Capítulo 7 Debo encontrarlo
Cinco años...Cinco años desde la noche en que Demian D’Steffano desapareció.
En un edificio elegante en el centro de la ciudad, con cristales oscuros y seguridad privada en cada esquina, un hombre observaba el horizonte desde su oficina.
Lo conocían como Señor Black.
Pero su verdadero nombre era Gastón Beltrán.
La mano derecha de Demian, el único que nunca creyó la versión oficial.
Su asistente y hombre de confianza, Iván, dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Señor Black… yo creo que el jefe murió.
Gastón no se giró.
Su reflejo en el vidrio mostraba un hombre endurecido por los años. Traje impecable. Cabello recogido hacia atrás. Mirada afilada.
—No.
Una sola palabra. Firme.
Iván suspiró.
—Han pasado cinco años. No hay cuerpo. No hay rastros financieros. No hay movimientos en cuentas ocultas. James tomó el control total. Montello amplió territorio. Nadie ha escuchado el nombre D’Steffano desde entonces.
Gastón cerró los ojos un segundo.
—Precisamente.
Se giró finalmente.
—Demian es el hombre más fuerte que he conocido. No desaparece así. No sin dejar una señal.
Caminó hasta el escritorio y abrió la carpeta.
Fotografías, movimientos de transferencias sospechosas, registros hospitalarios alterados, donaciones a instituciones psiquiátricas de máxima seguridad, sus ojos se detuvieron en un nombre repetido varias veces, un hospital psiquiátrico privado de alta contención, "Saint Jones"
—James no es tan inteligente como cree —murmuró.
Iván frunció el ceño.
—¿Qué está pensando?
—Siempre estuve buscando los registros de James, pero no se me había ocurrido en buscar los de Montello, cuando alguien quiere borrar a otro del mapa sin matarlo… necesita un lugar donde nadie lo busque.
Se inclinó sobre el escritorio.
—Un muerto genera preguntas, un desaparecido genera rumores, pero un loco… un loco genera indiferencia.
Iván sintió un escalofrío.
—¿Cree que lo encerraron?
Gastón lo miró fijo.
—No tengo pruebas. Pero lo siento, si mis sospechas son correctas James le pidió que matara a Demian, pero no que no sabía era de Montello tenía una deuda de vida con Demian, eso solo lo sabía él y yo, así que ¿Cómo desapareces a alguien sin matarlo?
Apretó el puño.
—James siempre quiso ser el jefe. Siempre se quejaba de vivir a la sombra. Y Kenneth Montello jamás da puntada sin hilo pero el bastardo tiene honor, ahí estan sus movimientos bancarios, siempre dona a un hospital siquiátrico.
Se acercó al bar y sirvió whisky.
—Demian está vivo en algún lugar. Y necesita mi ayuda. Lo sé.
Iván dudó.
—¿Y si nos equivocamos? James es poderoso ahora. Si empezamos a investigar hospitales, fundaciones, clínicas… levantaremos sospechas y quizás la vida del jefe corra peligro.
Gastón bebió un trago largo.
—Nosotros somos más inteligentes que él.
Dejó el vaso con firmeza.
—Prepara una identidad falsa. Quiero invertir en instituciones de salud mental. Especialmente en esa clínica.
—¿Va a entrar como benefactor?
—Como salvador —corrigió con frialdad.
Caminó hacia la ventana otra vez.
Abajo, la ciudad seguía viva. Ignorante.
—Si Demian está ahí… lo sabré cuando lo vea. Aunque esté roto. Aunque esté drogado. Aunque no me reconozca.
Iván lo observó en silencio.
—¿Y si James descubre que estamos investigando?
Una sonrisa oscura cruzó el rostro de Gastón.
—Entonces sabré que estoy cerca.
Se hizo un silencio pesado.
Luego agregó, en voz baja:
—Y si confirmo que lo traicionó…
El aire se volvió denso.
—No quedará nada de él.
Mientras tanto… en el psiquiátrico.
Demian estaba sentado en el suelo de su celda, la espalda apoyada en la pared, los ojos abiertos en la oscuridad.
Ya no dormía profundamente, ya no confiaba en el silencio.
Sus músculos dolían.
Pero su mente estaba despierta.
Aria.
Tenía que sacarla de ahí.
Y en algún lugar del mundo…
Alguien estaba moviendo piezas.
Sin saberlo, el reloj había comenzado a correr.
Y cuando dos monstruos se mueven por el mismo objetivo…
Nada queda oculto aunque esté bajo tierra.
La oficina quedó en silencio después de la última frase de Gastón.
Iván permanecía de pie frente al escritorio, analizando cada posibilidad.
Luego habló con cautela.
—Jefe… ¿y si metemos a alguien como enfermo?
Gastón alzó lentamente la mirada.
No respondió de inmediato.
Iván continuó:
—Alguien que nadie sepa que trabaja para usted. Sin registros vinculados a la organización. Sin conexión visible. Pero que conozca a Demian lo suficiente como para reconocerlo… incluso si está deteriorado.
Los ojos de Gastón brillaron apenas.
Una sonrisa lenta, peligrosa, apareció en su rostro.
—Quince días —murmuró—. Dos semanas serán suficientes para encontrarlo… si está ahí.
Iván asintió.
—Así es.
Gastón caminó alrededor del escritorio.
—No puede ser cualquiera. Debe resistir sedantes. Debe soportar interrogatorios psicológicos. Debe saber actuar… y callar.
—Tengo a alguien en mente —dijo Iván—. Mateo Rivas. Ex militar. Le debe la vida al jefe. Nadie lo relaciona con nosotros. Oficialmente trabaja como instructor de defensa personal en el sur.
Gastón entrecerró los ojos.
—¿Es leal?
—Más que su propia sangre.
Un silencio.
Luego Gastón extendió la mano hacia la carpeta del hospital psiquiátrico Saint Jones.
—Prepárenlo. Falsifiquen antecedentes clínicos. Trastorno explosivo intermitente. Episodios de agresividad. Que lo ingresen por orden judicial. Nada de voluntario.
Iván tomó nota mentalmente.
—¿Y si lo medican fuerte?
Gastón sonrió apenas.
—Entrénalo para que finja tragarlas. Que las guarde bajo la lengua si es necesario. Que provoque vómitos. Que sobreviva.
Se acercó nuevamente a la ventana.
—Si Demian está ahí… sabrá reconocer a uno de los nuestros. Aunque esté drogado.
Iván dudó un segundo.
—¿Y si no lo está?
Gastón giró la cabeza.
Su voz se volvió más baja.
—Entonces incendiaremos cada siquiátrico hasta encontrarlo.
Mientras tanto… en el psiquiátrico.
Demian estaba sentado en el suelo, los codos apoyados en las rodillas. Fingía balancearse levemente, como si su mente estuviera quebrada.
Pero escuchaba, contaba las rondas nocturnas, observaba qué enfermero era más cruel.
Memorizaba qué puertas tenían doble cerradura, un ruido en el pasillo.
Pasos nuevos, no eran los habituales, más firmes, más controlados.
Demian levantó la mirada apenas, sin mover la cabeza.
Un nuevo interno era arrastrado por dos enfermeros.
Fuerza contenida en el cuerpo.
Mirada alerta… demasiado alerta para ser un verdadero desequilibrado.
Demian bajó la vista de inmediato, fingiendo incoherencia.
Pero algo dentro de él se activó.
Instinto.
En el patio, Aria lo observaba desde lejos.
Había aprendido a leer los pequeños cambios en él.
Y ese leve endurecimiento en su postura…
Significaba que algo estaba por cambiar.
En el exterior.
Iván cerró la llamada.
—Está hecho, señor Black. Entra mañana.
Gastón tomó el vaso de whisky sin beberlo.
—Quince días, Demian —murmuró al vacío—. Si estás vivo… te voy a encontrar.
Y en algún rincón del psiquiátrico, sin saberlo…
El monstruo ya no estaba solo, la búsqueda había tomado el rumbo correcto, pronto, Demian sería encontrado.
