Capítulo 6 Mi compañero de cuarto, parte 2
Empezó a generar un miedo por hacerle daño a Oliver. Era un hombre que pasaba por mucho en ese momento. Se sentía como si estuviera cargando una caja de copas de vidrio e intentara bajar unas escaleras empinadas. Debía tratarlo con sumo cuidado.
Prefirió hacerle preguntas tipo:
—¿Cuáles son tus apellidos?
—Foster de Laverde —le respondía él.
—¿Foster como el senador Foster? —preguntaba ella.
—Sí, es mi padre.
Y ahí era donde Lía recordaba las copas de vidrio.
¿Por qué no le pides ayuda? Le quiso preguntar, sin embargo, le pareció algo estúpido, pues, por alguna razón Oliver prefería dormir en la calle antes que recurrir a su adinerado padre.
Oliver le ayudó a organizar su cuarto de estudio, le dijo que había un olor en aquel lugar, pero no especificó cuál. Así logró darse cuenta de que era un maniático de la limpieza.
No lo volvió a ver hasta a medio día, cuando le dijo que había preparado el almuerzo. Lía pasó el resto de la mañana trabajando en su cuarto de estudio, curiosamente se sintió colmada de ideas después de hablar con su nuevo compañero.
Olivier había vuelto a preparar sopa instantánea y Lía se preguntó si él se sentía incómodo con la limitada variedad de comida que ella tenía.
—Puedes comprar comida, si quieres —le sugirió—. Tienes la libertad para hacerlo.
Prefería decirle que no cocinara, que no era necesario, pero notaba que Oliver necesitaba sentirse útil. Por alguna razón que no entendía, seguramente porque no conocía su pasado, Oliver era de esos hombres que necesitaban tener todo bajo control. Y si le decía que no hiciera nada en el apartamento, se iba a volver loco.
Oliver aceptó y le preguntó que si quería que trajera algo del supermercado. Ella se limitó a pedir helado.
No le preocupaba que Oliver le robara dinero. Le daba la sensación de que era de esos hombres que tenían ideales. Además, si le robaba, simplemente lo echaba del departamento y ya.
Intercambiaron números. Oliver tenía un celular. Se sintió mal al recordarlo hablando por teléfono, cuando lloraba desconsoladamente.
Le entristecía que Oliver tuviera un celular. No por el hecho de que él tuviera uno, sino porque… ¿qué tan solo debía estar para no llamar a un amigo que pudiese ayudarlo? Y también por el hecho de que, cuando seguramente pidió ayuda, alguien al otro lado de la línea decidió ignorarlo.
Mientras estaba dibujando y Oliver le envió una foto de unos potes de helado, Lía empezó a llorar. Lloró por varios minutos, teniendo que dejar de dibujar para calmar la fuga de emociones.
Tenía fresco el recuerdo de Oliver bajo la lluvia con aquella mirada triste. Y también lo recordaba sentado en la banca, observando el cielo con preocupación.
Lía trataba de limpiarse las lágrimas con las manos, pero volvían a emerger con rapidez. Tomó el celular y le envió un mensaje: “Comamos helado de fresa”.
Comamos. No un tráeme o elijo, sino, comamos.
Aquella noche cenaron unos sándwiches con ración extra de queso mientras veían una película en la habitación de Lía y comieron helado, mucho helado.
Notó que Oliver se veía sumamente triste, aunque intentaba disimularlo. Su mirada seguía teniendo aquel semblante de la primera vez que lo vio bajo la lluvia. Deseaba hacer algo por él.
Dios, cómo le afectaba el sentirse impotente por no poder hacer más por Oliver.
Lía decidió dormir en la habitación. A mitad de la noche se despertó para ir al baño y logró escuchar unos sollozos provenientes de la sala.
