Capítulo 4 Sexteando, o algo por el estilo.

Alma

—¡AYÚDAME! —el grito que le sigue a esa palabra casi me desgarra la garganta y abro los ojos de golpe, otra vez.

Estoy sentada en el sofá con el libro en mi regazo, a salvo, viva. Respiro bruscamente mientras me seco el sudor de la frente. Todo mi pijama está sudado, y siento que me fallan mis pulmones. Tiro el libro a un lado sin dejar de hiperventilar, y comienzo a quitarme la ropa.

No puedo respirar.

No sé que hacer, Dios, sácame de esto.

Busco mi celular entre los cojines y cuando lo encuentro mis dedos buscan su nombre entre temblores que a penas me permiten pulsar bien el teclado.

Es las dos de la mañana, joder. Pero la necesito tanto...

—¿Alma? —pronuncia y no puedo responder, mi garganta se siente atascada, incapaz de emitir sonido—. ¿Alma, cariño, estás ahí? Oh, mierda. Tranquila, escúchame preciosa como te enseñé ¿recuerdas? Inhala, exhala, vamos conmigo cinco veces más.

Hago lo que me pide, como siempre, cierro los ojos y sigo las orientaciones cual soldado dispuesto a dar su vida por un cambio en su mente. Poco a poco voy venciendo a la ansiedad, y puedo por fin hablar.

—Ya, estoy mejor, perdón por la hora —logro decir, dejándome caer sobre el sofá.

—Para eso estoy. Ha vuelto a pasar pero es normal, ya hablamos de esto.

—Sí lo sé.

—Quiero que sepas que puedes llamarme siempre que quieras, pero tengo que preguntarte: ¿Te estás tomando tus píldoras?

La pregunta me sabe amarga, casi tanto como esas malditas pastillas.

—Claro que sí.

—Soy tu psicóloga, Alma, si vas a mentirme no uses una frase tan positiva.

Y vaya que me conoce esta mujer, no por gusto lleva más de un año ayudándome a sanar.

—Me he estado sintiendo excelente, puedo jurarlo.

—No te empeñes en ir en contra de la ciencia, quedamos en que respetarías el ciclo del tratamiento y solo yo puedo decirte cuando detenerlo. De saber que te irías de irresponsable no te hubiese dado mi consentimiento para esa misión.

—¡Shhh, no hablamos de eso nunca, recuerdas!

—Joder, lo siento. Mira, ¿te parece si quedamos el sábado? Es una suerte que te vayas a casar en la misma ciudad de Martin, llegaré el jueves en la madrugada.

—Te dije lo mucho que me alegro de que os hayáis mudado, te merecías tanto ese trabajo aquí, y solo mírate. Te felicito una vez más, y gracias por todo.

—No me agradezcas, y prométeme que retomarás el tratamiento, voy a enviarte la dosis por correo porque rompiste el ciclo y no es prudente seguir con la dosis anterior.

—Vale sí, lo prometo —contesto, pero para mis adentros aún no estoy convencida. Yo siento que puedo mejorar por mí misma sin necesidad de andar dopada a toda hora. A demás, Adriano podría notar los efectos adversos de la medicación y la misión se irá a la mismísima mierda.

—Voy a intentar creerte, descansa, nos vemos el sábado recuérdalo.

—¡Que sí! Chao.

Cuelgo negando con la cabeza, que bien se siente salir de una crisis, es como volver a nacer y...

—¡Joooder! ¡¿Qué coño haces?! —grito echa un manejo de miedo, sorpresa y sabrá Dios qué más.

Adriano me mira de brazos cruzados recostado al baño de la primera planta. ¿A quién se le ocurre colocar un baño en plena sala?

—¿Sexteando o algo por el estilo?

No sé si eso es una pregunta pero su mirada recorriéndome de arriba a bajo me recuerda la facha en que estoy. Me miro a mí misma y entorno los ojos. Tomo mi ropa del sofá y me encojo de hombros para responderle como se merece.

—Vete a tomar por culo —le sonrío de mala gana y me doy la vuelta para ir en dirección al pasillo, donde al final se hayan las escaleras.

¿A QUIÉN SE LE OCURRE PONER UNAS ESCALERAS TAN LEJOS DE LA SALA DE ESTAR? Situarlo al final de un jodido pasillo lleno de fotos ancestrales no lo hacen menos tétrico, al contrario.

—Quisiera saber con qué más me vas a sorprender: bocona, mal educada y encima grosera.

—Pediste una esposa de mentiras, lo demás viene incluído en el paquete. O lo tomabas o lo dejabas, y pues, lo tomaste. Así que soporta.

Siento sus pasos seguirme por el pasillo, y yo no puedo dejar pasar la oportunidad para empinar más el culo y de paso alegrarle un poco la vista.

—Mi familia aún no te conoce, sería fácil anular el contrato y buscar otra persona con mejor carácter.

—La salud de mi madre está en juego —miento y mierda, que mal se siente mentir sobre un ser querido que no siquiera existe—. No pienso anular nada, pero si te sirve de consuelo, prometo comportarme mejor de ahora en adelante.

—Me parece bien. ¿No vas a explicarme qué fue eso en la sala?

Me detengo en cuanto llegamos al segundo nivel.

Mi habitación es justo la primera y la suya es la que le sigue. Aún no tengo claro para quien es la tercera pero voy a averiguarlo una vez tenga la llave en mis manos.

—Tenía calor, buenas noches, casi esposo. —Doy por terminada la conversación y cierro mi puerta de un portazo.

Ya sola expulso una inmensa cantidad de aire por mi boca, y me deshago del sostén y la tanga para meterme al baño.

Aquí dentro siento que las horas pasan demasiado lento, para cuando salgo ya es casi las cuatro de la mañana y estoy exahusta. Así que me lanzo a la cama buscando el sueño que había perdido tras la pesadilla...

Toc, toc, toc, toc, toc, toc.

—¡Voy! ¿¡Quién es!?

Toc, toc, toc, toc, toc, toc...

—¡Queeeeeeé!

Odio, juro que odio que me despierten de esa forma. Prefiero que entren de una a que estén tocando como un jodido repartidor de pizza en pleno climax cinematográfico.

Me incorporo sobre la cama, me pongo mis pantuflas y abro la puerta. Para mí

sorpresa no hay nadie y sigo escuchando ese molesto sonido que parece venir de...

No-me-jodas.

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