Capítulo 7 La primera grieta
Valeria no podía dejar de mirar la foto en la pantalla de su teléfono. Era ella misma, capturada en el preciso instante en que bajaba del auto negro de Adrián, con él a su lado, la mano de él rozando apenas su espalda baja mientras entraban a la mansión. La imagen era nítida, profesional, tomada con un lente potente desde la calle, probablemente desde un auto estacionado a unos cincuenta metros. El mensaje que la acompañaba seguía resonando en su cabeza: “Te dije que alguien iba a salir lastimado.”
Adrián le quitó el móvil con un movimiento fluido, casi posesivo. Sus dedos eran cálidos contra los de ella, que estaban helados.
—Dámelo —dijo en voz baja, pero con esa autoridad que no admitía réplica.
Valeria lo soltó sin protestar. Se abrazó a sí misma, sintiendo el frío que no venía del aire acondicionado, sino de dentro.
—¿Desde cuándo nos siguen? —preguntó, la voz apenas un susurro.
Adrián amplió la foto con dos dedos. No había matrícula visible, ni rostro. Solo la silueta borrosa de un sedán oscuro al fondo, fundiéndose con las sombras de la noche.
—No es la primera vez que alguien me vigila —respondió él con calma inquietante—. Pero esto… esto es personal. Saben exactamente cuándo y dónde golpear para que duela.
Valeria se levantó del sofá y caminó hacia el ventanal. La ciudad se extendía abajo como un tapiz de luces indiferentes. Se sentía expuesta, como si esos ojos invisibles aún la estuvieran observando.
—¿Llamamos a la policía? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Adrián soltó una risa corta, sin humor.
—La policía no toca a los Castillo cuando juegan en su terreno. Tu padre tiene amigos en todas partes: comisarios, jueces, incluso en el ministerio. Denunciar esto solo les daría más munición para decir que estás histérica, que inventas amenazas para justificar tu “rebelión”.
Valeria giró hacia él. La palabra “rebelión” le dolió más de lo que esperaba.
—No estoy histérica. Alguien me está amenazando. A mí. No a ti.
Adrián se acercó despacio, deteniéndose a un metro de distancia. Sus ojos grises la estudiaban con esa intensidad que siempre la desarmaba.
—A ti, sí. Pero porque estás conmigo. Porque ahora llevas mi apellido… aunque sea temporal.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Temporal —repitió, como si necesitara recordárselo a sí misma.
Adrián pulsó un botón en el control remoto que tenía en la mano. Las persianas automáticas bajaron con un zumbido suave, bloqueando la vista de la ciudad. La habitación quedó más oscura, más cerrada, casi íntima.
—Te quedarás aquí hasta que sepamos quién es —dijo—. No sales sola. Ni a la puerta principal, ni al jardín. Ernesto se encargará de las compras y cualquier cosa que necesites.
Valeria cruzó los brazos.
—No soy una prisionera, Adrián.
—No. Eres mi esposa. —Hizo una pausa, y su voz bajó un tono—. Por contrato, sí. Pero ante el mundo eres la señora Montenegro. Y nadie toca lo que es mío.
Las palabras cayeron como piedras en agua quieta. Valeria sintió calor subirle por el cuello hasta las mejillas. No era solo posesión lo que había en su tono; había algo más crudo, más protector.
—No soy un objeto —murmuró ella, aunque su voz tembló.
—Lo sé. —Adrián dio un paso más cerca. Ahora solo había centímetros entre ellos—. Por eso te estoy pidiendo que confíes en mí. Aunque sea solo por unos días. Déjame protegerte.
Valeria sostuvo su mirada. Por primera vez vio una grieta en esa fachada fría: preocupación genuina, casi miedo. No por él, sino por ella.
—Está bien —dijo al fin—. Pero quiero la verdad. Toda. ¿Por qué odias tanto a mi familia? No me vengas con evasivas de “negocios” o “justicia”. Quiero saberlo todo.
Adrián dudó. Era la primera vez que lo veía dudar de verdad. Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo ligeramente, y se giró hacia la chimenea apagada.
—Mi hermana menor… Elena. Tenía veintidós años hace ocho. Era brillante, estudiaba derecho, quería ser fiscal. Tu padre y tu tío la involucraron en un esquema fraudulento para salvar la fundación Castillo de una auditoría que los iba a hundir. Le hicieron creer que era solo “papelería”. Firmó documentos que la convirtieron en testaferro. Terminó en prisión tres años. Salió destrozada. Se fue del país, cambió de nombre, y desde entonces apenas me habla. Me culpa por no haberla protegido a tiempo.
Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—No… no lo sabía.
—Claro que no. Eras la hija buena, la que nunca preguntaba, la que se conformaba con las migajas de aprobación que te daban. Mientras tanto, tu familia destruía vidas a su alrededor.
El silencio se hizo espeso, cargado.
—Entonces esto no es solo una venganza empresarial —susurró Valeria—. Es personal. Muy personal.
Adrián giró hacia ella. Sus ojos brillaban con algo oscuro.
—Todo lo es.
Dio otro paso. Ahora estaba tan cerca que Valeria podía sentir el calor de su cuerpo.
—Y tú… —continuó él en voz baja—, tú eres la única Castillo que no sabía nada. La única que no se benefició del dolor ajeno. Por eso te elegí. Porque destruirlos a través de ti… sería la forma más limpia. La más justa.
Valeria levantó la barbilla, desafiante.
—¿Y si me arrepiento? ¿Si decido irme mañana?
Adrián sonrió levemente, pero no era una sonrisa fría. Era casi triste.
—Entonces te vas. Te doy el divorcio inmediato, dinero para empezar de nuevo, y desaparezco de tu vida. Pero no hoy. No mientras alguien te esté vigilando.
Ella no respondió de inmediato. Solo asintió lentamente.
Esa noche durmieron en habitaciones separadas, como dictaba el contrato.
Pero ninguno de los dos durmió realmente.
Valeria se quedó mirando el techo, pensando en Elena, en su hermana que nunca conoció la verdad, en la familia que había creído perfecta. Adrián, en su habitación al otro lado del pasillo, revisaba cámaras de seguridad en su laptop, pero su mente volvía una y otra vez a la mujer que dormía a pocos metros.
La grieta ya estaba abierta. Y ninguno sabía cuánto tardaría en romperse todo.
