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Contrato Davenport

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maracaballero32 · En curso · 32.2k Palabras

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Introducción

A James Davenport le rompieron el corazón una vez, y fue suficiente para enseñarle a huir. Desde entonces, ha intentado borrar el recuerdo de aquella mujer refugiándose en otras y evitando a toda costa regresar a la ciudad que guarda cada una de sus heridas.

Pero el destino no entiende de escapatorias. Un giro inesperado lo obliga a volver al lugar donde creció… justo cuando ella también regresa, cargando con su propio pasado y un dolor que nunca sanó del todo.

La familia Davenport atraviesa una crisis que amenaza con derrumbarlo todo, y solo ellos dos tienen la capacidad de salvar lo que queda. Deciden entonces hacer una tregua, enterrando rencores y firmando un contrato tan frío como peligroso: trabajarán juntos, pero con una cláusula inquebrantable —no deben involucrar sentimientos. Si alguno falla, el acuerdo se rompe y cada uno seguirá su camino, para siempre.

En un juego donde el pasado arde, la cercanía confunde y las emociones no entienden de reglas…
¿Quién será el primero en romper la cláusula?

Capítulo 1

Elyana

La voz de la azafata anuncia que pronto tocaremos suelo en la pista de Heathrow, en Londres. Me retiro el antifaz de descanso y me acomodo en mi asiento. Los nervios me invaden por completo. Hace años que no regreso a casa; diez, para ser exactos.

Mis padres siempre volaban a España para visitarme mientras cursaba la carrera, y eso lo agradecía infinitamente. Pero hoy soy yo quien vuelve… arrastrando mi pasado dentro de una maleta.

James Davenport.

Cierro los ojos con irritación. Tengo que alejar esos pensamientos, y rápido. No puedo regresar a ese rincón oscuro de mi mente para torturarme. Ya no.

A mi lado está Jackson Duncan, quien viaja constantemente a Francia para verme, para compartir tiempo juntos como cualquier pareja. En uno de esos viajes me pidió que fuéramos novios y acepté. Pensé —y sigo pensando— que tengo derecho a ser feliz. Del mismo modo en que James lo era con alguna americana en algún punto de Los Ángeles.

—¡¿Dónde estás?! —la voz de mi mejor amiga grita emocionada al otro lado de la línea en cuanto cruzo las puertas dobles de cristal del aeropuerto.

—Iré primero a tu departamento antes de ver a mis padres. Necesito una dosis de tranquilidad… estoy hecha un manojo de nervios.

—¡Vale! ¡Apura ese trasero! ¡Te espero! —responde, y la llamada termina.

Extiendo la mano para detener un taxi.

Durante el trayecto hacia casa de Miranda, mi mirada vaga por la ciudad. Londres sigue siendo la misma… y al mismo tiempo no lo es. Los recuerdos me llevan al día en que decidí irme a estudiar a España. Quería poner tierra de por medio. Quería dejar de sufrir por James.

Aunque él nunca supo realmente lo que yo sentía, siempre tuve la certeza de que lo sospechaba. Nos conocíamos demasiado bien. Quizá por eso nunca di el paso hacia él. Sabía cómo rechazaba a las mujeres que no le atraían… y la forma cruel en que podía humillarlas. James Davenport siempre se creyó la última Coca-Cola del desierto.

Los recuerdos galopan hasta ese día. El día que dejó de ser solo decepción para convertirse en herida.

El beso de la apuesta.

El último verano antes de marcharme a España, James y yo habíamos sido aceptados en Harvard. Eran nuestras últimas semanas de libertad antes de que todo cambiara.

Y cambió.

Él puso sus ojos en mí. Me envolvió con palabras bonitas. Y yo… caí. Por completo.

Nunca nos tomábamos de la mano. Nunca hubo gestos públicos que confirmaran algo. Pero yo lo sentía todo. James me besó por primera vez después de semanas de coqueteo, en la piscina de su casa. Dejé de respirar. Fue mi primer beso… y fue con el chico del que llevaba años enamorada.

Correspondí con timidez. Y cuando sus manos me tocaron por encima del traje de baño… James se detuvo.

Su expresión —alerta, sorprendida— me lo dijo todo.

No seguiría.

Antes de que pudiera decir una palabra, el James del que estaba enamorada desapareció.

—Ya, es todo. Gané una apuesta. Te besé, te toqué… pero será la primera y última vez. Dile a Jackdiel que te gustó. Te daré parte del dinero.

Y se marchó hacia el interior de la mansión.

Con los labios aún hinchados por el beso, me levanté de la tumbona, busqué la toalla con manos temblorosas y me cubrí. Miré hacia la casa. Esperaba —estúpidamente— que regresara riendo, que dijera que todo era una broma cruel, que el beso había sido real.

Pero no.

Aquella noche llegué a casa convertida en un mar de lágrimas, maldiciendo a James Davenport una y otra vez. Y en un acto de rabia, llamé a Jackdiel, el hermano gemelo de Jackson. Le dije que sabía de la apuesta, que James no me había besado ni tocado realmente, que incluso pensaba —como muchos— que era gay.

Jackdiel se encargó de esparcir el rumor por todo nuestro círculo.

Cuando comprendí lo que había hecho, me arrepentí. Pero el recuerdo del beso… me anestesió la culpa. Me alejé de todo. Dos semanas encerrada, aislada del mundo. Entonces tomé la decisión: irme lejos. Aceptar una de las tantas universidades que me habían admitido.

Mis padres, Samantha y Albert Johnson, me pidieron que lo pensara. Pero yo ya había decidido. No quería estar cerca del hombre que me había usado como parte de una apuesta.

España me esperaba.

La empresa de mi familia era reconocida en toda Europa. Casi tan grande como la de mis padrinos, Constanza y Alfred Davenport. Si algún día se fusionaran, dominarían el mercado mundial de la cerveza con más del ochenta y cinco por ciento de la cuota.

Yo era la única heredera de Johnson Co-Al. Y el mismo destino recaía sobre James. Nuestras familias eran amigas desde la infancia, socios inseparables, un cuarteto imparable en los negocios. Habían planeado dejarlo todo en manos de sus únicos hijos.

Hijos que no querían ese legado.

Tras media hora de viaje, el taxi se detiene frente al edificio de ladrillo. Pago, bajo, con la bolsa colgada al hombro y la pequeña maleta en la mano.

Subo los escalones de la entrada y, justo cuando voy a abrir la puerta, no lo veo venir. Alguien me empuja. Pierdo el equilibrio y caigo de lleno sobre mi trasero.

—¡Mierda! —exclamo, adolorida—. ¿Es que no te fijas por dónde caminas?

Me apresuro a recoger mis cosas sin mirar al responsable. Pinturas, llaves, todo esparcido por el suelo.

—Disculpa… no te vi.

Esa voz.

Se me eriza la piel. Me quedo inmóvil unos segundos, intentando ubicarla en mi memoria, pero el tiempo apremia.

Unas manos se suman a las mías, ayudándome a recoger lo que falta. Al levantar la mirada, me encuentro con unos ojos azules intensos.

—¿Te conozco? —susurro.

El hombre frunce el ceño, pensativo, y niega.

—No lo creo. Es la primera vez que te veo. Aquí están tus llaves… y de nuevo, disculpa.

Me ayuda a levantarme y abre la puerta para que pase.

Le agradezco con una media sonrisa. Su rostro me resulta inquietantemente familiar, pero dejo de pensarlo cuando mi móvil vibra en el bolsillo. Seguro es Miranda.

Subo las escaleras rumbo a su departamento. Siento una mirada en la espalda. Me giro.

El hombre sigue de pie en la puerta, observándome.

Al notar que lo he descubierto, se gira de inmediato y sale, cerrando tras de sí.

¿Acaso me estaba mirando el trasero?

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Y lo hicieron. Como siempre lo hacen. Como si no pudieran evitarlo. Como si les perteneciera a los tres.


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