Capítulo 5 Murmullos tras el roble
El zumbido de la trituradora de papel no ocultaba el temblor en las manos de Vivian. Era miércoles por la mañana y la oficina de Importaciones Nova se sentía como una jaula de cristal. A pocos metros de su escritorio, Clara, la encargada de facturación menor y su única amiga en ese lugar, revisaba unas planillas con el ceño fruncido. Clara era enérgica, intuitiva y demasiado observadora; un peligro en un entorno donde las paredes parecían tener ojos.
—Vivian, tienes que ver esto —susurró Clara, arrastrando su silla de ruedas de oficina hasta el cubículo de recepción—. Hay un desfase de miles de dólares en los fletes de la naviera del norte que no cuadra con el inventario físico. Es como si estuviéramos pagando por mover contenedores vacíos. O llenos de algo que no se declara en aduanas.
Vivian sintió un vuelco en el estómago. Recordó la advertencia del inspector Ramos en el callejón: si nos movemos ahora, los peces gordos escaparán. Sabía que si Clara seguía rascando en la contabilidad, los hombres de Edward la notarían, y la mafia no dejaba cabos sueltos. Tenía que proteger a su amiga a toda costa, incluso si eso significaba parecer despiadada y romper su amistad.
—Seguro es un simple error de transcripción, Clara —respondió Vivian, forzando un tono desinteresado, sin levantar la mirada de su pantalla—. El señor Edward no tolera errores en el sistema ni empleadas entrometidas. Te sugiero que lo dejes pasar y te limites a procesar lo que te dan. No nos pagan por auditar a los socios.
Clara parpadeó, impactada por la inusual frialdad de su compañera. La calidez habitual de Vivian había desaparecido detrás de una máscara rígida.
—Vaya... De acuerdo. Solo pensé que te importaría que nos estuvieran usando —murmuró Clara, visiblemente dolida, antes de tomar sus carpetas, darse la vuelta y regresar a su puesto en silencio.
Vivian tragó saliva, sintiendo el peso de una culpa aplastante, pero no tuvo tiempo de lamentarse. Las puertas del ascensor principal se abrieron con un tintineo y Leonard entró a la planta acompañando a un hombre de rostro severo, cabello canoso engominado y un maletín de cuero rígido.
—Señorita Warthon —llamó Leonard, deteniéndose frente al escritorio con su habitual sonrisa babosa e invadiendo el espacio de Vivian—. Deje sus archivos un momento. Le presento al abogado Moretti, el asesor legal principal de nuestra corporación internacional. Viene a una reunión crucial con el señor Edward.
Moretti ni siquiera le devolvió el saludo a Vivian. Se limitó a clavarle una mirada clínica, despectiva y fría, como si estuviera evaluando un mueble barato antes de asentir levemente hacia Leonard.
—Está bien, Leonard. No perdamos el tiempo —sentenció Moretti con voz rasposa.
Ambos caminaron directamente hacia el despacho principal. Edward ya los esperaba en el umbral; asintió al ver a Moretti, se hizo a un lado y cerró la pesada puerta de roble tras de ellos, dejando el pasillo en un silencio sepulcral.
Vivian supo que era el momento exacto. Necesitamos que interceptes los códigos de aduana que Moretti le va a entregar, había dicho Ramos. Su corazón empezó a latir con tanta fuerza que temió que Clara pudiera escucharlo desde su cubículo. Esperó cinco minutos para que se acomodaran. Se levantó de su silla con una carpeta azul entre las manos, simulando que necesitaba una firma de control para un trámite de rutina.
El pasillo estaba despejado, pero la distancia entre su escritorio y la oficina de Edward pareció extenderse. Con cada paso, las instrucciones de la agente Vega resonaban en su mente: Controla tu respiración. Si el enemigo huele tu pánico, estás muerta.
Se detuvo frente a la imponente madera noble. No se atrevió a tocar. En lugar de eso, pegó sutilmente la oreja al borde de la junta de la puerta, conteniendo la respiración hasta que le ardieron los pulmones. Al principio solo escuchó murmullos ahogados, pero pronto la voz de Edward cortó el aire.
—...el cargamento del muelle tres está asegurado —decía Edward—. Moretti, no quiero retrasos con los oficiales de aduana el viernes por la noche. Si el código de acceso no está limpio, la policía portuaria intervendrá.
—Todo está cubierto, Edward —respondió Moretti—. Las pólizas de seguro y los manifiestos están a nombre de la empresa menor. Si hay una inspección sorpresa, la firma en los documentos es la de la secretaria, la chica Warthon. Ella será nuestro escudo legal. Si el negocio cae, ella irá a prisión y el Sindicato quedará completamente limpio.
Un frío le recorrió la columna a Vivian. Me van a incriminar por completo, pensó, y el pánico amenazó con asfixiarla. Querían usar su firma, su timidez y su invisibilidad como un fusible sacrificable. Sintió el impulso desesperado de dar media vuelta, recoger sus cosas y huir lejos de ese edificio, pero una rabia sutil y desconocida sustituyó al terror. No iba a permitir que la destruyeran sin pelear. Ahora tenía una fecha, una hora y un lugar exacto: el viernes por la noche en el muelle tres. El golpe definitivo.
Justo cuando se disponía a retroceder para regresar a su puesto, un sonido seco a su espalda la congeló. El arrastrar de unos zapatos de suela de goma.
—¿Buscando algo de inspiración tras la puerta del jefe, nena? —la voz burlona y lasciva de Leonard resonó demasiado cerca.
Leonard estaba apoyado contra la pared del pasillo, con una sonrisa y los ojos fijos en la carpeta azul que Vivian presionaba con desesperación contra su pecho. Se enderezó despacio, acorralándola contra la madera noble.
—Yo... necesitaba una firma del señor Edward —consiguió decir Vivian. Su voz tembló un milisegundo, pero forzó a sus ojos a sostener la mirada de Leonard, aplicando el entrenamiento de Vega—. Son las pólizas de la tarde.
Leonard entrecerró los ojos, desconfiado por la falta de sumisión inmediata de la secretaria. Estiró la mano y tocó con el dedo el borde de la carpeta.
—Curioso. Edward odia que lo interrumpan cuando está con Moretti —susurró Leonard, inclinándose tanto que ella pudo oler su colonia barata—. Últimamente estás muy atenta a todo lo que pasa aquí dentro, Vivian. Si descubro que estás jugando a algo que no debes, no habrá rincón en esta ciudad donde puedas esconderte de mí.
Antes de que Vivian pudiera responder, el pomo de la puerta de roble giró. La boca del lobo se abrió de nuevo, y la silueta imponente de Edward apareció en el umbral, deteniendo el tiempo en el pasillo con su mirada azul.
