Capítulo 2 Un acuerdo
Alma
Adriano revisa su teléfono la mayor parte del camino a su pent house, y yo me concentro en mirar por la ventana, tratando de asimilar la decisión que tomé sin permitir que el arrepentimiento me gane. Y no me refiero a la propuesta de este hombre, no, me refiero a la que tomé antes, mucho antes de conocerlo... Esa decisión que me atrajo a contactarlo y aceptar su contrato.
Cuando el auto se detiene frente a la casa, entiendo de inmediato que esto no se trata de solo dinero, esto es otro nivel. La propiedad es enorme. Bajo del auto sin esperar a que nadie me abra la puerta y camino hacia la entrada con la misma firmeza con la que entré a su oficina, porque si empiezo a dudar ahora, no voy a durar ni una semana en este lugar.
Adriano entra detrás de mí y me indica con un gesto que avance. No dice "bienvenida" ni intenta hacer esto más fácil de lo que es, lo cual, en cierto modo, agradezco. Porque no tengo interés en fingir comodidad.
—A partir de hoy vas a vivir aquí —dice mientras caminamos por el interior de la casa, una vez subimos por el ascensor—. Hay personal que se encarga de todo, así que no tienes que preocuparte por tareas domésticas ni nada por el estilo.
—No vine a ser parte del mobiliario —respondo con calma—. Si voy a estar aquí, haré las cosas a mi modo, te voy a pedir que respetes mi espacio.
Él se detiene y me mira con molestia, tendrá que acostumbrarse a mí. Solicitó una esposa que cumpla con los estándares de un matrimonio perfecto, no una sumisa que hiciera lo qué él diga.
—Espero que cumplas tu papel sin complicaciones, lo que hagas aquí en mi casa la verdad no me interesa —aclara—. Lo realmente importante es que mi familia nos crea, y por supuesto necesitaré tus apariciones en acciones públicas, eventos, reuniones cuando sea necesario y, en privado, discreción.
—Eso no es muy específico —contesto—. Prefiero que lo sea, porque no pienso improvisar en algo que claramente es importante para ti.
Hay un leve cambio en su postura, sé que la verdadera razón por la que me pidió ser su novia falsa aún no la ha dicho, y Carlos me ha pedido involucrarme de lleno, así que de que lo descubro lo descubro, como que me llamo Alma Rivera.
—Te enviaré un calendario por correo con lo que necesitas saber —responde evadiendo mi mirada acusadora—. No es tan complicado.
Seguimos caminando hasta que llegamos a una habitación amplia, con todo lo que alguien podría considerar perfecto, pero que para mí se siente más como un espacio prestado que como un lugar propio.
—Esta es tu habitación por ahora —enuncia, con esa cara de pocos amigos que no abandona nunca.
Ja, que patético, y así se hace llamar mujeriego, no creo que atraiga a muchas mujeres mientras tenga los labios apretados y la mandíbula tensa, eso por no hablar de sus ojos entrecerrados y la postura de hombre malo.
¿Ya dije que luce patético?
Lo miro arqueando una ceja, con muchas ganas de molestarlo: —¿Mi habitación?
—Sí.
Asiento lentamente, haciéndole creer que entiendo lo que implica.
—Entonces esto es un matrimonio solo para el público.
—Es un acuerdo —corrige—. No veo la necesidad de complicarlo.
Que tonto, solo lo incomodo un rato, a ver si baja esos humos y se relaja un poco.
—Yo tampoco —respondo indiferente—, pero prefiero dejar las cosas claras desde ahora.
Dejo mi bolso sobre la cama y recorro el espacio con la mirada, tratando de ubicarme. De alguna forma pronto debo tener el control de todo esto, y fingir que es él quien lo tiene.
—Hay otra cosa —recuerdo, girándome hacia él—. No voy a aceptar faltas de respeto, ni en privado ni en público, así que ve pensando tratarme bien.
—¿A qué te refieres, si se puede saber?
—He visto muchas novelas turcas, ya me sé ese cliché del millonario machista que humilla a la pobre virgen de familia humilde y terminan asquerosamente enamorados.
Adriano levanta ligeramente una ceja, como si no estuviera acostumbrado a escuchar ese tipo de comparaciones, y yo me estoy meando de risa por dentro al ver su reacción de espanto.
—Eso dependerá de tu comportamiento —responde desafiante, ajustándose la corbata—. Aunque te aconsejo aterrizar en la realidad, esto no es ninguna novelita turca de las que ves.
La sonrisa que le dedico no es amable, para nada.
—No, creo que depende más del comportamiento tuyo —murmuro, y no sé si me ha escuchado o no, pero me da igual.
Nos quedamos mirándonos unos segundos más, hasta que alguien toca la puerta.
Una mujer entra sin esperar respuesta. Es elegante, la típica compañera de trabajo estirada que se tira al jefe y sueña con algún día convertirse en su esposa y darle hijos.
«Lamentablemente, mi querida, esta historia no es para ti».
Su mirada pasa de Adriano a mí con rapidez, evaluando la situación.
—No sabía que tenías compañía —dice, aunque su tono deja claro que no le agrada la sorpresa. Por lo que Carlos me dijo de ella, es una de esas mujeres que cazan fortuna de forma enfermiza. Con esos ojos verdes gatunos, cabello rubio y demasiado lacio para verse real, piernas kilometricas y tetas tan grandes como las kardashian... He llegado a una conclusión bastante acertada: me dará bastantes problemas si no le corto las alas pronto.
—No es cualquier compañía —responde Adriano con total naturalidad—. Es mi futura esposa.
—¿Esposa? Disculpa no estaba enterada, hace dos meses usted se había ido de viaje a España y...
—La conocí. Nos vamos a casar... Ahora por favor, no hagas más preguntas de mi vida y dime si hiciste lo que te pedí.
—Sí, todo listo.
La mujer me observa con más detenimiento, me recorre de arriba abajo y estoy a punto de decirle que no se equivoque, que no me gustan las mujeres, pero se me adelanta...
—Por cierto, interesante elección —dice finalmente.
Camino un paso hacia adelante, con un estilo imposible de ignorar, y le extiendo mi mano:
—Alma Rivera —me presento, porque no tengo intención de quedarme en segundo plano.
Ella no responde al momento, pero su cara de pocos amigos deja claro que no le gusta mi presencia en lo absoluto.
—Clara —dice al final—. Trabajo con Adriano desde hace años.
«¿Y te lo follas hace cuánto?», lo pienso pero no lo digo.
—Digamos que somos bastante cercanos...
Su cercanía con él es evidente, y la forma en que me mira deja claro que, en su mente, yo no debería estar aquí. O mejor dicho, yo no debería estar en la vida de su jefe. Ni en su vida, ni en su mismo espacio compartiendo oxígeno, posiblemente.
—Un placer, Clara. Espero que me lo cuides de las arpías allá en la empresa, ¿puedo confiar en ti? —intento sonar lo más real posible, y se me hace una pelota en la garganta por tratar de no reír.
Se pone pálida como un papel, y asiente: —Adriano es muy bueno, puedes estar tranquila.
—¡Oh, tus empleados te llaman por tu nombre! Admiro tu empatía y tu capacidad de inclusión, amor. —Le pellizco la mejilla a mi novio falso y me doy la vuelta para seguir el recorrido por la casa. Recorrido que fue estropeado por esta estirada y que de hecho, no me imagino lo que hacía en esta casa en lugar de estar cuidando su trabajo.
Adriano da por terminada la escena con la misma frialdad con la que empezó.
—Clara, revisamos lo pendiente después —le dice, detrás de mí.
Me doy la vuelta y veo que ella asiente, pero antes de salir vuelve a mirarme, esta vez con algo más claro en sus ojos: rabia.
—Deberías avisar ese tipo de cosas a tus personas más cercanas —le recomiendo, cruzándome de brazos una vez Clara se ha ido—. Evitarías situaciones innecesarias.
—No suelo dar explicaciones de mis actos a nadie.
—Pues ahora deberías empezar —le sugiero—. Porque si voy a estar casada contigo, no pienso quedar como una idiota frente a nadie.
Él me observa unos segundos, como si estuviera decidiendo hasta qué punto le conviene discutir conmigo.
—Aprenderás a manejarlo.
Niego con la cabeza y le susurro: —No, Adriano, tú vas a aprender a manejar esto conmigo.
No sé exactamente en qué momento esto dejó de ser solo un acuerdo y empezó a sentirse como una batalla, pero lo que sí tengo claro es que no voy a perd
erla. Y si él cree que puede controlar cada parte de esta situación es porque todavía no entiende con quién se metió.
