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Bajo la administración del lobo

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olivarescharis20 · En curso · 30.3k Palabras

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Introducción

Para Vivian Warthon, la monotonía era un refugio. Detrás de su timidez, sus faldas grises y su trenza impecable, se escondía una experta en el arte de pasar desapercibida. Durante cinco años, su mayor preocupación fue mantener en orden los archivos de Importaciones Nova. Sin embargo, su santuario de carpetas y silencios se quiebra por completo cuando el Servicio de Inteligencia la intercepta con una fría verdad: la empresa donde trabaja se ha convertido en la fachada de lavado de dinero de una peligrosa red criminal.

Infiltrar a un agente profesional es imposible; la mafia desconfía de cualquier extraño. Pero Vivian ya está adentro. Es eficiente, silenciosa y, para el enemigo, completamente insignificante. Motivada por un sepultado sentido de la justicia y a pesar del pánico que la asfixia, Vivian acepta convertirse en informante, recibiendo un entrenamiento exprés para aprender a sobrevivir en las sombras.

Todo cambia con la llegada de Edward, el verdadero poder detrás del sindicato. Con sus hombros imponentes y una mirada azul acero capaz de leer el miedo, Edward toma el control absoluto de la oficina. A diferencia de Leonard —un socio vulgar que acosa a Vivian de forma implacable—, Edward posee una sobriedad magnética y peligrosa que desestabiliza a la joven secretaria.

Mientras extrae información clasificada arriesgando la vida en cada parpadeo, Vivian se verá atrapada en un juego de ajedrez donde las líneas entre el deber y la atracción comienzan a borrarse. En el territorio del cazador, un solo detalle suelto puede ser mortal. Porque cuando juegas bajo la administración del lobo, el más mínimo error de cálculo te convierte en la presa.

Capítulo 1

Vivian Warthon detestaba los martes porque eran los días en que el silencio reinaba en la oficina. Sentada tras el escritorio de recepción de Importaciones Nova, se concentraba en el sonido del teclado, usándolo como un escudo contra el mundo exterior. A sus veintiséis años, Vivian se había convertido en una experta en el arte de pasar desapercibida. Vestía faldas de tonos apagados, recogía su cabello castaño en una trenza baja que jamás llamaba la atención y hablaba con un tono de voz tan suave que a menudo la gente le pedía que lo repitiera. No era apatía; era miedo. Un miedo antiguo y silencioso a los conflictos, a las miradas directas, a no ser lo suficientemente fuerte para defenderse. La rutina de la oficina, con sus archivadores ordenados por colores y sus facturas predecibles, era el único lugar donde se sentía a salvo.

Sin embargo, en los últimos meses, su lugar seguro había empezado a corromperse de manera sutil. Todo comenzó con pequeños detalles que intentó ignorar para no perturbar su paz. El señor González, su jefe de toda la vida, de pronto había cerrado la puerta de su despacho con llave por primera vez en cinco años. Luego vinieron los transportistas nocturnos; ya no eran los hombres amables de la empresa de mudanzas local, sino tipos de rostros duros y chaquetas demasiado gruesas para la temporada, que subían a la planta alta a altas horas de la noche. Y, por supuesto, estaba Leonard.

Leonard era un socio reciente de González, un hombre de sonrisa excesiva que se creía dueño del lugar. Cada vez que pasaba junto al escritorio de Vivian, arrastraba los pies, se inclinaba sobre su espacio personal y le hacía preguntas incómodas sobre su vida privada. Ella solo bajaba la mirada, asentia con timidez y deseaba con todas sus fuerzas volverse invisible. Sentía que algo andaba mal en la empresa, pero su propia cobardía la obligaba a mirar hacia otro lado. "Solo haz tu trabajo, Vivian", se decía a sí misma. "No te metas en problemas".

Pero el mundo que con tanto esfuerzo había construido para protegerse se agrietó por completo una tarde lluviosa, justo al terminar su jornada laboral. Vivian acababa de salir de su edificio, cansada y con el paraguas abierto para cubrirse de la tormenta, cuando dos hombres de traje oscuro le cerraron el paso. El más alto, de cabello canoso y mirada seria, mostró una placa metálica.

—Señorita Vivian Warthon —dijo el hombre—. Servicio de Inteligencia y Seguridad Comercial. Necesitamos que venga con nosotros. No está arrestada, pero su cooperación no es opcional.

El trayecto en el asiento trasero del sedán negro fue un tormento. Vivian mantenía los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El pánico, ese viejo enemigo que le oprimía el pecho, amenazaba con desbordarse. Quería llorar, quería bajarse del auto en marcha, pero su cuerpo simplemente no respondía.

Terminaron en la parte trasera de una cafetería cerrada, iluminada solo por una lámpara parpadeante. El agente canoso, que se presentó como el inspector Ramos, desplegó una serie de fotografías sobre la mesa de madera gastada. Eran fotos de los camiones de Importaciones Nova descargando contenedores en un muelle clandestino a las tres de la madrugada. En una de las imágenes, el señor González estrechaba la mano de un hombre armado.

—Su empresa ya no importa suministros médicos, señorita Warthon —dijo Ramos—. El señor González vendió el control operativo a una de las redes criminales más peligrosas del país para evitar la quiebra. Están lavando millones cada semana. Infiltrar a un agente profesional en este momento es imposible por la seguridad. Pero usted ya está adentro. Es eficiente, silenciosa y, para ellos, es insignificante. Nadie sospechará de la tímida secretaria.

—No, por favor —pidió Vivian, y una lágrima cruzó su mejilla—. No puedo hacer algo así. Se darán cuenta. Me matarán.

—Si no nos ayuda, la próxima semana iniciaremos las detenciones. Usted irá a prisión como cómplice por haber firmado los manifiestos de carga de este mes. Y cuando la mafia descubra por qué cayó el negocio, buscarán un culpable. No estará a salvo en ningún lado.

La palabra cómplice la golpeó con fuerza. Vivian recordó a su padre, un hombre honesto que siempre le decía que la justicia debía defenderse. Si se negaba, permitiría que personas deplorables como Leonard siguieran cometiendo crímenes. El miedo seguía allí, pero una chispa de dignidad se encendió en su pecho.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó, limpiándose la mejilla.

Ramos le explicó que le darían un dispositivo de transmisión camuflado en un lápiz labial para copiar los archivos de González. Los tres días siguientes fueron un infierno físico. Cada mañana, asistía a un gimnasio privado con la agente Vega, una mujer implacable que le enseñó a sobrevivir: soltarse de agarres, usar su propio peso y, sobre todo, controlar la respiración para ocultar el pánico.

El viernes por la mañana, la tensión en la oficina era evidente. A las diez en punto, las puertas del ascensor se abrieron y entró una comitiva de hombres trajeados. Al frente caminaba un hombre joven, de hombros anchos y una presencia imponente. Lo que más impactó a Vivian fueron sus ojos: de un azul acero, profundos y analíticos. Era Edward, el verdadero poder de la red criminal.

A su lado, Leonard sonreía de forma babosa.

—Señorita Warthon —llamó Leonard, invadiendo su espacio—. Le presento al señor Edward. A partir de hoy, él supervisará personalmente esta sede. Espero que sea tan cooperativa con él como lo es conmigo.

Leonard bajó la voz con un tono lascivo que le causó asco. El impulso de encogerse apareció, pero Vivian recordó el entrenamiento. Enderezó la espalda y sostuvo la mirada de Leonard antes de mirar a Edward.

Edward la observó en silencio, evaluándola como a una pieza nueva en su tablero. Vivian sintió un escalofrío de una tensión completamente nueva.

—Un placer, señorita Warthon —dijo Edward con voz fría y calmada—. Necesito los archivos de importación del puerto este en mi escritorio. Ahora.

—Por supuesto, señor —respondió Vivian, manteniendo la voz firme.

Edward asintió y caminó al despacho. Leonard se retrasó un segundo, inclinándose hacia ella.

—Buen trabajo, nena. Si necesitas que te explique los nuevos informes, podemos discutirlo esta noche con una copa —susurró con una sonrisa pretenciosa antes de marcharse.

Vivian esperó a que la puerta se cerrara. Con el corazón desbocado, abrió el cajón y miró el pequeño lápiz labial. El juego había comenzado.

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