Capítulo 2 La tinta del cazador
El fin de semana pasó para Vivian en un trance de dolores musculares e insomnio. Cada vez que cerraba los ojos, la mirada de Edward la acechaba en la oscuridad, desarmándola con frialdad. El lunes por la mañana no trajo alivio. A las siete en punto, estaba en el gimnasio subterráneo, con el sudor corriéndole por la frente mientras la agente Vega la presionaba contra la pared, inmovilizándole las muñecas.
—Estás pensando demasiado, Warthon —le espetó Vega, soltándola con un empujón seco—. En la oficina no tendrás tiempo de analizar la trayectoria de un golpe. Si alguien te acorrala, tu cuerpo debe responder antes que tu cabeza. Tu mayor debilidad es que pides permiso para existir. Deja de disculparte con la mirada.
Vivian se limpió el rostro con el brazo, jadeando.
—No sé cómo dejar de sentir que en cualquier momento me van a descubrir —confesó—. Edward... él no es como González. Siento que me lee la mente.
—Los hombres como él no leen la mente, leen el miedo —respondió Vega, entregándole una toalla—. Si tiemblas, busca una excusa física: el café está frío o estás cansada. Usa la verdad parcial para ocultar la mentira absoluta. Ahora vete, vas a llegar tarde.
A las ocho y media, Vivian ingresó a Importaciones Nova. El ambiente se sentía pesado. El señor González ni siquiera se había presentado; Vivian sospechaba que su viejo jefe ya no era más que un títere asustado, relegado a firmar papeles desde casa. El verdadero centro de gravedad se encontraba detrás de la puerta de madera noble del despacho principal.
Vivian se sentó en su puesto, dispuesta a concentrarse en los informes de inventario, pero la tranquilidad duró poco. A mitad de la mañana, Leonard vino a su escritorio. Olía a una colonia barata y penetrante.
—Vaya, Vivian, qué puntual —dijo él, apoyando una mano demasiado cerca de la taza de café de ella—. Me he dado cuenta de que has estado revisando los archivos del puerto este. ¿Tanto te interesa el negocio de pronto?
Vivian sintió el frío familiar de la timidez trepándole por el cuello. Recordó el consejo de Vega: usa la verdad parcial.
—El señor Edward me pidió esos informes el viernes, Leonard —respondió ella, forzando una voz tranquila y mirándolo directamente a los ojos—. Solo me aseguro de que la base de datos esté actualizada. No quiero que el nuevo jefe se moleste.
Leonard entrecerró los ojos, visiblemente contrariado porque ella no había apartado la mirada.
—Tan eficiente... —comentó, inclinándose más—. Sabes, Edward es un tipo duro, no tiene paciencia para las secretarias flojas. Deberías aliarte conmigo, nena. Yo puedo hacer que tu estancia aquí sea placentera. De lo contrario, las cosas podrían ponerse difíciles.
La amenaza implícita la hizo estremecer, pero el intercomunicador sonó antes de que Leonard continuara.
—Señorita Warthon, a mi despacho. Traiga las carpetas de la naviera del norte — era la voz de Edward.
Leonard se enderezó de golpe, chasqueando la lengua.
—El deber llama. Pero tú y yo tenemos una conversación pendiente —susurró, guiñándole un ojo antes de alejarse.
Vivian respiró hondo y abrió el cajón, deslizó el falso lápiz labial en el bolsillo de su falda y caminó hacia el despacho principal. Llamó a la puerta.
—Adelante.
Al entrar, descubrió que Edward estaba de pie junto al gran ventanal que daba a la avenida. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de la camisa gris remangadas, revelando unos brazos fuertes y la silueta de un tatuaje oscuro en su muñeca izquierda.
—Los informes que pidió, señor —dijo Vivian, colocándolos en la mesa.
Edward se dio la vuelta despacio. Su mirada azul acero se posó en ella, recorriéndola con una lentitud que le erizó la piel. No era el desagradable escrutinio de Leonard; era la inspección detallada de un hombre que no dejaba nada al azar.
—Déjelos ahí —indicó él, caminando hacia el escritorio—. Siéntese, señorita Warthon.
Vivian obedeció, aplicando las técnicas de respiración. Edward se sentó al otro lado, apoyando los codos sobre la mesa.
—Lleva cinco años aquí, ¿correcto? —preguntó.
—Sí, señor. Desde que terminé mis estudios.
—Un historial impecable. El señor González habla maravillas de su discreción. Dice que usted ve todo, pero nunca habla de más.
—Es mi trabajo ser útil y no causar problemas, señor Edward.
Edward esbozó una línea apenas perceptible en la comisura de sus labios.
—La discreción es una mercancía cara en estos días. Y a menudo, la timidez es una excelente máscara para observar sin ser visto —dijo él, inclinándose un poco—. Dígame, ¿qué opina de los nuevos socios? Gente como Leonard, por ejemplo.
El corazón de Vivian dio un vuelco. Era una trampa.
—Leonard es... persistente en su trato, señor —contestó Vivian, midiendo cada palabra—. A veces dificulta que me concentre. Pero mientras el trabajo salga adelante, no es mi lugar juzgar la estructura de la empresa.
Edward la estudió durante unos segundos eternos. Finalmente, se reclinó en su asiento.
—Leonard es un idiota ruidoso —sentenció con desdén—. Pero útil por el momento. No tolero que el ruido interfiera con la eficiencia. Si vuelve a molestarla, hágamelo saber. No me gusta que toquen lo que pertenece a mi administración.
La frase resonó con una ambigüedad peligrosa. Vivian asintió.
—Esta tarde llegará un cargamento de pólizas —añadió Edward—. Quiero que las digitalice usted misma en la sala de archivos del fondo. Nadie más debe tocar esos documentos. Mantenga la puerta cerrada.
—Así lo haré, señor.
—Puede retirarse.
Vivian se levantó. Justo cuando tocaba el pomo de la puerta, la voz de Edward la detuvo.
—Señorita Warthon. Su trenza está un poco floja hoy —dijo en un tono extrañamente bajo—. Asegúrese de que no se desarme. Los detalles sueltos son los primeros que causan problemas.
Vivian sintió un calor repentino en las mejillas. Se llevó la mano al cabello, asintió y salió. Apoyada en el pasillo, exhaló el aire. Tocó el lápiz labial en su bolsillo. Tenía acceso directo al lugar exacto que el inspector Ramos necesitaba investigar, pero la advertencia de Edward había sido clara: él veía cada pequeño detalle. Un solo error sería su fin.
