Capítulo 2 El día que Aria desapareció

El olor a desinfectante fue lo primero que sintió.

Un aroma fuerte, frío, penetrante… nada parecido a la seguridad de su departamento, ni al perfume cálido de Alejandro cuando la abrazaba por las noches.

Apretó los ojos con fuerza antes de abrirlos, porque algo en su cuerpo le decía que algo estaba terriblemente mal.

Cuando al fin logró parpadear, la luz blanca del techo la cegó.

—¿D… dónde…? —intentó hablar, pero la lengua se le trabó, pesada.

Quiso llevarse una mano a la frente pero no pudo, ambos brazos estaban amarrados a una camilla, firmemente, con correas gruesas, tenía las piernas sujetas también.

El corazón se le disparó.

—No… no… ¿qué es esto? —susurró, empezando a jadear.

Las paredes eran blancas, acolchadas, no había ventanas, solo una puerta de metal, un latido frío le recorrió la columna.

Un psiquiátrico.

—¡Ayuda! ¡HAY ALGUIEN! ¡POR FAVOR! —gritó, la voz quebrándosele.

La puerta se abrió.

Aria dejó de respirar.

Entraron Alejandro, impecable con su traje azul marino, reloj brillante, perfectamente peinado… igual que siempre.

Pero había algo distinto en su mirada, frialdad, desprecio, vacío.

Detrás de él, Sofía entró con un vestido beige ajustado y una sonrisa torcida, casi satisfecha.

—Ah, mira… despertó —dijo Sofía con tono dulce, pero venenoso—. Qué bueno, hermanita, pensé que dormirías todo el día, pesas mucho eh, debes ponerte a dieta.

Aria sintió cómo la sangre se drenaba de su rostro.

—Alejandro… por favor… —susurró, con lágrimas acumulándose—. ¿Qué… qué está pasando? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hicieron?

Él se acercó despacio, no tomó su mano, no la acarició, no mostró un solo gesto de amor que tantas veces había tenido con ella.

Se inclinó solo lo suficiente para que ella viera su expresión cruel.

—Te dije Aria —murmuró—. Nunca te amé.

El corazón de Aria se quebró en un silencio que dolió más que un golpe.

—Siempre fue Sofía. —Alejandro sonrió, una sonrisa que jamás le había mostrado a ella—. Solo estuve contigo porque ella necesitaba acceso al poder de tu empresa. Nada más, ella me pidió este sacrificio, ella siempre fue mi novia.

—Yo… yo te di todo… —sollozó Aria—. Te amaba…

—Y yo jamás te correspondí —respondió él sin dudar—. Era necesario usarte. Y tú lo hiciste muy fácil.

Sofía dio un paso hacia la camilla, inclinándose como si observara una obra de arte rota.

—¿Sabes cuál es la parte divertida, hermanita? —susurró cerca de su oído—. A partir de hoy vas a pasar el resto de tu vida entre locos.

Se rió bajito, cruel.

—Ojalá no abusen mucho de ti.

Aria gritó desesperada, luchando contra las correas hasta que la piel le ardió.

—¡¡No!! ¡¡No estoy loca!! ¡SOFÍA, POR FAVOR! ¡ALEJANDRO, NO ME HAGAN ESTO! ¡¡POR FAVOR, NO!!

Ellos ya estaban de salida.

—Relájate, Aria —dijo Sofía sin volverse—. Nadie te va a creer. Todos los internos dicen lo mismo.

La puerta de metal se cerró detrás de ellos.

Aria se quedó sola, temblando, respiración entrecortada, sintiendo que el mundo se había partido en dos.

—Por favor… alguien… ayúdenme… —susurró, ya sin voz.

Sus gritos hicieron eco por el pasillo.

Unos pasos se acercaron y la puerta se abrió de golpe, un enfermero enorme, con barba descuidada y expresión aburrida, entró con una jeringa en la mano.

— Por favor, le pagaré el doble de lo que le pagaron ellos, por favor, no estoy loca, ayúdeme.

—Aquí no hacemos escándalos, princesa —gruñó—. Mejor duérmete.

Aria pateó, lloró, intentó girar la cara, pero él la sujetó con experiencia y le clavó la aguja en el cuello.

Todo empezó a volverse borroso.

La luz se estiró.

El sonido se apagó.

Mientras se hundía en la oscuridad, Aria alcanzó a susurrar:

—No estoy… loca…

Y luego, nada.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo