Capítulo 5 La traición

Cinco años atrás...

—James, te he dicho que no ataques ese territorio. Es de Montello. Tenemos un acuerdo.

Demian caminaba furioso por el amplio despacho, seguido de cerca por su mejor amigo.

James levantó las manos.

—No fue intencional. La pelea se armó por culpa de sus hombres.

Demian se detuvo. Su figura imponía respeto. Alto. Hombros anchos. Ojos y cabellos negros como la noche. Su sola presencia hacía que el aire pesara.

—¿Cuántos de nuestros hombres tienen?

—Diez —respondió James, con el ceño fruncido.

Demian no dudó.

—Prepara el auto.

Minutos después, conducía a toda velocidad. No permitiría que sus hombres fueran sacrificados por un error.

El galpón abandonado estaba iluminado apenas por focos industriales. El ambiente olía a pólvora y humedad.

Demian bajó del auto y caminó lento, seguido por James.

Al entrar, la escena lo tensó.

Cinco de sus hombres estaban de rodillas, amarrados, golpeados. Frente a ellos, un hombre sostenía un arma.

Se giró al oír los pasos, Kenneth Montello sonrió.

—D’Steffano… qué bueno verte. Pensé que teníamos un acuerdo.

—Kenneth, fue un error. Además, tus hombres empezaron.

—Empezaron porque los tuyos estaban en mi territorio —respondió Montello con una sonrisa fría.

Demian dio un paso al frente.

—Déjalos ir. Te compensaré.

Montello lo observó unos segundos… luego hizo un gesto y los soltaron.

—Bueno, ratas traidoras —dijo Kenneth mirando a los hombres de Demian—. Hoy su jefe se condenó por ustedes. Ni debiste venir, Demian. En este negocio siempre debes estar atento.

Demian frunció el ceño y entonces lo sintió, un pinchazo en el cuello.

El mundo se inclinó, se giró con dificultad, James sostenía una jeringa vacía.

—¿James…?

La traición dolió más que el veneno, James era uno de sus mejores amigos, su socio.

James suspiró.

—Verás, con Kenneth llegamos a un acuerdo. Yo me quedo con tu organización… y él te hace desaparecer a cambio de territorio. Estoy cansado de ser tu sombra. Ahora seré el jefe.

—Eres un tra… traidor…

La vista de Demian se nublaba.

James sonrió con frialdad.

—Como sea… gané, Demian.

Kenneth lo sostuvo antes de que cayera.

—¿Cuántas veces te lo repetí, D’Steffano? En este negocio no existen los amigos. Nada personal. Son negocios.

Miró a los hombres que Demian había ido a salvar.

—Y en cuanto a ustedes… las ratas traidoras no merecen vivir.

Su mano no tembló al atravesar sus cráneos con una bala.Uno por uno.

Luego ordenó:

—Llévenselo.

Se inclinó hacia Demian, que apenas podía moverse.

—Espero que tengas palabra, James. Si intentas pasarte de listo, caeré como fuego sobre ti.

James asintió.

—Que no quede rastro de su cuerpo.

Pero Kenneth solo sonrió.

Horas después.

Demian iba paralizado en la parte trasera de un vehículo, apenas consciente.

Kenneth habló sin mirarlo.

—El trato era matarte. Pero yo no olvido mis deudas. Me salvaste del Demonio de América. Y esa es una deuda que tengo contigo. No puedo faltar a mi palabra con James… pero tampoco olvidar la mía.

El auto se detuvo, Demian alzó la mirada con esfuerzo.

Un hospital psiquiátrico de máxima seguridad se alzaba frente a él.

—De aquí no saldrás nunca —continuó Kenneth—. Tendrás techo y comida. Si logras vencer esto… si sobrevives… entonces me demostrarás de qué estás hecho. Y te ayudaré en lo que me pidas.

Hizo una seña.

Los hombres sacaron a Demian a rastras.

Las puertas se cerraron tras él.

Y el mundo desapareció.

Presente...

Demian despertó de un salto en su celda.

No era una pesadilla, era un recuerdo, cinco años habían pasado desde esa traición, cinco años drogado. Golpeado. Reducido a un monstruo.

Se había dejado vencer, hasta ahora, porque algo había cambiado, Aria.

Alguien la había encerrado aquí, y no permitiría que le hicieran daño.

Un golpe azotó la reja.

—Tus dulces monstruo —se burló el enfermero.

Demian se levantó lentamente.

Tomó el pequeño vasito con pastillas y lo tragó.

El enfermero le hizo abrir la boca. Revisó, satisfecho, se fue, en cuanto los pasos se alejaron, Demian escupió los medicamentos.

Sus ojos ya no estaban nublados, tenía que estar cuerdo, porque Aria era la única luz que había tenido en cinco años de oscuridad.

Y si alguien intentaba dañarla…les cortaría la cabeza sin piedad.

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