a que empujaran. Abrió la puerta de un tirón, impactando la madera contra el rostro del primer matón, quien cayó hacia atrás sobre la grava con la nariz destrozada. El segundo hombre reaccionó rápido, levantando un subfusil con silenciador, pero Marcus fue más letal. Le plantó dos balazos limpios en el pecho antes de que pudiera apretar el gatillo. Los impactos sonaron como soplidos secos bajo la tormenta.

—¡Ahora, Sofía! —rugió Marcus.

Antes de que pudiera dar un paso, su brazo robusto me rodeó la cintura, despegándome del suelo para arrastrarme fuera de la habitación de un solo impulso. Corrimos bajo la lluvia torrencial. El suelo de grava estaba resbaladizo, pero el agarre de Marcus en mi costado me mantuvo firme sobre las botas de combate. Subimos al sedán gris de los matones; Marcus reventó el panel de la dirección con la culata de su arma y unió los cables en un estallido de chispas. El motor rugió con fuerza justo cuando una segunda furgoneta de la mafia entraba al aparcamiento del motel, con los focos halógenos apuntando directamente a nuestro parabrisas.

Marcus metió la marcha atrás a fondo, haciendo derrapar el coche en un giro de 180 grados. La fuerza centrífuga me arrojó con violencia contra su hombro robusto. Marcus soltó el volante con la mano derecha por un milisegundo, presionando mi espalda contra su pecho para amortiguar el impacto y asegurar mi cuerpo contra el suyo. El calor de su piel, el olor a pólvora que emanaba de sus ropas y la violencia del movimiento se fusionaron en un segundo de pánico y conexión absoluta que nos dejó sin aliento. Salimos a la Ruta 9 a más de cien kilómetros por hora, dejando atrás el nido de víboras en llamas.

Mientras el coche devoraba el asfalto hacia el norte de Nueva Jersey, me incorporé despacio en el asiento del copiloto, sintiendo la piel donde él me había tocado todavía encendida. Abrí de nuevo la terminal en mi regazo, limpiando las gotas de lluvia de la pantalla. El indicador de descarga había avanzado al 55%.

—Viktor Petrov sabe que estás viva, Sofía —dijo Marcus, manteniendo la vista fija en la carretera oscura, aunque su respiración seguía siendo forzada—. El ataque de hoy no fue una coincidencia. Alguien dentro de la corporación le filtró nuestra solicitud de acceso de la mañana.

—Que busque lo que quiera —respondí, intentando apagar el temblor de mi voz provocado por el peligro y por la proximidad de sus hombros—. Acabo de descifrar la cabecera del archivo de mi madre. No fue un accidente automovilístico lo que la mató en los muelles hace quince años. Hubo una orden de entrega inmediata de una recién nacida firmada por el padre de Aleksei.

Miré por la ventana del coche, viendo el reflejo de las luces de la ciudad a lo lejos. La farsa de la junta en Wall Street era solo la superficie de un fango mucho más profundo. Valeria creía que estaba jugando a la defensiva en la mansión de la Quinta Avenida para salvar a su hermano, pero la realidad era que ambas ya estábamos sentenciadas a muerte desde el día en que nacimos. Y la única forma de sobrevivir era usar la codicia de Aleksei Petrov para destruir a su propia familia desde los cimientos.

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