Capítulo 8 La noche inesperada

Las semanas siguientes fueron un torbellino controlado. Adrián reforzó la seguridad: más cámaras, un equipo discreto de guardaespaldas que nunca se veían pero siempre estaban cerca, alarmas en cada puerta y ventana. Valeria no salió de la mansión más que una vez, acompañada por él a una cena de negocios donde tuvo que fingir ser la prometida enamorada perfecta. Sonrió, tomó su brazo, respondió preguntas con gracia. Pero cada vez que volvían a casa, el silencio entre ellos se hacía más pesado.

La

atracción estaba ahí desde el principio, pero ahora era imposible ignorarla.

Cada mirada prolongada, cada roce accidental al pasar por el pasillo, cada vez

que él le apartaba un mechón de cabello de la cara… todo acumulaba tensión.

Esa

noche, la cena fue diferente. Ernesto había preparado algo ligero: salmón a la

plancha, ensalada, vino tinto. Pero ninguno probó bocado apenas. Valeria

jugueteaba con la copa, girándola entre los dedos. Adrián la observaba sin

disimulo.

—¿Sigues

pensando en el mensaje? —preguntó él, rompiendo el silencio.

—En

todo —respondió ella—. En la foto. En Elena. En mi familia. En… esto.

Adrián

dejó los cubiertos con cuidado.

—Ven

conmigo.

La

llevó al balcón principal. La ciudad brillaba abajo como un mar infinito de

luces. El aire era fresco, con olor a lluvia reciente. Adrián se apoyó en la

barandilla, mirando el horizonte.

—Respira

—dijo simplemente.

Valeria

cerró los ojos. El viento le movió el cabello, calmándola un poco. Cuando los

abrió, Adrián la estaba mirando. No con cálculo. Con algo mucho más crudo.

—No

sé qué estamos haciendo —susurró ella.

—Rompiendo

las reglas —respondió él sin apartar la mirada.

Y

entonces la besó.

No

fue suave ni tentativo. Fue urgente, hambriento, como si ambos hubieran estado

conteniéndose durante semanas y el dique finalmente se hubiera roto. Valeria

respondió sin pensar, sus manos subiendo al cuello de Adrián, enredándose en su

cabello. Él la levantó sin esfuerzo, como si no pesara nada, y la llevó

adentro, cerrando la puerta del balcón con el pie.

La

habitación principal era enorme, oscura, solo iluminada por el resplandor de la

ciudad que se filtraba a través de las cortinas entreabiertas. La ropa cayó al

suelo entre besos y respiraciones entrecortadas. Adrián la depositó en la cama

con cuidado, pero sus manos eran firmes, posesivas.

—No

deberíamos… —murmuró ella contra su boca, aunque sus dedos ya recorrían la

espalda de él.

—Dime

que pare —respondió Adrián, su voz ronca, ya sobre ella—. Dímelo y paro ahora

mismo.

Valeria

lo miró a los ojos. En ese momento no había contrato, ni venganza, ni amenazas.

Solo ellos dos.

—No

pares —susurró.

Esa

noche cruzaron todas las líneas que habían jurado no tocar.

No

hubo promesas grandiosas ni declaraciones de amor eterno. Solo piel contra

piel, deseo acumulado que se liberaba en oleadas, susurros entrecortados,

gemidos que se perdían en la oscuridad. Adrián era intenso, dominante, pero

también atento: cada caricia parecía preguntarle si estaba bien, si quería más,

si quería menos. Valeria se entregó por completo, olvidando por unas horas el

peso de todo lo demás.

Cuando

terminaron, se quedaron abrazados, respiraciones agitadas calmándose poco a

poco. Adrián la atrajo contra su pecho, su mano acariciando su espalda en

círculos lentos.

—No

era parte del plan —dijo él en voz baja.

Valeria

sonrió contra su piel.

—Ninguno

de los dos tenía un plan real desde el principio.

Se

quedaron en silencio un largo rato. La ciudad seguía brillando afuera,

indiferente.

—¿Y

ahora qué? —preguntó ella finalmente.

Adrián

besó su frente.

—Ahora

seguimos. Pero ya no fingimos.

Valeria

levantó la cabeza para mirarlo.

—¿El

contrato?

—Sigue

vigente. Pero esto… —la apretó más contra él— esto es real.

Ella

no respondió con palabras. Solo se acurrucó más, dejando que el sueño la

venciera por primera vez en semanas sin pesadillas.

A la

mañana siguiente, Valeria despertó primero. Adrián dormía a su lado, el brazo

posesivamente sobre su cintura, el rostro relajado como nunca lo había visto.

Por un momento, se permitió imaginar una vida diferente: sin venganza, sin

amenazas, solo ellos dos… y quizás algo más.

Tocó

su vientre plano instintivamente. No sabía por qué. Solo sintió un

presentimiento.

Se

levantó con cuidado, se puso una bata y salió al balcón. El sol de la mañana

bañaba la ciudad. Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo parecido a la

esperanza.

Pero

en el fondo sabía que la calma era temporal.

Y

que la tormenta apenas comenzaba.

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