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Danza con el Diablo

Danza con el Diablo

Juliana Palacios · Completado · 148.1k Palabras

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Introducción

Alina Montenegro ha conocido la miseria y el dolor desde que nació. En un hogar donde solo recibe desprecio, golpes y hambre, su único refugio es el ballet. A sus 21 años, consigue ingresar a la prestigiosa Academia de Ballet Imperial, pero la felicidad dura poco cuando descubre que la matrícula es un lujo inalcanzable.
Desesperada, acepta la sugerencia de su mejor amiga de trabajar en un Night Club como bailarina exótica. Es allí donde su destino toma un giro oscuro: capta la atención de un hombre enigmático y peligroso, Viktor Koval, un asesino en serie que oculta su verdadera naturaleza tras una fachada de elegancia y poder.
Viktor se obsesiona con ella, ofreciéndole una salida de esa vida a cambio de su compañía. Pero Alina no está dispuesta a ceder. Su rechazo desata una espiral de peligro, sangre y deseo en la que deberá luchar por su libertad, sin saber si terminará escapando de él o cayendo en su red.

Capítulo 1

El aire de la habitación de Alina olía a humedad y desesperanza. La pequeña habitación de paredes mugrientas apenas podían ofrecerle refugio. Ella estaba acurrucada en un rincón, tratando de volverse invisible. La cama, más que un lugar de descanso, era un simple trozo de madera cubierta con sábanas que en algún momento vieron mejor tiempo. La luz del sol nunca alcanzaba a penetrar las rendijas de la ventana, que siempre estaba cerrada para evitar que el frío nocturno la invadiera. Aún así, el aire frío parecía siempre colarse a través de las grietas en las paredes.

—¡No sirves para nada! —gritó Adalberto, su padrastro, en un tono de voz grave y venenoso, que resonaba en las cuatro paredes que la atrapaban.

Antes de que Alina pudiera reaccionar, un bofetón cruzó su rostro. El impacto la hizo tambalear, y la sangre, cálida y espesa, resbaló por su labio partido, tiñendo de rojo su piel pálida. La sensación de dolor no era nueva; estaba acostumbrada a esos golpes, esos gritos, la humillación constante que la despojaba de su dignidad una y otra vez.

Su madre, sentada en un rincón de la pequeña sala de estar, de frente a la puerta de la habitación de Alina, no levantó ni un dedo. Sus ojos, vacíos, estaban fijos en algún punto del suelo, ni siquiera miraban en dirección adonde Adalberto amedrentaba a su hija. La indiferencia de la mujer era una daga más afilada que cualquier palabra cruel que pudiera salir de los labios de su marido. Era como si Alina no existiera, como si ella fuera solo una sombra que ocupaba un espacio innecesario. La indiferencia de la mujer hacia Alina era más cruel que cualquier golpe.

Alina se tragó el dolor y las lágrimas que amenazaban con caer. Sabía que no podía esperar ayuda. Su madre nunca la había defendido, nunca la había protegido de ese monstruo. La chica observó a su madre con una mezcla de rabia y tristeza.

—¿No vas a hacer nada? —le preguntó Alina a su madre en un susurro perfectamente audible, y con la voz quebrada. Pero la mujer seguía callada, en su mundo, un mundo donde incomprensiblemente no había lugar para Alina.

—No hagas ruido, niña. —La respuesta que llegó fue de su padrastro quien le gritó, mientras la miraba con desprecio—. Ella no va a hacer nada porque no eres nadie, no eres importante. ¿Para qué molestarse por un ser como tú? Tú sólo eres una carga, y eso es lo que vas a seguir siendo hasta el final. No tienes ningún futuro. No sirves ni siquiera para asegurar el pago diario que debes darme. Sabes bien que tu mamá y yo lo necesitamos. 

El golpe, doloroso y humillante, la había dejado sin fuerzas, pero Alina sabía que si no reaccionaba, la tortura continuaría. Ya sabía el resultado. No podía dejar que ese hombre la hundiera aún más en la miseria. Se levantó, con dificultad, y se limpió la sangre del rostro con la manga de su camisa.

—Te odio —le dijo Alina con una firmeza que ni ella misma sabía que tenía.

Su padrastro se acercó aún más a ella. La mirada de Alina se cruzó con la suya, llena de odio y miedo, pero también de desesperanza. Sabía que nada de lo que hiciera cambiaría la situación.

—¿Qué esperas, eh? —le preguntó él, con desprecio—. ¿Que me arrepienta? No sirves para nada, ¿lo oyes? Nada. Ni siquiera para estar aquí. Eres un estorbo.

Alina no dijo nada. No podía. Las palabras se le atoraban en la garganta. Había aprendido a callar, a no luchar. Si seguía respondiendo, las consecuencias serían peores. En su mundo, su única opción era sufrir en silencio.

El hombre soltó una risa malévola. Era áspera y cruel, como si realmente disfrutara verla sufrir; y era así, solo que ella no terminaba de entender por qué razón se ensañaba con ella, si ni lo miraba. 

—¿De verdad crees que me importa lo que tu sientas o pienses maldita niña? —Su risa se desvaneció, y su mirada se tornó fría, sin vida—. Quita esa mirada de puerco, aquí nadie te quiere, nadie. Eres solo un estorbo en un mundo que no tiene lugar para ti. Deberías hacer algo de provecho de ese cuerpo —Estiró la mano para tocarla, Alina lo esquivó. Era la segunda oportunidad en la que buscaba dar ese paso. Alina se ha cuidado de permitirle cambiar de intensidad sus agresiones—, ya que tu cabeza no sirvió para mucho —agregó y ese comentario hizo que el cuerpo de Alina se sacudiera de temor. 

Mentalmente se ordenó controlarse, era consciente que no podía demostrarle temor, debía seguir aparentando fortaleza, solo así él no se atrevería a sobrepasar más los límites que ha cruzado al golpearla sin compasión ni justificación alguna.

Como enviado por Dios, el celular del maldito sonó en un mensaje, lo sacó del deshilachado bolsillo de su jean que en otro momento tuvo mejor vida. Era un hombre asqueroso, además de miserable. Leyó algo en la pantalla, y, sin más, dio un paso atrás, se dio la vuelta hacia la puerta y se alejó, dejando a Alina temblando, con los ojos llenos de lágrimas. Le costaba contenerse y no quebrarse, porque el dolor más que físico era del alma, y para esa clase de dolor no había un apósito que aminorara el efecto de la herida que el maltrato había ocasionado. 

Esa experiencia era una más de tantas que le ha tocado vivir día a día en la casa que una vez fue su hogar. Desde que ese hombre llegó a sus vidas comenzó a darle muestras de lo que era vivir en el infierno sin haber pecado. No se considera una santa, pero lo que estaba viviendo no se correspondía con la bondad que la caracterizaba, aun en medio de tanta carencia siempre se ha dirigido como cree que lo demandan las leyes naturales de una persona espiritual. Alina pese a llevar una vida miserable vive bajo la ilusión, la esperanza de que tarde o temprano la vida le recompensará por tanto sufrimiento. Lo que acababa de vivir era poco para lo que el desgraciado de su padrastro le ha hecho. Ese día corrió con suerte, segura estaba de que él tenía otro asunto más importante que lo distrajo de su deseo de desbocar en ella su frustración y la ignorancia, donde dejaba ver el ser tan despreciable del que su madre se enamoró.

En su tormentosa vida, la noche siempre era la peor parte del día. Cuando la oscuridad caía sobre la casa, los ruidos parecían más intensos, más insoportables. El sonido de los pasos de su padrastro, pesados y resonantes, anunciaba lo que vendría: el acecho y el afán de quitarle lo poco de valor que tenía. Él no tenía piedad. No solo la golpeaba, sino que disfrutaba de ello.

Normalmente Alina se acurrucaba en su cama, tapándose con las sábanas desgastadas, intentando escapar mentalmente de su realidad. Pero las paredes, las sábanas, su madre ausente… todo le recordaba su miseria. Dentro de esa casa nadie la veía, nadie la escuchaba. Era solo una sombra, un espectro en su propia vida.

Su único medio de escape y donde encontraba felicidad era en su mente, allí, Alina soñaba. Soñaba con un futuro diferente. Se imaginaba a sí misma sobre un escenario, danzando, girando en un ballet mediterráneo, flotando en un mar de música y libertad. Su cuerpo, tan atormentado, se imaginaba ligero, elegante, como las bailarinas que veía en las revistas que encontraba en los mercados de la ciudad. Ella siempre había soñado con ser una de esas artistas, pero sabía que era un sueño lejano, casi inalcanzable.

Su amiga, Laura, siempre la alentaba, le decía que no dejara de intentarlo, que algún día lo lograría, que no importaba lo que su vida fuera ahora. Laura había sido su único consuelo en los peores momentos, el único ser humano que la miraba como si realmente valiera algo. Sin embargo, Alina no podía evitar reprocharse cuán lejos estaba ese sueño de la cruel realidad que vivía.

«Tienes que seguir luchando, Alina», le había dicho Laura días atrás, mientras se sentaban en el parque de su barrio, donde el aire aún olía a tierra mojada. «Yo sé que puedes hacerlo. Tienes algo que nadie más tiene. Tienes una fuerza dentro de ti que ni siquiera sabes que tienes».

Alina había sonreído tristemente, pero algo en su pecho se había encogido. No entendía cómo podía hablar de "fuerza" cuando todo lo que sentía era dolor, cansancio y una constante sensación de que nunca lograría escapar de esa vida de sufrimiento.

Una de esas tantas noches de vivir en el infierno, o cerca de él, cuando las sombras se alargaban y el sonido de los pasos de su padrastro se acercaba a su puerta, Alina cerró los ojos y se sumió en sus pensamientos. Mientras él estaba al otro lado de la puerta, ella imaginaba sus pies danzando en el escenario, imaginaba la música envolviéndola, el público aplaudiendo. Se imaginaba, por un instante, libre. Pero pronto el sonido de la cerradura girando la devolvió a la realidad. El miedo la invadió de nuevo.

—Alina... —susurró una voz tenue desde el pasillo. Era la voz de su madre, pero no era más que un susurro vacío, un eco distante.

Muchas veces Adalberto usó a su madre de señuelo para atraerla y comenzar a disfrutar de su aberrante deseo de verla padecer bajo la fuerza de su puño. Alina en esa ocasión tomó la decisión de ignorar el llamado de su madre. 

La puerta se abrió lentamente. La figura de su padrastro se recortó en la penumbra, su sombra era aterradora, alargada y grotesca. Se acercó, y Alina intentó contener la respiración para no hacer ruido. Sabía lo que vendría. La única forma de no salir peor que las veces anteriores era mantenerse quieta, inmóvil, como si no estuviera allí, como si su presencia no fuera relevante.

—Haz lo que te digo —dijo él, con un tono de voz frío y calculador—. Solo así te dejaré en paz.

Pero Alina no tenía paz. No en esa casa. No en su vida.

—A ver —El hombre intentaba llamar su atención dejando escuchar un tono de voz nervioso—. ¿Cuánto trajiste hoy? 

Día a día era lo único que le importaba de Alina, bueno, además de maltratarla, buscaba de las mil maneras de sacarle el poco dinero que ella podía hacer limpiando un local de comida rápida, su único empleo. No era mucho lo que le pagaban, pero sí lo suficiente como para comer a diario, y comprar algún artículo personal. El abuso y la desconsideración, eran una constante en la vida de ella. En esa etapa de su triste vida ni siquiera artículos personales podía comprar porque simplemente él se los arrebataba y los desaparecía. No tenía una vida real, y eso comenzaba a mermar su existencia.  

Se levantó de la cama lentamente, con el corazón latiendo a mil por hora. Cada movimiento que hacía para incorporarse era doloroso, como un golpe directo a su voluntad. Sabía que nada podía hacer para cambiar lo que estaba por venir.

El miedo, el dolor, la desesperanza… todo eso se acumulaba dentro de ella. Sin embargo, en lo más profundo, había algo más, algo que, a pesar de todo, se negaba a extinguirse: el sueño de escapar, de ser algo más que una víctima. Pero ¿quién podía culparla por dudar de que algún día pudiera hacerlo?

Allí, de pie, frente a su peor torturador, Alina sintió cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. El ardor era insoportable, pero se obligó a mantener la calma, a retener el llanto. No podía dejar que la viera débil. No frente a él, no en este momento. No podía perder el control, no podía darse el lujo de mostrarle lo que su presencia la hacía sentir. Era su última oportunidad para hacer algo, aunque solo fuera lo que él esperaba de ella.

La rabia se revolvía en su estómago, pero la sensación de impotencia aún era más fuerte. Todo lo que había soportado la había llevado hasta ese momento, hasta ese instante. La decisión que había temido tomar durante tanto tiempo se filtró a través de sus pensamientos, de manera repentina y definitiva. Era escapar. Dejar todo atrás. Abandonar el lugar que había sido su centro de tortura durante años. No importaba lo incierto que fuera el futuro, ya no podía seguir más. Ya no podía seguir allí.

No sabía adónde iría. No tenía un plan, no tenía a dónde huir. Pero en ese momento, la libertad, aunque fuese momentánea, era más importante que cualquier cosa que pudiera perder. Cualquier sacrificio valía la pena. 

Se dijo a sí misma que si le entregaba el dinero, si con eso podría ganar tiempo y pasar lisa de recibir sus malos tratos, lo haría. Así no tuviera con qué comprar para el desayuno a la mañana siguiente, prefería privarse de una dosis de comida y hasta de un techo con tal de no seguir soportando su presencia. Prefería el frío de la oscuridad de la calle a la humillación constante de ese hombre.

Con manos temblorosas, pero firmes en su decisión, le entregó el dinero que le pedía. Los billetes crujieron entre sus dedos, como una condena sellada. Si eso era lo que él necesitaba para callarse por una noche, entonces lo pagaría. No le quedaba nada más que su cuerpo y su dignidad.

Él aceptó el dinero sin prisa, como si lo esperara, y comenzó a contarlo lentamente, disfrutando del poder que le otorgaba ese pequeño gesto. Una calma irritante emanaba de él mientras sus dedos recorrían los billetes con un placer palpable, como si cada centavo que tomaba de ella fuera una victoria personal.

—Así me gusta —dijo con una sonrisa venenosa. Su voz estaba cargada de una satisfacción espantosa. La sonrisa, torcida y cruel, se ensanchó aún más cuando se dio cuenta de que Alina no respondía, que permanecía en su silencio, en su sumisión.

El vacío en sus ojos, el aplastante dolor de la resignación que la invadía, le dio al padrastro la certeza de que él había ganado, como siempre. Ella, simplemente, aceptaba su destino. La sonrisa de él se convirtió en una marca indeleble en la memoria de Alina, recordándole que, aunque esa noche había conseguido un pequeño respiro, su lucha apenas iba a comenzar. 

Decidió huir esa misma noche cuando los focos de las luces de esa casa estuvieran fríos por el paso de las horas, y su madre y su padrastro estuvieran entregados al sueño como si no le debieran nada a la vida, cuando en realidad eran los responsables de su sufrimiento.

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