Capítulo 2 La noche más larga

La lluvia caía con fuerza sobre la entrada del hotel.

Valeria permanecía inmóvil, con la tarjeta de Adrián Montenegro en la mano.

Las palabras del hombre aún resonaban en su cabeza.

—Una esposa.

¿Había escuchado bien?

Levantó la mirada, pero Adrián ya caminaba hacia un automóvil negro estacionado frente al hotel. El chofer abrió la puerta trasera y él subió sin volver a mirarla.

En segundos, el vehículo desapareció entre la lluvia.

Valeria se quedó sola.

El frío comenzaba a calarle los huesos, pero no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho.

Miró nuevamente la tarjeta.

Adrián Montenegro

Presidente del Grupo Montenegro.

El nombre era conocido en toda la ciudad.

Empresario. Multimillonario.

Y, según decían muchos, un hombre que no perdonaba a quienes lo traicionaban.

Valeria cerró la mano lentamente.

—Esto es absurdo —susurró.

Guardó la tarjeta en su bolso.

No iba a llamar a un extraño para vengarse.

No era esa clase de persona.

Respiró profundo y volvió a entrar al hotel.

El salón seguía lleno de invitados, pero el ambiente ya no era de celebración.

Era de tensión.

En cuanto Valeria cruzó la puerta, las conversaciones se apagaron.

Algunas mujeres susurraron entre ellas.

Un par de hombres apartaron la mirada con incomodidad.

La noticia ya se había esparcido.

Valeria caminó con la cabeza en alto.

Cada paso se sentía como atravesar un campo de cuchillos.

Su madre estaba cerca del escenario, hablando con algunos invitados. Cuando la vio acercarse, su expresión cambió.

—Valeria —dijo en voz baja—. No hagas una escena.

Valeria se detuvo frente a ella.

—¿No haga una escena?

Su voz temblaba.

—Mamá… mi prometido está en una habitación con mi hermana.

La mujer miró alrededor con nerviosismo.

—Baja la voz.

—¿Tú también lo sabías?

El silencio fue respuesta suficiente.

Valeria sintió que el corazón se le encogía.

—¿Por cuánto tiempo?

Su madre suspiró.

—Las cosas se complicaron entre ustedes…

—¡Responde!

Algunas personas voltearon a mirar.

Su madre frunció el ceño.

—Meses.

La palabra cayó como una sentencia.

Valeria sintió que la rabia comenzaba a mezclarse con el dolor.

—¿Y nadie pensó en decírmelo?

—Tu padre creyó que lo mejor era manejar la situación con discreción.

—¿Discreción?

Valeria soltó una risa amarga.

—¿Planeaban anunciar el compromiso mientras Daniel dormía con Camila?

En ese momento apareció su padre.

Su presencia siempre imponía autoridad.

—Valeria —dijo con tono firme—. Este no es el lugar para discutir asuntos familiares.

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Asuntos familiares?

—Controla tu comportamiento.

—¿Mi comportamiento?

Valeria sintió que el aire le faltaba.

—Papá… me traicionaron.

—Daniel tomó una decisión.

La frase fue tan fría que Valeria tardó un segundo en comprenderla.

—¿Una decisión?

—Camila y él se entienden mejor.

El mundo pareció detenerse otra vez.

—Entonces… ¿estás de su lado?

Su padre no respondió de inmediato.

Eso fue suficiente.

Valeria negó lentamente con la cabeza.

—Increíble.

En ese momento Camila y Daniel bajaron las escaleras del segundo piso.

Camila llevaba el vestido ligeramente arrugado, pero caminaba con absoluta seguridad.

Daniel parecía incómodo.

Cuando llegaron al salón, todas las miradas se dirigieron hacia ellos.

Camila se acercó con una sonrisa falsa.

—Hermana… siento mucho que te hayas enterado así.

Valeria la miró como si fuera una desconocida.

—No te atrevas a llamarme hermana.

Camila suspiró.

—Siempre fuiste tan dramática.

Daniel intentó intervenir.

—Valeria, podemos hablar con calma.

—¿Hablar?

Ella lo miró con desprecio.

—No hay nada que hablar.

Camila tomó el brazo de Daniel.

—Creo que ya es hora de decir la verdad.

Valeria sintió un mal presentimiento.

—¿Qué verdad?

Camila miró a los invitados.

Luego habló con voz clara.

—Daniel y yo vamos a casarnos.

Un murmullo recorrió el salón.

Valeria sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—Eso no puede ser serio.

Camila levantó la barbilla.

—Papá ya está de acuerdo.

Valeria miró a su padre.

Él no negó nada.

—Esto es una locura —susurró.

Camila sonrió.

—La vida cambia rápido, querida.

Daniel dio un paso hacia Valeria.

—No quería que te enteraras así.

—Pero lo hiciste.

Valeria respiró profundamente.

—¿Sabes qué es lo peor?

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que durante años creí que me amabas.

Él no respondió.

Valeria sintió que algo dentro de ella se endurecía.

Tal vez Adrián Montenegro tenía razón.

Tal vez esa noche había perdido todo.

Pero no volvería a humillarse frente a ellos.

Se quitó lentamente el anillo de compromiso.

Lo sostuvo un momento entre los dedos.

Luego lo dejó caer sobre la mesa.

El pequeño sonido del metal al chocar contra el vidrio resonó en el silencio del salón.

—Quédatelo —dijo.

Camila sonrió satisfecha.

Pero Valeria ya no la miraba.

Se giró hacia sus padres.

—Hoy perdieron una hija.

Nadie respondió.

Valeria caminó hacia la salida.

Esta vez nadie intentó detenerla.

La lluvia seguía cayendo afuera.

Cuando salió del hotel, el frío la golpeó nuevamente.

Caminó un par de pasos hasta detenerse bajo una farola.

Su bolso estaba empapado.

Abrió el cierre para buscar un pañuelo.

Y entonces vio la tarjeta otra vez.

Adrián Montenegro.

Recordó sus palabras.

—Puedo ayudarte a vengarte.

Valeria cerró los ojos.

Nunca había pensado en la venganza.

Pero esa noche había descubierto algo doloroso.

Las personas que más amaba… la habían destruido sin remordimiento.

Miró la tarjeta durante unos segundos.

Luego sacó su teléfono.

Sus dedos temblaban.

Marcó el número.

El teléfono sonó una vez.

Dos veces.

Tres.

Entonces una voz profunda respondió al otro lado.

—Montenegro.

Valeria respiró hondo.

—Soy Valeria Castillo.

Hubo un breve silencio.

Luego la voz de Adrián cambió ligeramente.

Como si hubiera estado esperando esa llamada.

—Sabía que llamarías.

Valeria apretó el teléfono con fuerza.

—Quiero escuchar su propuesta.

La respuesta de Adrián fue tranquila.

Demasiado tranquila.

—Perfecto.

Hizo una pausa.

—Porque ya estoy afuera esperándote.

Valeria levantó la mirada.

Y al otro lado de la calle, bajo la lluvia…

un automóvil negro acababa de detenerse frente a ella.

Adrián Montenegro nunca se había ido.

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