Capítulo 4 El monstruo del pabellón 13
Habían pasado dos días, dos días eternos, Aria casi no hablaba.
Ya no gritaba que no estaba loca, había comprendido algo devastador: nadie la escuchaba y menos le creería.
Se quedaba en su celda, sentada contra la pared, abrazándose las rodillas. Le traían la comida y la dejaban en el suelo como si alimentaran a un animal. Los enfermeros la miraban con sonrisas torcidas, cuchicheando entre ellos.
—Mira cómo ya se calmó la loquita.
—Todas se adaptan.
Aria bajaba la mirada. Fingía no existir. Salir daba miedo. Dentro de esa pequeña habitación, al menos, las paredes la protegían de las miradas desorbitadas del pabellón.
Pero esa mañana fue diferente, un golpe seco retumbó en la puerta metálica.
—¡Oye, loquita! Debes salir. Hay inspección.
Aria se encogió.
—No… no quiero salir…
Una carcajada áspera resonó del otro lado.
—Aquí no importa lo que quieres. Sal… o te saco.
La puerta se abrió de golpe.
El enfermero entró y la tomó del brazo sin delicadeza, obligándola a ponerse de pie.
—Suéltame… —susurró, pero él ya la arrastraba hacia el pasillo.
El pabellón estaba más agitado de lo normal. Los internos deambulaban inquietos, murmurando cosas sin sentido.
Y cuando la vieron... se hizo un silencio extraño, luego comenzaron las miradas.
Ojos abiertos de más, sonrisas torcidas, lenguas humedeciendo los labios.
Aria sintió el corazón en la garganta.
Empezó a caminar más rápido hacia el patio, buscando algún rincón, alguna pared donde pegar la espalda y hacerse invisible.
Pero no fue suficiente, uno comenzó a seguirla, luego otro y otro más.
Los pasos se multiplicaron, el murmullo creció.
—La nueva…
—Carne fresca…
El pánico explotó, Aria empezó a correr. sus zapatillas golpeaban el cemento mientras cruzaba el patio abierto. El aire frío le cortaba la piel.
—¡No! ¡Por favor, no me hagan daño! —gritó.
El caos estalló detrás de ella, varios internos corrían ahora, extendiendo las manos, querían tocarla, olerla, entre ellos, una figura más alta se movía diferente.
Más lenta.
Como si su cuerpo no respondiera del todo, el hombre que había visto al llegar.
El monstruo del pabellón 13.
Su andar era pesado, descoordinado por los somníferos que aún circulaban por su sangre. Pero avanzaba.
Sus ojos no miraban al resto, solo a ella.
Aria lo vio.
Y el terror se duplicó, corrió más fuerte, pero el patio no era infinito, sintió unos brazos rodearla por la cintura, un grito desgarrado salió de su garganta.
—¡Por favor! ¡No me mate! ¡No me haga daño!
La giraron.
Y lo vio de cerca.
Los ojos negros. Perdidos. Confundidos. Pero no había deseo en ellos.
Había… algo más, preocupación.
Él la miraba como si algo dentro de él estuviera rompiéndose.
Su respiración era irregular. Sus manos temblaban ligeramente, sin decir nada, la colocó detrás de su espalda, su cuerpo se transformó en un muro.
Los internos frenaron, porque la energía cambió.
Él no gritó al principio. Solo se irguió, su presencia era intimidante incluso debilitado, el más desquiciado dio un paso adelante… y se detuvo.
Entonces él gritó.
—¡¡¡Atraaaaas!!!
Su voz fue grave. Rasposa. Como si no la hubiera usado en años, pero fue suficiente, nadie desobedeció, uno a uno retrocedieron, el silencio cayó pesado, él giró apenas la cabeza hacia Aria.
La miró de nuevo, ahora, de cerca, ella pudo verlo mejor, no era un monstruo, era un hombre roto, su mano subió lentamente, como si dudara, y rozó su mejilla con torpeza.
Aria dejó de llorar por un segundo.
Sus ojos estaban desenfocados… pero parecía buscar algo en su rostro.
Como si la conociera.
—Aria… —susurró.
El sonido de su nombre en esa voz le erizó la piel.
—¿Cómo…? —balbuceó ella.
No hubo respuesta.
Un golpe seco impactó la cabeza de Demian desde atrás, su cuerpo se tensó,
—¡Atrás, monstruo!
Una descarga eléctrica recorrió su espalda.
Él gruñó, pero no se apartó de ella de inmediato, otra descarga más fuerte.
Su cuerpo finalmente cedió, Aria gritó.
—¡NOOO El NO HIZO NADA!
Los enfermeros se abalanzaron sobre él. Lo golpeaban. Lo empujaban. Lo reducían como si fuera una bestia salvaje, él intentó levantarse una vez más, pero otra descarga lo hizo caer de rodillas. Aria sentía el corazón desgarrarse dentro del pecho.
Él no la había tocado para hacerle daño, la había protegido.
Lo arrastraron lejos, mojándolo con agua fría mientras lo mantenían sometido.
Uno de los enfermeros se quedó frente a ella.
Sonrió.
—Qué lástima, loquita. Llamaste la atención del monstruo. No creo que dures mucho.
El miedo regresó como una ola helada, pero debajo del terror había algo distinto.
Confusión.
Cuando la dejaron volver a su habitación y la puerta se cerró… miró hacia el pasillo y lo vio.
Él estaba tirado en el suelo, inconsciente, empapado. Pero los otros internos ya no la seguían, se mantenían lejos.
Como si ahora hubiera algo que les prohibiera tocarla, Aria se deslizó contra la pared de su celda.
El corazón latiendo con violencia, no debía confiar y sin embargo… ahora no se sentía completamente sola.
A la mañana siguiente, las cerraduras comenzaron a abrirse una por una con ese sonido metálico que helaba la sangre.
Aria no salió de inmediato. Esperó. Escuchó pasos, risas desquiciadas, murmullos. Cuando finalmente se atrevió, caminó despacio por el pasillo, abrazándose a sí misma.
Entonces lo vio, la puerta de la celda 13 estaba abierta, él estaba tirado en el suelo, golpeado, con el labio partido y moretones que oscurecían su piel. No había nadie más dentro. Dudó… pero entró. Cada paso era tembloroso, se arrodilló junto a él.
—Hey… —susurró.
Con mano temblorosa tocó su rostro. Su piel estaba fría, de pronto, él reaccionó.
Su mano salió rápida y firme, sujetando su muñeca con fuerza, Aria contuvo un grito.
—Tranquilo… soy yo —susurró, acercándose un poco más—. No sé qué hiciste para estar aquí… pero gracias por lo de ayer.
Él abrió los ojos lentamente, luchando contra el efecto de los somníferos. Su mirada estaba nublada… pero cuando enfocó en ella, algo cambió.
—Aria… —logró decir con voz ronca.
Ella se quedó helada.
—¿Me conoces?
Él la miró con una tristeza que parecía antigua, profunda. Como si la hubiera perdido mil veces.
Aria, sin saber por qué, acarició su mejilla.
—¿Quién eres?
—Demian… —susurró él.
Su mente buscó ese nombre desesperadamente. Nada. No recordaba nada de él.
Un golpe brutal resonó en la reja.
Aria saltó, alejándose.
—¡Sal de aquí, loca! ¿Quieres que te maten?
—Está herido…
—No es tu problema. ¡Sal!
Otro golpe sacudió la celda. Aria dio un último vistazo a Demian. Él la observaba en silencio, con esa expresión indescriptible.
Ella salió rápido, en el patio, el ambiente era distinto, los internos no se abalanzaron sobre ella. No la rodearon, se apartaban, se escuchaban murmullos.
—Es la muñeca del monstruo…
—El monstruo los matará…
—No tocarla… no tocarla…
Aria los miraba confundida, el miedo aún latiendo en su pecho.
Caminó hasta un rincón y se sentó abrazando sus rodillas.
Nadie se acercó.
Nadie la tocó.
Y por primera vez desde que la encerraron… no tenía tanto miedo, porque ahora tenía algo más peligroso de su lado, tenía la protección del monstruo.
