Capítulo 3 El pabellón 13

El pasillo olía a humedad y desinfectante viejo, Aria caminaba a trompicones, aunque en realidad no caminaba: la arrastraban. Dos paramédicos la sostenían por los brazos mientras sus pies apenas tocaban el suelo. Aún tenía la mente pesada por los sedantes, la cabeza latiendo como si algo dentro quisiera romperse.

—No… por favor… no me dejen aquí… —murmuraba, pero su voz era débil.

La puerta doble al final del corredor se abrió con un chirrido metálico.

Y el sonido la golpeó primero.

Risas descontroladas, gritos, golpes contra las paredes, murmullos incoherentes.

El pabellón estaba lleno de gente vestida de blanco deambulando con ojos desorbitados.

Aria sintió el terror instalarse en su estómago cuando la empujaron hacia adentro.

Había hombres sentados en el suelo, balanceándose. Uno golpeaba su cabeza contra la pared acolchada mientras susurraba números sin sentido.

Cuando la vieron entrar, las miradas cambiaron, se detuvieron en ella, la miraban fijamente de manera terrorífica.

En su cabello.

En su rostro asustado.

En su fragilidad.

Un hombre empezó a reír.

—Carne nueva…

Otro dio un paso hacia adelante.

Aria retrocedió instintivamente, pero los paramédicos la empujaron más fuerte.

—Muévete.

—No… no, por favor… —susurró, intentando cubrirse con los brazos aunque aún la sujetaban.

Sintió manos intentando acercarse. Olores fuertes. Respiraciones demasiado cerca.

El pánico la hizo forcejear.

—¡No estoy loca! ¡No pertenezco aquí!

—Todos dicen lo mismo —respondió uno de los paramédicos con indiferencia.

La arrastraron por el pasillo central mientras los internos los seguían con la mirada. Algunos sonreían. Otros murmuraban. Uno comenzó a caminar detrás de ellos.

Aria temblaba, intentaba hacerse pequeña, intentaba no llorar, entonces lo sintió.

Una presencia distinta.

Al fondo del pabellón, separado del resto por una reja más gruesa, había una figura sentada en el suelo, la espalda contra la pared.

Descalzo, cabello oscuro cayéndole sobre la frente, cabeza inclinada, estaba quieto, demasiado quieto.

—Ni lo mires —murmuró uno de los paramédicos—. Ese es el problema grande, lo apodan el monstruo del pabellón 13.

Aria apenas tuvo tiempo de procesarlo cuando el hombre levantó la cabeza.

Sus ojos estaban vidriosos, pesados por los sedantes.

Pero cuando la vio… algo cambió.

No fue inmediato, fue lento, como si una chispa se encendiera debajo del agua, el hombre enfocó la mirada por primera vez en días.

La observó, cabello claro, rostro asustado, lágrimas brillando.

Y entonces, algo primitivo, enterrado durante cinco años de drogas y golpes, se movió dentro de él.

Aunque su mente estuviera nublada, su cuerpo se tensó.

Aria sintió el peso de esa mirada.

Giró el rostro y cuando sus ojos se encontraron con los de él… se le heló la sangre.

Eran oscuros como la noche, profundos, no parecían humanos.

Intentó apartar la vista, pero algo la mantuvo fija. Como si esos ojos la estuvieran atravesando.

El hombre parpadeó lentamente, sus dedos se flexionaron, uno de los internos que la seguía se acercó demasiado, estirando la mano hacia su cabello.

El hombre se levantó, despacio, inestable, su cuerpo estaba cargado de sedantes, pero cada músculo parecía tensarse.

—Oh no… —murmuró uno de los paramédicos.

El hombre dio un paso hacia la reja, luego otro, sus ojos no se apartaban de Aria.

El interno que intentaba tocarla soltó una carcajada.

—La nueva es mía.

No terminó la frase.

Demian golpeó la reja con tanta fuerza que el metal vibró como un trueno.

El sonido hizo que varios retrocedieran incluso el interno que la seguía.

Aria dio un grito ahogado, los paramédicos la soltaron para intervenir, el hombre no dejaba de golpear la reja, furioso, mirando a los internos que se querían acercar a Aria.

—¡D’Steffano! ¡Atrás!

Pero él no obedecía, su respiración se volvió pesada. Su visión borrosa, pero la necesidad era más fuerte que la droga.

Ella estaba asustada, rodeada de hombres que le querían hacer daño.

Intentó avanzar, pero el sedante lo descoordinó. Sus piernas fallaron un segundo, lo suficiente para que uno de los guardias activara la descarga eléctrica.

El impacto lo hizo arquearse.

Aria gritó.

—¡NO!

El hombre cayó de rodillas, pero incluso en el suelo su mirada buscó la de ella, el agua fría cayó sobre él segundos después.

Un balde tras otro.

—¡Cálmate, maldito animal!

Lo golpearon en el costado cuando intentó levantarse otra vez.

Aria estaba paralizada, no entendía nada.

Ese hombre —ese monstruo del que le habían advertido— acababa de reaccionar como si… como si la estuviera protegiendo.

Sus ojos volvieron a encontrarse solo un segundo.

Y en medio del caos, algo inexplicable se tensó entre ellos.

El hombre fue finalmente reducido, empujado contra el suelo mojado.

Aria fue arrastrada lejos.

—Muévete —ordenó el paramédico, empujándola hacia una puerta lateral.

Ella giró la cabeza una última vez.

Lo vio empapado. Golpeado. Respirando con dificultad.

Pero aún mirándola como si fuera lo único que existiera, por primera vez desde que despertó en ese lugar… el miedo se mezcló con algo más.

Una sensación extraña. Como si, en medio del infierno, alguien hubiera decidido no dejarla caer.

La puerta de su habitación se cerró con un golpe seco.

Y el pabellón volvió a llenarse de murmullos como si nada hubiera pasado.

Aria se dejó caer con la espalda en la pared mientras se sujetaba de las rodillas y hundía su cabeza entre sus piernas, sus lágrimas empezaron a caer, todo esto era como una pesadilla de la que quería despertar pronto.

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