Capítulo 7 El juego de las apariencias

Valeria

La seda esmeralda se pegaba a mis costillas lesionadas, recordándome con cada respiración que estaba atrapada en una farsa. Me arranqué bruscamente la mano de la estilista rusa antes de que terminara de aplicar el corrector sobre la cicatriz de mi ceja.

—Ya basta —ordené, poniéndome en pie—. No voy a dejar que me pinten como a una muñeca muerta.

La puerta de la suite se abrió de golpe. Aleksei Petrov entró ajustándose los gemelos de oro de su camisa negra. Su mirada gris barrió mi cuerpo con una fijeza fría que congeló el ambiente. Caminó hacia mí, sacó una gargantilla de esmeraldas de su bolsillo y la dejó caer sobre mi pecho desbocado. Sus dedos grandes y callosos rozaron la piel de mi cuello al abrochar el cierre, inyectando una descarga de calor forzado que me hizo tensar los hombros.

Fue un instante abrasador. Sentí el pulso acelerado de Aleksei contra mis dedos, una milésima de segundo donde su control se quebró y sus pupilas se dilataron al registrar la piel desnuda de mi escote. La atracción involuntaria y salvaje que intentábamos camuflar con odio volvió a devorarnos el aire.

—Te falta el camuflaje, impostora —siseó su voz de barítono junto a mi oído, atrapado por una fascinación oscura que endureció sus facciones—. Si la junta de Brighton Beach detecta tu pánico en los próximos cinco minutos, mi tío Viktor te diseccionará antes de que termine el primer brindis. Hueles a calle, Valeria. Y ellos son lobos sedientos.

—Sé cómo tratar con lobos, Petrov —repliqué, dándome la vuelta con un movimiento rápido que lo obligó a retroceder un paso—. En Queens los callejeros muerden más fuerte que tus perros con esmoquin. Mantén tus manos lejos de mí abajo; si me vuelves a tocar para marcar territorio frente a tus socios, te clavaré un tacón en el empeine antes de que puedas reaccionar.

Aleksei contrajo la mandíbula, pero una sonrisa perversa asomó en sus facciones de piedra. Sus ojos bajaron a mis labios con un hambre posesiva que contradecía su pragmatismo financiero.

—Ese temperamento rústico nos va a costar la vida, o millones —sentenció, tomándome del antebrazo con un agarre firme que me transmitió una extraña e inesperada oleada de seguridad—. Camina. El nido de víboras ya está abajo.

El gran salón de la Quinta Avenida rugía con el murmullo de hombres con trajes de tres piezas y mujeres cubiertas de pieles de moscovita. El aire apestaba a tabaco extranjero y champán caro. Aleksei me obligó a entrelazar mi brazo con el suyo, forzándome a bajar la escalinata de mármol bajo el escrutinio de cincuenta asesinos con credenciales corporativas.

Al pie de los escalones, Viktor Petrov nos cerró el paso. El viejo lobo de la Bratvá movía el hielo de su vaso de whisky, flanqueado por una mujer rubia cuyo vestido rojo carmín competía en agresividad con su mirada fija en mí.

—Aleksei, Sofía —pronunció Viktor, su voz ronca interrumpiendo nuestro avance—. Supongo que recuerdan a Katia Morozova. Acaba de aterrizar de Moscú para asegurar que los muelles de su padre se integren correctamente en la fusión de esta noche.

Katia dio un paso al frente, ignorando por completo a Aleksei para clavar sus ojos azules en mis facciones maquilladas. Su sonrisa destilaba veneno puro.

—Sofía, querida —soltó Katia, extendiendo una mano pálida que apenas rozó la mía—. Qué sorpresa verte tan dócil. La última vez que coincidimos en la gala de la ópera de París, juraste ante el embajador que preferías prenderle fuego a los activos Sterling antes que permitir que un Petrov tocara tus sábanas. ¿Qué te hizo cambiar de opinión? ¿El miedo o la quiebra?

La tensión en el círculo se volvió física. Los guardaespaldas de la entrada dieron un paso hacia adelante. Yo no tenía la menor idea de lo que Sofía había hecho en París, pero la insolencia de la rubia activó mi reflejo de Queens. Le apreté la mano extendida con una presión que hizo crujir sus anillos, obligándola a doblar ligeramente la muñeca.

—París fue una rabieta de niña rica, Katia —respondí, adoptando el tono altivo de mi hermana pero inyectándole la crudeza de los suburbios—. En ese entonces no sabía lo que era tener a un hombre de verdad en mi cama. Aleksei tiene métodos muy efectivos para corregir las malas opiniones de una Sterling. Deberías buscarte un hombre que te controle de la misma forma, si es que queda alguno en Brighton Beach que se fije en ti por algo más que los barcos de contrabando de tu padre.

Un silencio pesado cayó sobre el grupo de invitados. Katia tiró de su mano con el rostro descompuesto por la humillación, buscando el apoyo de Viktor. El viejo Petrov, lejos de enfurecerse, soltó una carcajada seca que retumbó en las columnas de mármol. El brazo de Aleksei se tensó contra el mío, pero no para castigarme; sus dedos se enterraron en mi costado con una posesividad ardiente, orgulloso de la fiera que tenía al lado.

—Tiene colmillos la heredera, sobrino —admitió el anciano, aunque sus ojos grises continuaron analizándome con una desconfianza matemática—. Asegúrate de cortárselos cuando firmes los anexos de propiedad mañana. No queremos incidentes domésticos en la corporación.

—Sé exactamente cuándo presionar a mi mujer, tío —intervino Aleksei, pegando mi cuerpo al suyo con una brusquedad erótica y dominante que me obligó a sentir la rigidez de sus músculos—. La prometida necesita aire. Con su permiso.

Nos abrimos paso hacia el pasillo que conducía a la biblioteca este. En cuanto la puerta de roble se cerró detrás de nosotros, Aleksei me empujó contra el panel de madera, bloqueando cualquier salida con sus brazos extendidos a ambos lados de mi cabeza. Sus ojos grises ardían con una intensidad salvaje.

—Eso fue un suicidio estratégico, Valeria —siseó, su rostro a milímetros del mío, su respiración mezclándose con la mía en una fricción insoportable—. El padre de Katia controla la flotilla de distribución de Brooklyn. Si ella empieza a rastrear tus movimientos porque heriste su orgullo, descubrirá que tu hermano no está en una clínica privada de Manhattan, sino en un suburbio de Queens.

—Ella tiró el primer golpe, Petrov. En mi barrio no nos agachamos ante nadie —le sostuve la mirada, sintiendo cómo la cercanía física saboteaba mi capacidad para pensar con claridad—. Además, mantuve la farsa. Tu tío se creyó el papel de la Sterling rebelde.

—Mi tío no se cree nada —Aleksei bajó su mano hacia mi gargantilla, deslizando sus dedos por mi piel con una lentitud abrasadora que me cortó la respiración. Sus dedos temblaron sutilmente, delatando una profunda e intolerable debilidad hacia mí, una fisura en su armadura de monstruo corporativo—. Viktor está buscando la costura rota de este acuerdo. Y tú te estás volviendo demasiado real en mis manos. Si sigues desafiéndome así frente a la Bratvá, voy a olvidar el contrato financiero antes de que termine la gala.

Su boca descendió de golpe, rozando la comisura de mis labios en una amenaza que era puro deseo reprimido. La fricción de su cuerpo contra el mío era una amenaza constante, una atracción violenta nacida del peligro mutuo. Antes de que el beso terminara de encendernos, Dimitri entró por el acceso de servicio de la biblioteca. Su rostro, habitualmente de piedra, registraba una urgencia que rompió la atmósfera erótica de inmediato.

—Jefe, se activaron las alarmas en la frontera norte —informó Dimitri en un susurro rápido—. Hubo un tiroteo en el motel de la Ruta 9. Marcus Vance reventó la unidad de reconocimiento del viejo Viktor y se llevó la terminal con el cifrado parcial. El tío ya ordenó desplegar equipos de interceptación en los peajes del puente George Washington. Esto es una declaración de guerra de la heredera real.

Aleksei se apartó de mí de un solo golpe, recuperando la máscara implacable del líder de la mafia. Miró a Dimitri y luego me clavó una última mirada cargada de una hostilidad dolorosa, frustrado por el hechizo físico que acabábamos de romper.

—El juego se aceleró, impostora —sentenció, ajustándose las mangas del traje—. Tu gemela acaba de romper el perímetro financiero de mi familia. Dimitri, enciérrala en la suite de seguridad del sótano. Nadie entra, nadie sale. Si Sofía intenta un contraataque digital usando las IP de la mansión, Valeria va a ser el primer escudo que reciba el impacto de la Bratvá.

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