Capítulo 3 La línea en la sombra

La sala de archivos del fondo era el rincón más frío de Importaciones Nova. El olor a papel viejo y a humedad flotaba en el aire. A las cuatro de la tarde, Vivian se encontraba frente a la pesada mesa metálica, con tres carpetas de cuero negro que contenían las pólizas especiales que Edward le había encomendado.

La puerta de la sala estaba cerrada con pestillo, tal como él había ordenado. Sin embargo, el silencio no le daba paz.

Con los dedos temblando, Vivian sacó el falso lápiz labial de su falda. Ramos le había explicado el mecanismo la noche anterior: al quitar la tapa trasera, se desplegaba un pequeño conector USB con un software espía capaz de copiar discos duros enteros en segundos. El problema era que las pólizas que Edward le había dado eran físicas. Para mandarlas al servicio secreto, primero debía escanearlas en la máquina de la empresa y, una vez en la base de datos local, usar el dispositivo para extraer los archivos digitales sin dejar rastro en la red.

«Controla tu respiración», se repitió a sí misma, recordando las instrucciones de la agente Vega. «Hazlo como si fuera una tarea rutinaria. Si tú te lo crees, los demás también».

Vivian colocó la primera página sobre el cristal del escáner. El documento contenía una lista de contenedores con descripciones genéricas como "maquinaria pesada", pero los números de ruta no se dirigían a ningún hospital o almacén civil. El destino final era una coordenada portuaria privada en el norte del país.

Hizo clic en la pantalla de la computadora, guardando el archivo en la carpeta temporal del sistema. Luego, con un movimiento rápido y el corazón en la garganta, conectó el labial al puerto lateral de la computadora. Una diminuta luz roja parpadeó en la base del cosmético, indicando que la transferencia había comenzado.

Cinco segundos. Diez segundos. Para Vivian, cada parpadeo de la luz roja se sentía como una bomba de tiempo.

De repente, la manija de la puerta se sacudió con fuerza.

Vivian se congeló.

—¿Vivian? Sé que estás ahí adentro, nena —la voz de Leonard llegó desde el otro lado, amortiguada por la madera—. Abre la puerta. González me dijo que tenías los papeles de la naviera y necesito revisar una firma.

El pánico intentó dominarla. Vivian miró la computadora: la barra de carga iba por el ochenta por ciento. Si desconectaba el dispositivo ahora, el archivo se corrompería y Ramos no obtendría nada. Si abría la puerta, Leonard vería el extraño conector brillante en la máquina.

—Un momento, Leonard —respondió Vivian—. El señor Edward me ordenó estrictamente que digitalizara esto a solas por razones de confidencialidad. Estoy terminando la última sección.

—A mí no me vengas con los caprichos de Edward —replicó Leonard, y esta vez el tono de su voz se volvió más rudo—. Él no es el único que manda aquí. Abre la puerta o la voy a tirar abajo. No me gusta que me dejen afuera.

Noventa y cinco por ciento. Noventa y ocho... Cargado.

Vivian arrancó el lápiz labial del puerto USB con un movimiento seco y lo guardó en el bolsillo de su falda justo cuando la puerta vibraba bajo el impacto del hombro de Leonard. Con las manos sudorosas, Vivian caminó hacia la entrada, quitó el pestillo y abrió la puerta, plantándose para bloquearle el paso al interior de la sala.

Leonard la miró de arriba abajo, con el rostro encendido de molestia y la respiración agitada.

—¿A qué juegas, Warthon? —preguntó él, dando un paso adelante para invadir su espacio. Su cercanía física era abrumadora; Vivian podía oler el tabaco rancio en su aliento—. Te estás volviendo muy valiente desde que ese tipo llegó a la oficina. Te advertí que no te convenía hacerme a un lado.

El impulso natural de Vivian, el que la había acompañado toda su vida, era encoger los hombros, pedir disculpas y retroceder hasta chocar con la pared. Pero la rabia y el subidón de adrenalina por haber completado la misión la empujaron en una dirección diferente. Recordó el entrenamiento: usar la fuerza del oponente en su propio beneficio.

—No estoy jugando a nada, Leonard —dijo ella, manteniendo la mirada fija en los del hombre, sin pestañear—. Estoy cumpliendo una orden directa del hombre que maneja las finanzas de esta empresa. Si tienes un problema con los procedimientos de seguridad, te sugiero que vayas a discutirlo con el señor Edward. Estoy segura de que le encantará saber por qué interrumpes mi trabajo.

Mencionar el nombre de Edward funcionó como un balde de agua fría. Leonard apretó la mandíbula, y por un instante, una chispa de auténtico temor cruzó sus ojos. Sabía perfectamente que no estaba al mismo nivel que el joven jefe mafioso.

—Eres una pequeña estúpida, Vivian —susurró Leonard, señalándola con el dedo índice, tan cerca de su rostro que casi la toca—. Crees que estás protegida porque le caes bien al nuevo. Pero Edward no tiene amigos, ni aliados, y mucho menos se preocupa por una secretaria insignificante. Cuando se canse de ti, o cuando las cosas se pongan feas, te dejará caer. Y yo estaré aquí para ver cómo te destruyes.

Dicho esto, Leonard se dio la vuelta y se alejó por el pasillo a grandes zancadas, maldiciendo entre dientes.

Vivian esperó a que desapareciera de su vista antes de dejarse caer contra el marco de la puerta. Le temblaban las rodillas y se llevó una mano al pecho, obligándose a inhalar y exhalar despacio, contando hasta cuatro, tal como la agente Vega le había enseñado. Lo había logrado. Tenía la información.

Veinte minutos después, tras apagar la computadora de la sala de archivos y asegurarse de que todo quedara en perfecto orden, Vivian regresó a la recepción para recoger su bolso. La jornada había terminado.

Al pasar frente al despacho principal, notó que la puerta estaba entornada. Edward estaba sentado tras el escritorio, revisando unos mapas impresos sobre la mesa. Parecía un hombre sumido en sus propios pensamientos, alejado de la violencia vulgar de tipos como Leonard, pero Vivian sabía que esa calma era la más peligrosa de todas. Él era la mente detrás del monstruo.

Como si hubiera sentido su presencia, Edward levantó la cabeza. Sus ojos azul se clavaron en los de ella. No hubo palabras entre ellos, solo un asentimiento silencioso por parte de Edward, una muda confirmación de que esperaba los resultados al día siguiente.

Vivian bajó la mirada, esta vez no por timidez, sino para ocultar el secreto que llevaba en el bolso. Caminó hacia el ascensor sabiendo que la línea que dividía su antigua vida pacífica de este nuevo y peligroso mundo se había borrado para siempre. Ya no era solo una observadora; ahora era parte del juego.

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