Capítulo 9 El secreto
Habían pasado dos semanas desde aquella noche.
Dos
semanas en las que todo cambió sin que nadie más lo supiera. Adrián y Valeria
seguían viviendo como “esposos” ante el mundo: asistían a eventos juntos,
posaban para fotos, respondían preguntas de periodistas con sonrisas perfectas.
Pero en privado, las barreras habían caído. Dormían juntos cada noche, se
buscaban en la oscuridad, hablaban hasta altas horas sobre todo y nada. La
venganza contra los Castillo seguía en pie —Adrián bloqueaba negocios, filtraba
información estratégica—, pero ya no era lo único que importaba.
Valeria
empezó a sentirse extraña. Cansancio que no explicaba, náuseas por las mañanas,
sensibilidad en los senos. Al principio lo atribuyó al estrés. Pero cuando se
retrasó el periodo casi una semana, compró tres pruebas de embarazo en una
farmacia discreta, pagando en efectivo.
Ahora
estaba sentada en el borde de la bañera del baño principal, con las tres
cajitas abiertas frente a ella. Las tres mostraban el mismo resultado: dos
líneas rosadas. Positivo. Positivo. Positivo.
Valeria
tocó su vientre plano. Apenas podía creerlo. Un hijo. De Adrián. De ellos.
Las
lágrimas llegaron sin aviso. No eran de tristeza. Eran de sorpresa, de miedo,
de una alegría tan grande que asustaba.
La
puerta del baño se abrió sin llamar. Adrián entró, todavía con el pantalón de
pijama gris, el torso desnudo. Se detuvo en seco al verla allí sentada, con las
pruebas en la mano y los ojos brillantes.
—¿Qué
pasa? —preguntó, la voz inmediatamente alerta.
Valeria
levantó la mirada. Lágrimas rodaban por sus mejillas, pero sonreía.
—Estoy
embarazada.
El
silencio duró una eternidad.
Adrián
se acercó despacio, como si temiera romper algo. Se arrodilló frente a ella,
sus manos grandes cubriendo las de Valeria que sostenían las pruebas.
—¿Estás
segura? —preguntó en voz baja.
Ella
le mostró las tres. Adrián las miró fijamente. Luego levantó los ojos hacia
ella.
—¿Es…
mío?
Valeria
soltó una risa temblorosa, mitad incredulidad, mitad ternura.
—¿Crees
que he estado con alguien más estas semanas? ¿Después de todo?
Adrián
cerró los ojos un segundo, como si necesitara procesar. Cuando los abrió, había
algo crudo, vulnerable en su expresión. Algo que Valeria nunca había visto.
—No.
No lo creo.
La
abrazó fuerte, atrayéndola contra su pecho. Valeria se aferró a él, enterrando
el rostro en su cuello. Olía a jabón y a él. A hogar.
—¿Qué
vamos a hacer? —susurró ella contra su piel.
Adrián
se apartó lo justo para mirarla a los ojos.
—Cambiar
el contrato.
Valeria
parpadeó.
—¿Cómo?
—Este
hijo no es parte del trato original. —Hizo una pausa, su mano bajando hasta
posarse suavemente sobre el vientre de ella—. Pero ahora… ya no hay divorcio en
un año. No te voy a dejar ir, Valeria. Ni a ti… ni a él. O ella.
Ella
sintió que el corazón se le salía del pecho.
—¿Y
la venganza?
Adrián
sonrió. Una sonrisa real, sin frialdad, sin cálculo.
—La
venganza puede esperar. —Su pulgar acarició su mejilla—. Esto es más
importante. Tú eres más importante.
La
besó suavemente, con una ternura que contrastaba con la intensidad de noches
anteriores. Valeria respondió, sintiendo que algo dentro de ella se asentaba
por primera vez.
Pasaron
el resto del día en una burbuja. Hablaron de nombres absurdos, de cómo
reorganizar la casa, de médicos. Adrián llamó a su asistente personal para
buscar el mejor obstetra de la ciudad. Valeria se rio cuando él insistió en que
tendrían que mudarse a una habitación más grande “para cuando llegue el bebé”.
Pero
al caer la noche, la realidad volvió a colarse.
Valeria
estaba en la cama, apoyada en el pecho de Adrián, cuando sonó su teléfono. Un
mensaje de número desconocido.
Lo
abrió con manos temblorosas.
“Felicidades
por el embarazo. Lástima que no durará mucho.”
Adjunta
había una foto: Valeria saliendo de la farmacia esa misma tarde, con la bolsa
de las pruebas en la mano.
Valeria
se sentó de golpe.
—Adrián…
Él
ya estaba mirando la pantalla. Su expresión cambió en un segundo: de ternura a
hielo puro.
—Alguien
sabe —dijo con voz peligrosa—. Y está muy cerca.
Valeria
sintió un escalofrío.
—¿Camila?
—O
tu padre. O Daniel. O alguien que trabajan para ellos.
Adrián
tomó el teléfono y escribió rápidamente a su equipo de seguridad.
—Refuercen
todo. Nadie entra ni sale sin mi autorización. Y rastreen ese número. Ahora.
Valeria
lo miró.
—¿Y
si vienen por mí? ¿Por el bebé?
Adrián
la atrajo de nuevo contra él, su abrazo protector.
—No
lo permitiré. Nadie va a tocarlos. Nadie.
Pero
en el fondo de sus ojos, por primera vez, Valeria vio miedo.
No por él.
Por ellos.
