Capítulo 3 Los hermanos Kramazov

Alma

Los primeros dos días son naturales, algo extraños y aburridos pero pasables, principiante porque paso la mayor parte del día sola o conversando con la lavandera y la cocinera. Y no es por creerme la chef de Barcelona pero la comida aquí no tiene sabor, apuesto a que yo cocino mucho mejor. Si pudiera —y si Violetta no me cayera tan bien—, la despedía y me apoderaba yo de la cocina.

Carlos me atosiga con sus mensajes cada tres horas, ya van cinco veces que le digo que aquí no hay absolutamente nada. He revisado en los correos, en su oficina, en los tres cuartos, en la biblioteca, incluso en el baño, y no hay nada importante. Sé que en la casa de sus padres tiene una habitación así que en la primera reunión familiar buscaré la manera de entrar y revisarlo. Le envío un mensaje a Carlos pidiéndole que me deje trabajar en paz, o levantará sospechas. «Me responde con un "ok, lo siento", y no Carlos, ningún "lo siento", me has estresado demasiado con tus presiones», pienso como si estuviéramos discutiendo cara a cara. Jode más que una mierda pinchada en un palo.

Bajo las escaleras del segundo nivel, son las ocho y cuarto de la noche pero la cena me supo poco, ese es otro tema, en mi plato me sirven lo que comería una niña de seis años. Y yo, acostumbrada a largas horas de entrenamiento y una dieta bastante cargada, siento que si sigo así no duraré mucho en esta casa.

Paso por la biblioteca y cojo el libro que está sobre el buró donde Adriano se sienta a leer, tiene un marcador en la página 176, lo dejo en su sitio y llevo el libro conmigo hasta la sala de estar. Acomodo el sofá con dos cojines de más y después de tomar una ensalada y un jugo del refrigerador me recuesto con el libro en la mano. Al leer el título no puedo evitar arquear una ceja, sus gustos literarios son... vaya, interesantes.

"The Brothers Karamazov", de Fyodor Dostoevsky.

Sonrío sin darme cuenta, como si el simple hecho de imaginarlo sentado ahí, con ese mismo libro entre las manos y esa concentración seria que siempre carga encima, me provocara una curiosa calma que no debería sentir. Me incomoda incluso notarlo, porque no tiene sentido. Apenas lo conozco, no debería importarme cómo pasa sus noches ni qué lee cuando nadie lo molesta, pero aun así hay algo en él que se me queda pegado, como una idea insistente que no se va.

—Baja los pies del sofá, es de mala educación, ¿te imaginas que lleguen mis padres de sorpresa? Ya saben que estás aquí, no lo arruines.

Dice todo sin respirar y le respondo con una mueca. Me está observando como si yo fuera un mueble más de la casa, sin embargo, yo no puedo dejar pasar cómo luce ahora. Se nota cansado mentalmente, su cabello está muy despeinado, y la camisa arrugada, como si hubiera pasado el día cargando algo más pesado que su propio cuerpo. No había tenido mucho tiempo de mirarlo bien, pero ahora que estamos solos se me hace imposible pasar por alto ciertas características de su físico, y no solo eso… hay una especie de presencia en él que no debería resultarme familiar, pero lo hace.

Carajos, ¿no me podían poner una misión más difícil? Es decir, con un supuesto mafioso viejo y feo, por ejemplo. Solo a Carlos se le ocurre meterme en la misma casa de un hombre así. Con ese cuerpo atlético, ese rostro rudo y angelical al mismo tiempo... Dios, qué clase de karma estoy pagando. Y lo peor no es eso, lo peor es esa extraña sensación de que ya lo he visto antes, aunque sé que es imposible.

«Alma, céntrate, coño».

Regresando a su regaño, no voy a bajar mis pies del sofá. Es verdad que es su casa, pero ahora yo también vivo aquí y tengo todo el derecho de estar cómoda.

—Si tu asistente no te lo hizo antes de salir de la oficina lo lamento mucho, pero a mí no me vengas a descargar toda tu alteración de testosterona.

—¿Qué tiene que ver...? Bffff, olvídalo. Llevas dos días aquí y ya comienzo a arrepentirme —susurra lo último y lo ignoro, sé que no había mejor opción para este contrato que yo. Y no lo digo porque necesitara infiltrarme en su vida, lo digo porque cualquier otra en mis zapatos estaría babeando de amor por él y le complicaría mucho las cosas. Mi objetivo aquí es otro y sé respetar el suyo. Aunque haya momentos en los que su sola presencia me desordene un poco más de lo que debería.

El uno para el otro, tan romántico.

—No pude esperarte para cenar, "mi amor" —digo con un poquito de burla y se empieza a desatar la corbata. Ya no trae el saco, supongo que lo dejó en la puerta—. Tenía demasiada hambre. ¿Podrías decirle a Vaio que no le tema a mi apetito? Créeme, este cuerpo necesita muchas calorías.

—No era necesario lo de "mi amor", no estamos en público. ¿Y quién rayos es "Vaio"?

—Tu dulce y encantadora cocinera, ahora somos amigas —le informo con una sonrisa y él arquea su labio inferior. Comienza a desabotonar su camisa y en cuanto veo un par de arañazos en sus pectorales abro la boca y él lo nota. Se sobresalta y vuelve a abotonarla, demasiado rápido, demasiado consciente de mi mirada.

Tenía calor, supongo, pero ya no. Lo cual es una lástima, porque menudo espectáculo me estaba disfrutando. Ser un mafioso es... un tanto peligroso... pero lo que sí considero delito es tener esa belleza natural. ¿Hay algo más terrible que vivir con un enemigo que te pone las hormonas a mil? Y sin embargo, incluso cuando intento burlarme mentalmente de eso, hay un pensamiento que se cuela sin permiso: no es solo atractivo… es como si hubiera algo en él que me resultara inquietantemente cercano.

—Y si son amigas por qué no se lo pides tú misma —responde para ignorar la escenita vergonzosa que me dedicó sin querer.

—Me da penita, ella cree que soy feliz con sus dos bocados de arroz y vegetales —contesto y lo veo relajarse un poco, lleva el cabello despeinado y le falta el reloj en su mano izquierda—. Uh, creo que se te ha olvidado el reloj en algún lugar, digo ¿quién no se olvida de todo con un par de arañazos y un orgasmo?

—Eres insoportable —me dice con las mejillas ardiendo, y se va a cenar.

Yo me quedo riéndome un rato más porque jamás pensé que molestarlo se convertiría en el hobby de esta misión. Y aun así, mientras lo veo alejarse, siento una incomodidad rara en el pecho, como si su ausencia inmediata dejara un silencio demasiado grande en la casa. Lo odio un poco por eso… o tal vez no lo odio tanto como debería.

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No sé en qué momento llego hasta la página veinticinco, la verdad este género jamás ha sido mi fuerte pero me metí tanto en el personaje de Alyosha que a quién quiero engañar, pasaré la madrugada entera leyendo...

Abro los ojos lentamente cuando siento que la tos en mí se ha vuelto repetitiva, respirar se vuelve complicado y cuando la luz se filtra a través de mis pestañas caigo en cuenta de todo. Bajo la vista a mi uniforme y está lleno de cenizas, recorro la fábrica con rapidez y no veo otra cosa que no sea fuego y humo entre las paredes y los muebles. El calor es insoportable, pegajoso, y el sonido del fuego devorando la madera se mezcla con gritos que no alcanzo a ubicar.

—¡Alma, Alma! ¡Por aquí, vamos! —me grita Carlos, pero no sé de qué parte viene su voz. Me tapo la boca con las manos y trato de respirar como puedo, mientras el aire se vuelve cada vez más pesado.

—¡Carlos! ¿¡Carlos dónde estás!? —toso una y otra vez—. ¿¡Teniente Djovik, Aurora, Gil, pueden escucharme!?

Solo escucho las brasas del fuego consumirlo todo, y comienzo a enloquecer. Trato de buscar una salida entre tantos escombros, pero no obtengo nada, solo pasillos que se derrumban y sombras que se mueven demasiado rápido para ser reales.

—Alma... —la voz viene detrás de mí, más cerca de lo que debería, y cuando la sigo siento que el suelo se hunde un poco bajo mis pies—. Ayúdame...

Me giro con el corazón golpeándome las costillas y entonces todo se distorsiona. El fuego deja de ser fuego por un segundo y se convierte en otra cosa, en una imagen repetida que mi mente intenta ocultar: manos tirándome, gritos, órdenes, un olor metálico imposible de olvidar. Y cuando trato de correr, el humo me atrapa como si me conociera.

—No… otra vez no… —susurro, sin saber si lo digo en voz alta o dentro de mi cabeza.

La voz vuelve a llamarme, pero ya no sé si es Carlos… o alguien más. Y justo cuando intento responder, el suelo desaparece bajo mis pies. El impacto del silencio me despierta de golpe y el libro cae de mis manos.

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