Capítulo 3 Presentimiento

Elyana

Estoy completamente en shock, petrificada en mi lugar. No puedo creer lo que estoy viendo.

El hombre frente a mí, tan real como el aire que respiro, es James Davenport. El tiempo parece haberse detenido en seco.

Es la segunda vez que me topo con él en este mismo día, como si el destino estuviera jugando una cruel broma. Mi corazón late con fuerza, a punto de salirse de mi pecho, un tambor resonando en mis oídos.

Por un instante fugaz, mi mente retrocede diez años atrás, a un tiempo que creía enterrado. Revivo momentos, sensaciones, palabras no dichas. Y parece que él también está igual de atrapado en el pasado, porque su única reacción inicial, su instinto, es extender la mano para ayudarme a levantarme, como si el tiempo no hubiera pasado.

Observo el gesto, esa mano que se ofrece, y me niego rotundamente. No puedo permitirme ese contacto, esa cercanía.

Me incorporo por mi cuenta, con cuidado, sintiendo el dolor en mis rodillas, y empiezo a recoger los restos de los platos rotos del suelo, los pedazos de cerámica esparcidos como recuerdos fragmentados. James se queda con la mano extendida unos segundos más, observándome, hasta que suelta un suspiro audible de irritación, frustrado por mi rechazo.

—Te ayudo —dice, su voz ligeramente tensa.

No respondo. Continúo recogiendo los trozos de porcelana, prestando especial atención para no cortarme con los bordes afilados. Tendré que bajar a la cava por otra botella de vino y tirar lo demás a la basura, una tarea tediosa en este momento.

—¿Cuándo llegaste? —pregunta, pero su expresión cambia de pronto, como si se preguntara a sí mismo de dónde demonios salió esa pregunta, como si la frase se le hubiera escapado sin querer.

—Hoy —respondo con un hilo de voz.

Es lo único que logro decir, una palabra que encierra un universo de emociones contenidas.

Los sentimientos empiezan a arremolinarse dentro de mí, un torbellino de nostalgia, arrepentimiento y dolor. Si no fuera por lo que ocurrió hace diez años, por ese evento que marcó un antes y un después, ahora mismo estaríamos abrazándonos, riendo, poniéndonos al día como antes, como viejos amigos que se reencuentran. Pero no es así. Nunca volverá a serlo, una realidad que me golpea con fuerza.

—¿Qué tal el vuelo? —insiste, tratando de mantener la conversación a flote.

Lo miro después de tirar los restos a la basura, observando cada detalle de su rostro, buscando rastros del pasado.

—Bien, gracias. ¿Y tú? ¿Cuándo llegaste? —pregunto, sintiendo la necesidad de saber.

James mete las manos en los bolsillos, incómodo, como si mi pregunta lo hubiera descolocado.

—El jueves pasado. Me quedaré unas semanas ayudando en la empresa de mi padre. ¿Sabías de la operación? —explica, su voz un poco más suave.

Asiento apenas con la barbilla, un movimiento casi imperceptible, mientras me limpio las manos con un mantel de cocina. A simple vista, noto cómo su semblante se endurece, como si estuviera reviviendo un recuerdo doloroso.

—Mi madre me lo contó cuando la llamé ese día, pero no pude venir antes… ¿Tú sí? —pregunta, las aletas de su nariz se dilatan ligeramente, indicando su nerviosismo.

—No —respondo secamente.

—Ah… —murmura—. Bueno, está bien, gracias a Dios. Puedes comprobarlo tú misma escuchándolo reír… —su voz se apaga al final de la frase.

No responde nada más, su mirada se pierde en algún punto indefinido.

Sus ojos recorren mi cuerpo, escudriñándome de arriba abajo, creyendo que no me daré cuenta de su escrutinio. Lo veo reflejado en las puertas del refrigerador mientras preparo de nuevo un plato de quesos, tratando de mantener la compostura. Solo tuerzo los labios con desaprobación, un gesto involuntario. No sé exactamente por qué lo hago, tal vez por incomodidad, tal vez por resentimiento.

Tal vez le sorprende mi cambio en estos diez años, la transformación que el tiempo ha obrado en mí. Ya no soy la chica rubia e ingenua que besó en la piscina de su casa, la joven que lo amó con toda su alma. La que incendió sin darse cuenta su mundo. La que sintió su erección contra su vientre antes de que todo se rompiera en mil pedazos, antes de que el destino nos separara para siempre.

Cierro los ojos con fuerza y me aprieto el puente de la nariz, tratando de bloquear esos recuerdos que amenazan con invadirme. Tengo que alejar esos recuerdos, enterrarlos de nuevo.

—Trae el vino, ya sabes dónde está —le digo sin mirarlo, con voz firme.

—Conozco el lugar —responde, y se dirige a la cava, su figura desapareciendo en la penumbra.

Hay frialdad en su voz, una barrera invisible que se ha levantado entre nosotros, pero no me importa. Él también debe estar dolido, marcado por el pasado. Intentó comunicarse conmigo muchas veces después de lo sucedido, me envió cartas y correos electrónicos. Nunca respondí sus correos, no pude hacerlo. No estaba preparada para enfrentarme a él, ni a mis propios sentimientos.

Cuando regresamos a la mesa, todos ríen, ajenos a la tensión que se respira entre nosotros. Me siento junto a mi padre, sintiendo su protección. Me consienten por mi llegada, me llenan de atenciones. Queso, vino, historias, un ambiente cálido y familiar. Hacía años que no veía una escena así, una imagen que atesoraré en mi memoria.

Luego llega James, interrumpiendo la armonía.

La mesa queda completa, pero la tensión se hace aún más palpable.

Pasan dos horas interminables. Conversaciones triviales, recuerdos compartidos, intentos forzados de que socialicemos, de que nos acerquemos. No cruzamos palabra, ni una sola. Ninguna señal de reconocimiento, ningún gesto de familiaridad.

Mi móvil vibra en mi bolso. Siento su mirada sobre mí, una presencia constante. Cuando nuestros ojos se encuentran por un instante, él aparta los suyos de inmediato, avergonzado o culpable.

Es Jackson.

Sonrío sin evitarlo, una sonrisa genuina que ilumina mi rostro.

Le digo a mi madre que debo irme, que tengo un compromiso. Samantha frunce el ceño, pero no intenta detenerme, respeta mi decisión. Me pongo de pie, decidida a escapar de esta situación incómoda.

—Gracias por la cena. Tengo un compromiso, pero mañana prometo una comida aquí en casa —digo, dirigiéndome a todos.

Todos asienten, aliviados de que la velada esté llegando a su fin.

—¿Necesitas que te lleve? —pregunta James de inmediato, ofreciéndose sin dudarlo.

—No, gracias —respondo con firmeza.

Arruga el entrecejo, confundido por mi rechazo. La amabilidad entre nosotros es incómoda, forzada, como un disfraz que no nos sienta bien.

Salgo por la puerta del jardín, respirando el aire fresco de la noche.

El rugido inconfundible de una moto rompe el silencio.

Levanto la vista y ahí está Jackson, vestido de motociclista, con su chaqueta de cuero y su casco negro. Se ve peligrosamente atractivo, irresistible. Se quita el casco con un gesto teatral, corre hacia mí con una sonrisa radiante y me levanta del suelo, girándome en el aire. Me besa una y otra vez, con pasión y deseo.

—Te extrañé como nunca —dice entre besos, su voz llena de emoción.

Río, feliz de estar en sus brazos, de sentir su cercanía.

JAMES

Elyana sale por la puerta del jardín, alejándose de mí.

Me quedo mirando cómo se aleja, observando cada uno de sus movimientos, grabando su imagen en mi mente. La puerta se abre y se cierra tras ella, un sonido que resuena en mi interior.

El rugido estridente de una moto nos interrumpe a todos, rompiendo el silencio de la noche.

—Maldición —murmura mi padrino Albert, frunciendo el ceño.

—¿Qué ocurre? —pregunta mi madre, curiosa.

—Es Jackson —responde Albert con un tono de disgusto.

¿Jackson Duncan? ¿Qué hace él aquí?

—Sí, ese Jackson —confirma mi padrino al ver mi reacción, notando mi sorpresa y mi incomodidad.

—¿Qué hace aquí? —pregunto, levantándome de inmediato de la silla, sintiendo la necesidad de intervenir.

La mano de mi padre intenta detenerme, sujetándome del brazo.

—Calma, hijo. No hagas una estupidez —me dice con voz seria.

—Es… el novio de Elyana —dice mi madre, revelando una verdad que me golpea como un puñetazo.

Algo en mí se rompe, algo profundo e importante.

Aprieto la mandíbula con fuerza, sintiendo la tensión en cada músculo de mi cuerpo, y me suelto del agarre de mi madre con brusquedad. Camino hacia la salida del jardín, decidido a enfrentarme a la situación.

Los veo.

Elyana colgada del cuello de Jackson, abrazándolo con fuerza. Ríen juntos, compartiendo una broma privada. Él la gira en el aire, mostrándola como un trofeo. Una punzada primitiva de celos y rabia me atraviesa el pecho, quemando mi interior.

Ella echa la cabeza hacia atrás, riendo a carcajadas. La complicidad entre ellos es evidente, palpable. Familiar. Íntima.

Otra punzada, aún más intensa que la anterior.

Siempre supe lo que Elyana sentía por mí, aunque nunca se atrevió a decirlo abiertamente. Sus ojos me lo decían todo, sus gestos, sus silencios. Hasta que Jackson confesó lo suyo, hasta que se atrevió a dar el paso que yo nunca tuve el valor de dar.

Jackson la baja suavemente, le besa la frente con ternura. Elyana apoya la cabeza en su pecho y lo rodea por la cintura, buscando consuelo y protección. Un abrazo cálido, privado, que excluye a todos los demás.

Jackson le susurra algo al oído. Elyana levanta la vista… y me mira directamente a los ojos.

Mierda.

—James —dice Jackson con tono serio, desafiante, que segundos después se transforma en una sonrisa burlona.

No me muevo, me quedo clavado en el suelo, incapaz de reaccionar. Meto las manos en los bolsillos para disimular mi nerviosismo y alzo la barbilla con arrogancia.

—Jackson —respondo con frialdad.

—Vámonos —le dice a Elyana, ignorándome por completo.

Ella asiente sin decir nada, siguiéndole el juego.

La ayuda a subir a la moto, sujetándola por la cintura, y un escalofrío me recorre entero, un presentimiento funesto.

—Baja de esa moto, Ely —digo con voz firme.

Ella se vuelve hacia mí, desafiante.

—No. Y no vuelvas a llamarme así. —responde con sequedad.

Intento sonar tranquilo, pero mi voz tiembla ligeramente.

—Baja, por favor. No es seguro —insisto.

Jackson se interpone entre nosotros, protegiéndola.

—¿Celos, Davenport? Ella me eligió a mí. Lárgate —dice con desprecio.

Lo tomo del brazo con fuerza, conteniendo mi ira.

—Usa mi auto. Baja a Elyana de esa moto, puedes regresarme el auto mañana. Pero por favor, usalo. —digo, mi voz apenas un susurro.

Hablo bajo, urgente, tratando de razonar con él.

—Basta, Davenport, sé manejar mi moto desde hace años. No necesitamos un favor y menos de tu parte. —responde, soltándose de mi agarre.

Se vuelve hacia Elyana y le acomoda el casco con cuidado. Le besa la punta de la nariz con ternura. Ella sonríe, feliz en sus brazos.

La moto ruge, preparándose para partir.

—Elyana, baja. ¡Ahora! —mi voz se quiebra, implorante—. ¡Por favor!

Ella frunce el ceño, confundida por mi insistencia… pero se aferra a él con fuerza, mostrándome su decisión.

Se van, dejándome atrás.

No me quedo tranquilo, no puedo soportar la idea de que se aleje de mí.

Busco mis llaves con desesperación, pero la mano cálida de mi madre me detiene.

—¿Lo sabías? —le pregunto, sintiendo la traición.

—Sí. Tu madrina me lo contó. Elyana les habló de su relación antes de venir —responde con tristeza.—Sé como te has de...

Aprieto los dientes con rabia, sintiendo la impotencia.

—No sabes nada —digo con resentimiento.

—Te conozco demasiado bien, James Davenport. Tus sentimientos siguen ahí, intactos —responde con sabiduría.

Miro hacia donde desaparecieron, sintiendo un vacío en mi interior.

Algo dentro de mí, grita que la siga, que la rescate.

Pero no lo hago.

Y el miedo… permanece, paralizándome.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo