Capítulo 3 La propuesta peligrosa

El automóvil negro estaba detenido al otro lado de la calle.

La lluvia golpeaba el pavimento con fuerza, reflejando las luces del hotel como si fueran fragmentos de vidrio.

Valeria apretaba el teléfono contra su oído.

—Porque ya estoy afuera esperándote —había dicho Adrián.

Y ahí estaba.

Observándola desde el interior del vehículo.

El chofer salió primero y abrió la puerta trasera.

Adrián Montenegro descendió con calma, como si la tormenta no existiera.

Su traje oscuro parecía hecho para la noche.

Elegante. Impecable.

Intimidante.

Valeria cruzó la calle lentamente.

Cada paso se sentía como si estuviera cruzando una línea invisible.

Cuando llegó frente a él, Adrián la observó con atención.

Sus ojos grises parecían analizar cada emoción que intentaba ocultar.

—Supongo que la fiesta no terminó como esperabas —dijo.

Valeria soltó una risa amarga.

—Eso es un eufemismo.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Entonces escucho tu respuesta.

Valeria cruzó los brazos, intentando mantener el control.

—Antes quiero entender algo.

—Adelante.

—¿Por qué quiere ayudarme?

Adrián no respondió de inmediato.

Miró hacia el hotel, donde la música de la fiesta aún se escuchaba a lo lejos.

—Porque la familia Castillo me debe algo.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Justicia.

La palabra quedó flotando entre ellos.

—No entiendo.

Adrián la miró otra vez.

—Tu familia arruinó la vida de alguien que era muy importante para mí.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Quién?

—Eso no es relevante ahora.

El silencio volvió a caer.

La lluvia seguía cayendo, cada vez más fuerte.

—Entonces su plan es usarme —dijo Valeria.

Adrián no lo negó.

—Tu familia te humilló esta noche.

—Eso no significa que quiera venganza.

Adrián dio un paso más cerca.

—No necesitas quererla.

Su voz era tranquila.

—Solo necesitas decidir si vas a permitir que ellos ganen.

Valeria sintió que esas palabras tocaban algo profundo dentro de ella.

Imágenes de la fiesta volvieron a su mente.

Las miradas.

Los murmullos.

La sonrisa de Camila.

La indiferencia de su padre.

—¿Qué propone exactamente? —preguntó finalmente.

Adrián sacó un pequeño sobre de su bolsillo.

Se lo entregó.

—Un contrato.

Valeria lo abrió.

Dentro había varias hojas impresas.

Sus ojos recorrieron las primeras líneas.

Acuerdo matrimonial temporal.

Su corazón dio un salto.

—¿Está hablando en serio?

—Muy en serio.

Valeria levantó la mirada.

—¿Quiere que me case con usted?

—Durante un año.

Ella lo miró como si estuviera loco.

—¿Por qué?

Adrián respondió sin dudar.

—Porque convertirte en mi esposa sería la forma más rápida de destruir la reputación de tu familia.

Valeria parpadeó.

—No lo entiendo.

—Los Castillo llevan años intentando acercarse a mi empresa.

—¿Y?

—Si su hija menor se convierte en la señora Montenegro… quedarán completamente fuera del juego.

Valeria procesó la idea lentamente.

—¿Esto es una estrategia empresarial?

Adrián sonrió ligeramente.

—También.

Ella cerró el sobre.

—Esto es una locura.

—Tal vez.

—Ni siquiera nos conocemos.

Adrián la observó con calma.

—Sé más de ti de lo que imaginas.

Valeria sintió un pequeño escalofrío.

—¿Cómo qué?

—Que estudiaste administración en la universidad nacional.

—Eso es información pública.

—Que trabajas en la fundación Castillo desde hace tres años.

Valeria frunció el ceño.

—¿Me investigó?

Adrián no parecía avergonzado.

—Por supuesto.

—¿Por qué?

—Porque sabía que tarde o temprano te necesitaría.

El comentario la dejó sin palabras.

—Esto es absurdo.

Adrián dio otro paso hacia ella.

—Lo absurdo fue que tu familia permitiera que te humillaran esta noche.

Valeria apretó los labios.

—¿Y qué obtengo yo con todo esto?

Adrián respondió con absoluta claridad.

—Poder.

La palabra resonó en su mente.

—¿Poder?

—Dinero, influencia, protección.

—No necesito eso.

—Esta noche demostró que sí.

Valeria se quedó en silencio.

Parte de ella quería rechazar la propuesta y marcharse.

Pero otra parte recordaba la mirada de desprecio de Camila.

La indiferencia de sus padres.

—¿Y después del año? —preguntó.

—Nos divorciamos.

—¿Así de simple?

—Así de simple.

Valeria volvió a mirar el contrato.

—¿Hay alguna otra condición?

Adrián respondió con calma.

—Sí.

Ella levantó la mirada.

—¿Cuál?

—Mientras dure el contrato… tendrás que vivir conmigo.

Valeria lo miró con sorpresa.

—¿Vivir con usted?

—En mi casa.

—Eso suena más a un matrimonio real que a un contrato.

Adrián no parecía preocupado.

—Para el público debe parecer real.

Valeria cerró el sobre otra vez.

—¿Y si digo que no?

Adrián la miró fijamente.

—Entonces regresarás a tu vida anterior.

—¿Qué quiere decir?

—Tu hermana se casará con tu ex prometido.

—Eso ya lo sé.

—Tu familia fingirá que nunca exististe.

Las palabras eran duras.

Pero también eran ciertas.

Adrián dio media vuelta, como si la conversación hubiera terminado.

—Piénsalo bien, Valeria.

El chofer abrió nuevamente la puerta del automóvil.

—Mañana a las diez de la mañana estaré en mi oficina.

Valeria sintió que la oportunidad se escapaba.

—Espere.

Adrián se detuvo.

—¿Sí?

Ella respiró profundamente.

—¿Por qué está tan seguro de que aceptaré?

Adrián sonrió.

Esa misma sonrisa peligrosa de antes.

—Porque esta noche descubriste algo muy importante.

—¿Qué cosa?

Él respondió con absoluta tranquilidad.

—Que las personas que amas pueden destruirte sin remordimiento.

Valeria sintió que las palabras golpeaban directo en su corazón.

Adrián subió al automóvil.

La puerta se cerró.

El vehículo comenzó a moverse lentamente.

Valeria se quedó bajo la lluvia, con el contrato en las manos.

Durante años había intentado ser la hija perfecta.

La hermana perfecta.

La prometida perfecta.

Y aun así… había terminado sola.

Miró el contrato una vez más.

Tal vez era una locura.

Tal vez era peligroso.

Pero también era una oportunidad.

El automóvil de Adrián se detuvo unos metros más adelante.

La ventana trasera bajó lentamente.

Adrián volvió a mirarla.

—Por cierto.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué?

—Si aceptas… la boda sería esta misma semana.

El corazón de Valeria se aceleró.

—¿Tan rápido?

Adrián respondió con calma.

—Las venganzas más efectivas siempre son inesperadas.

La ventana volvió a subir.

El automóvil desapareció en la lluvia.

Valeria se quedó sola en la calle.

Con un contrato de matrimonio en las manos.

Y una decisión que podía cambiar toda su vida.

Porque por primera vez en su vida estaba considerando seriamente casarse con un hombre al que acababa de conocer… solo para destruir a su propia familia.

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