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Bajo el manto del poder

Bajo el manto del poder

orielgamboa24 · En curso · 51.5k Palabras

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Introducción

Valentina Ríos no busca justicia; busca aniquilación. Su hermano Julián, el único que la protegió de la miseria, murió sirviendo como escudo humano para Alejandro De la Vega, el magnate más poderoso y frío de la ciudad. Mientras Alejandro sigue bebiendo whisky de mil dólares, Julián se pudre bajo tierra.
Valentina se transforma. Borra su pasado, altera su rostro con maquillaje de alta gama y una sonrisa de acero, y logra lo imposible: infiltrarse como la secretaria personal de Alejandro. Ella es quien le susurra su agenda al oído, quien conoce sus secretos bancarios y quien prepara el veneno que, tarde o temprano, destruirá su imperio.
Sin embargo, el enemigo no es el monstruo que ella imaginó. Al estar bajo el manto de su poder, Valentina descubre que Alejandro vive en su propia prisión de cristal. Su familia, los De la Vega, son una víbora de mil cabezas que lo manipulan y lo quieren ver muerto.
El impacto real llega cuando Valentina descubre un documento oculto: la orden de asesinar a su hermano no vino de un enemigo externo, sino del propio círculo íntimo de Alejandro. Alguien dentro de la mansión quería a Alejandro muerto, y Julián fue el error de cálculo que arruinó el plan. Ahora, los asesinos saben que Valentina está cerca, y ella es la siguiente en la lista.
La tensión entre ellos es eléctrica. Alejandro, un hombre que no confía en nadie, empieza a encontrar en Valentina su único refugio. Cada roce accidental en la oficina del piso 50 es una chispa que amenaza con quemar los planes de venganza de Valentina.

Capítulo 1

La lluvia en Valeria no limpiaba las calles; solo sacaba a flote la basura.

Valentina Ríos miró el reloj de la cocina por décima vez en un minuto. Las 3:20 AM. Julián no respondía. Su hermano, el hombre que le había prometido que "ser guardaespaldas de un De la Vega era solo un trabajo de oficina con traje caro", no aparecía. Ella sentía un hormigueo bajo las uñas, una ansiedad que le decía que el silencio del teléfono era, en realidad, un grito que no quería escuchar.

De pronto, un frenazo chirrió frente a su edificio. No fue uno, fueron varios.

Valentina se asomó por la ventana y vio el despliegue de poder: tres camionetas blindadas negras, luces estroboscópicas prohibidas y hombres armados rodeando el perímetro. En el centro de todo, un hombre salió del vehículo principal. No necesitaba presentación. Su figura era una mancha de arrogancia y oscuridad bajo la farola: Alejandro De la Vega.

Valentina no esperó a que llamaran. Bajó las escaleras de dos en dos, descalza, con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Abrió la puerta del portal justo cuando Alejandro se disponía a entrar.

El impacto visual fue como un puñetazo.

Alejandro, el hombre que siempre salía impecable en las revistas de finanzas, tenía la camisa de seda blanca abierta hasta la mitad del pecho. El lado izquierdo estaba empapado en un carmesí espeso que goteaba sobre el pavimento. No era su sangre. Valentina lo supo por la forma en que él caminaba: con una firmeza que solo tienen los que sobreviven a costa de otros.

—¿Dónde está? —soltó Valentina. Su voz no tembló; salió como un latigazo.

Alejandro se detuvo. Sus ojos, dos pozos de obsidiana fría, la recorrieron con una mezcla de lástima y fastidio. No dijo nada. Simplemente se hizo a un lado.

Dos hombres bajaron de la segunda camioneta cargando una bolsa de lona negra. El mundo de Valentina se detuvo. El sonido de la lluvia desapareció, reemplazado por un pitido agudo en sus oídos.

—No... —susurró ella, dando un paso atrás—. No, no, no.

—Se puso en medio —la voz de Alejandro era un barítono áspero, sin un gramo de consuelo—. El objetivo era yo. Julián cumplió con su contrato.

—¿Su contrato? —Valentina se abalanzó sobre él, agarrándolo por las solapas del saco empapado. Sus dedos se mancharon instantáneamente de la sangre de su hermano—. ¡Mi hermano no era un "contrato"! ¡Era lo único que yo tenía! ¡Tú lo usaste! ¡Lo pusiste frente a ti como si fuera un pedazo de carne!

Alejandro no la apartó. Dejó que ella lo sacudiera, que sus puños golpearan su pecho manchado. Su rostro permanecía como una máscara de mármol.

—Murió protegiendo al hombre que le pagaba el alquiler a su hermana —escupió Alejandro, y por primera vez, hubo un destello de una rabia oscura en sus ojos—. No me culpes por su lealtad, niña. Culpa al mundo en el que vivimos.

Valentina, cegada por el dolor, le cruzó la cara con una bofetada que resonó en toda la calle. Los guardaespaldas de Alejandro dieron un paso al frente, desenfundando sus armas, pero él levantó una mano, deteniéndolos.

Alejandro giró la cabeza lentamente de vuelta hacia ella. Tenía la marca de los dedos de Valentina en la mejilla y un hilo de sangre nueva en el labio.

—¡Lárgate de aquí! —chilló ella, rota—. ¡Lévate tu dinero, tus coches y tu muerte lejos de mí! ¡O te juro que te mataré yo misma!

Alejandro soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor. Se acercó tanto que Valentina pudo oler la pólvora y el whisky en su aliento.

—¿Matarme tú? —le susurró al oído, con una intensidad que la hizo estremecer—. Mírate. Estás temblando. No tienes ni idea de lo que es el verdadero poder, Valentina. Mi familia desayuna con el odio de gente como tú todos los días.

Hizo una señal a uno de sus hombres, quien le entregó un maletín de cuero. Alejandro lo soltó a los pies de Valentina. El cierre se abrió por el impacto, revelando fajos de billetes de cien dólares que empezaron a empaparse con el agua de lluvia.

—Tómalo. Es el precio del silencio y de tu nueva vida lejos de Valeria. Mañana no quiero que existas para esta ciudad. Considérate afortunada; suelo ser mucho más cruel con los que me golpean.

—No quiero tu dinero sucio —dijo ella, con una calma que le devolvió el aire a los pulmones. Una calma peligrosa—. Quédatelo. Lo vas a necesitar para pagarle a Caronte cuando te envíe al infierno.

Alejandro la miró por última vez. Hubo algo en la mirada de Valentina —una promesa de destrucción absoluta— que lo hizo dudar por un microsegundo, pero recuperó su máscara de inmediato. Subió a su camioneta sin mirar atrás, dejando a Valentina bajo la lluvia, arrodillada junto al cuerpo de su hermano y rodeada de un dinero que odiaba.

Valentina hundió sus manos en la sangre de Julián que quedaba en el pavimento.

—Bajo el manto de tu poder te escondes, Alejandro —susurró para sí misma, con los ojos inyectados en sangre—. Pero yo seré la polilla que devore ese manto hasta que no te quede nada más que frío.

Esa noche, Valentina no lloró. En su lugar, empezó a recordar cada contraseña, cada nombre y cada contacto que Julián le había mencionado alguna vez sobre los De la Vega. La periodista idealista había muerto en esa acera. Lo que se puso en pie fue un verdugo con cara de ángel.

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