Capítulo 4 El precio de la información
Vivian caminaba a toda prisa bajo la tormenta, con el paraguas inclinado para ocultar su rostro, convencida de que los faros de cada auto que frenaba a su espalda eran los ojos de Edward persiguiéndola. En el bolsillo de su gabardina, el pequeño cilindro de metal del lápiz labial parecía quemarle la piel. Sentía que cualquiera que la mirara fijamente podría adivinar el secreto que ocultaba: acababa de robar información clasificada del Sindicato. La paranoia la hacía repasar mentalmente cada segundo en la oficina, preguntándose con desesperación si había borrado correctamente el historial del escáner o si había dejado algún rastro físico antes de salir.
El callejón detrás de la antigua lavandería abandonada estaba completamente a oscuras y apestaba a basura mojada y óxido. Vivian se subió el cuello del abrigo, intentando ocultar la trenza baja que Edward le había sugerido mantener firme horas antes. Le temblaban tanto las manos que apenas pudo sostener el paraguas. Miró por encima de su hombro una última vez, buscando alguna silueta entre las sombras de la noche, antes de empujar la pesada puerta metálica que el inspector Ramos le había indicado en sus instrucciones cifradas.
El interior del edificio era un espacio frío, iluminado únicamente por la luz que colgaba del techo. El inspector Ramos estaba sentado en un banco de madera gastada. Al escuchar el chirrido de la puerta, se puso de pie de inmediato, con una rapidez que delataba que él también estaba bajo una gran tensión. Su mirada recorrió el rostro pálido de la joven y se detuvo en los sutiles moretones de sus muñecas, las marcas inevitables del duro entrenamiento matutino con la agente Vega.
—¿Lo conseguiste, Vivian? —preguntó Ramos en un susurro áspero.
Vivian no pudo responder de inmediato. El nudo en su garganta era demasiado grueso debido a la adrenalina que aún corría por sus venas. Con movimientos torpes y mecánicos, metió la mano en el bolsillo, sacó el lápiz labial y le quitó la tapa trasera para revelar el conector USB. Se lo extendió como si sostuviera una granada activa que pudiera estallar en cualquier momento.
Ramos tomó el dispositivo. Abrió un maletín de cuero que descansaba en el banco, sacó una pequeña tableta táctil de uso militar y conectó el labial. En la pantalla oscura, una barra de transferencia comenzó a llenarse con rapidez, reflejando líneas de códigos y archivos desencriptados.
—Es el manifiesto de carga del puerto este —consiguió decir Vivian, abrazándose a sí misma para controlar el temblor de su cuerpo—. Leonard... él casi me descubre en la sala de archivos. Tuve que ponerme firme. Nunca en mi vida le había hablado así a nadie. Sentí que me iba a desmayar, inspector.
Ramos no apartaba los ojos de la pantalla, donde los nombres de las navieras fantasmas y las coordenadas de los contenedores empezaban a descifrarse. Una mueca de satisfacción apareció en su rostro maduro.
—Buen trabajo, Vivian. Esto es extraordinario —declaró Ramos, mirándola finalmente—. Estas pólizas confirman que la organización de Edward está utilizando muelles privados para descargar mercancía sin pasar por los controles gubernamentales. Tu sentido de la justicia está salvando a esta ciudad de algo muy destructivo. Tienes que estar orgullosa.
Vivian exhaló un suspiro tembloroso, sintiendo que una fracción del peso que cargaba en el pecho se aligeraba. Una chispa de esperanza se encendió en sus ojos.
—¿Entonces ya terminó? —preguntó, dando un paso hacia delante—. Con estas pruebas pueden arrestar al señor González, a Leonard y cerrar la empresa, ¿verdad? Ya no tendré que volver mañana. Puedo presentar mi renuncia esta misma noche.
Ramos guardó la tableta en el maletín, suspiró profundamente y miró a la joven con una mezcla de severidad y auténtica empatía.
—No, Vivian. Siento decirte que esto es solo la superficie —explicó Ramos con voz pausada—. Estos documentos nos muestran los puntos de entrega, pero no las fechas exactas del cargamento principal que detonará la operación, ni los nombres de los compradores internacionales que financian el movimiento. Si intervenimos la oficina ahora, Edward y los peces gordos se esfumarán antes de que podamos ponerles las manos encima.
—¿Quiere que regrese? —el pánico regresó con fuerza—. Inspector, Edward no es un jefe común. No es como el viejo González, a quien se le podía ocultar cualquier cosa. Edward es frío, es calculador y me observa de una manera que me hiela la sangre. Siento que en cualquier momento va a notar que no soy la secretaria tonta que todos creen. No voy a poder sostener esta mentira por mucho tiempo.
Ramos avanzó hacia ella y le puso una mano firme en el hombro, obligándola a enfocar su atención en medio de la crisis nerviosa que se avecinaba.
—Escúchame bien, Vivian. Edward es el objetivo principal de toda esta investigación. Si él se ha instalado físicamente en esa sede, significa que el movimiento definitivo va a ocurrir esta misma semana. Necesitamos que vigiles su agenda diaria, que prestes atención a las llamadas que recibe y, sobre todo, que interceptes los códigos de aduana que el abogado Moretti le va a entregar en los próximos días. Eres nuestra única ventana al interior de ese Sindicato.
Vivian miró el suelo de concreto, sintiendo que las paredes de la lavandería se le venían encima.
—Recuerda lo que te enseñó Vega —insistió Ramos, devolviéndole el lápiz labial ya limpio—. Controla tu respiración. Usa el miedo como combustible, no dejes que te paralice. Nadie sospecha de ti porque has sido invisible allí durante cinco años. Sigue siendo esa sombra eficiente.
Vivian tomó el cosmético. Sabía que Ramos tenía razón, pero la idea de volver a sentarse frente al despacho de Edward a la mañana siguiente la hacía desear desaparecer. Asintió en silencio, guardó el dispositivo en su bolso y se dio la vuelta. Salió de nuevo a la lluvia de la noche, consciente de que se dirigía directamente a la boca del lobo y que, en ese juego de ajedrez, ella ya era una pieza condenada a avanzar.
