Capítulo 6 El monstruo que la protege

El patio estaba gris. Siempre gris. Demian caminaba entre los internos con pasos lentos, arrastrados, la mirada perdida… como si siguiera sumido en la niebla de los sedantes, pero ya no estaba perdido, estaba despierto, observaba todo, contaba guardias, rutas, horarios, reacciones.

Simulaba un leve temblor en las manos. A veces reía solo. A veces murmuraba incoherencias. Tenía que mantener la fachada.

Entonces la vio.

Aria estaba acurrucada en un rincón del patio, abrazando sus rodillas, el cabello cayéndole sobre el rostro como una cortina que intentaba protegerla del mundo retorcido donde la habían metido.

Dos internos la miraban desde lejos.

Demian giró la cabeza apenas un segundo, con una sola mirada, fría, oscura, una promesa de muerte, los internos bajaron la vista inmediatamente.

Uno comenzó a golpearse la cabeza con ambas manos.

—No tocarla… no tocarla…

El otro lo imitó.

—No tocarla… no tocarla… Monstruo malo, monstruo hace daño...

Demian se acercó sin prisa y se dejó caer sentado a su lado, lo suficientemente cerca como para protegerla, lo suficientemente distante como para no levantar sospechas.

Guardó silencio unos segundos, luego habló sin mirarla.

—¿Te han hecho daño?

Su voz era rasposa, baja… como si llevara años sin usarla.

Aria levantó apenas la cabeza, sorprendida.

—No dejes que noten que hablas conmigo —murmuró él casi sin mover los labios.

Ella entendió.

Se encogió más, ocultando el rostro entre sus piernas, como si estuviera llorando.

—No… hasta el momento no —susurró.

Demian asintió apenas.

—No tengas miedo. Los internos no te dañarán.

Ella respiró hondo.

—¿Quién eres… y por qué estás acá?

Silencio breve.

—Mi nombre es Demian. Mi mejor amigo me traicionó. Nadie sabe que estoy aquí. La única esperanza que me queda es que Gastón… mi otro amigo… me esté buscando.

Se detuvo un segundo.

—¿Y tú?

Aria tragó saliva, la imagen volvió a su mente.

Su hermana, su novio, la cama, las risas, la traición doble.

Sintió asco.

—Mi hermana y mi novio me metieron aquí para quitarme mi empresa… y mi investigación.

Demian apretó la mandíbula.

—¿Por qué los enfermeros te tratan tan mal? —preguntó ella, apenas audible.

Una sombra cruzó su mirada.

—Tienen órdenes de mantenerme débil y drogado. Porque saben que si recupero mis fuerzas… derrumbaré este maldito psiquiátrico hasta los cimientos.

Aria lo miró por primera vez sin miedo. había verdad en sus ojos.

—Debes estar tranquila —continuó él—. No dejes que la locura te consuma. Saldremos de aquí. Y cuando lo hagamos… se arrepentirán de habernos traicionado.

El aire cambió, un murmullo pesado recorrió el patio, Demian lo sintió antes de verlo.

Desde el fondo caminaba otro interno, alto, musculoso. La mirada llena de odio y rabia contenida.

Silas...

El único que había disputado el control del lugar antes de que Demian llegara, había perdido su estatus, desde entonces era una lucha silenciosa de poder.

Silas se detuvo frente a ellos, sus ojos estaban fijos en Aria.

—Míaaaaa… —gruñó, señalándola.

Demian se tensó de inmediato.

Se puso de pie despacio, interponiéndose entre él y Aria.

—Aléjate.

Silas sonrió con locura.

—¡Fueraaaaa! —rugió Demian.

El ataque fue inmediato, Silas se abalanzó sobre él.

Los golpes resonaron secos. Puño contra hueso. Rodillas contra costillas. Demian no estaba completamente recuperado; los años de sedantes habían debilitado su cuerpo, pero su técnica seguía intacta, bloqueó, contraatacó, el patio estalló en gritos, Aria se acurrucó contra la pared, temblando.

Silas logró conectar un golpe en la mandíbula de Demian. Demian respondió con un rodillazo al abdomen y un puñetazo que lo hizo retroceder.

Los internos comenzaron a rodearlos, excitados, entonces llegaron los enfermeros.

Palos, descargas eléctricas, una corriente atravesó el cuerpo de Demian. Sus músculos se tensaron violentamente, otra descarga.

Silas cayó primero, Demian intentó mantenerse en pie, pero una tercera descarga lo hizo desplomarse.

—¡Redúzcanlos! —gritó uno.

Golpes, patadas, descargas.

En pocos minutos ambos estaban inmovilizados, inconscientes

Aria observaba con el corazón destrozado, los arrastraron por el pasillo como animales, las puertas se cerraron tras ellos.

El silencio volvió, los internos volvieron a caminar, murmurando cosas inentendibles, pegándose en la cabeza, pero esta vez, Aria no se quedó quieta.

Esperó.

Cuando los guardias se alejaron… caminó.

Sus pasos eran firmes, aunque el miedo seguía latiendo en su pecho.

Llegó a la celda 13, Demian estaba en el suelo, respirando con dificultad, moretones nuevos. Sangre en el labio.

Ella no dudó, entró, se arrodilló a su lado, con suavidad levantó su cabeza y la apoyó sobre sus piernas.

Tomó un pedazo de tela de su propia ropa y limpió la sangre.

—No debiste hacerlo… —susurró.

Demian abrió los ojos lentamente.

—No podía permitir que te tocara.

—Te van a matar… si sigues defendiéndome, los enfermeros terminarán matándote.

Una leve sonrisa torcida apareció en su rostro.

—Que lo intenten.

Aria sintió algo extraño en el pecho.

No era miedo, era… protección y en ese momento, sin saberlo, acababa de cruzar una línea invisible.

Porque el monstruo ya no estaba solo y el monstruo ahora tenía algo que proteger.

Y cuando un hombre como Demian D’Steffano tiene algo que proteger… el mundo debe temblar.

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