Capítulo 3 Capítulo 3
CAPÍTULO 3
Nuestro secreto
CARLA
Dolor.
Eso fue lo primero que sentí al despertar.
Un dolor de cabeza tan horrible que durante unos segundos ni siquiera quise abrir los ojos.
—Nunca más… —murmuré.
Nunca más iba a beber de esa manera.
Tenía la boca seca, el estómago revuelto y la desagradable sensación de que alguien había decidido utilizar mi cabeza como tambor durante toda la noche.
Intenté recordar qué había pasado.
La fiesta.
Madison.
Mercedes.
Música.
Muchas personas.
Allan preguntándome si había perdido algo.
Después…
Nada.
Fruncí el ceño.
Había partes de la noche completamente borradas.
Intenté recordar cómo había regresado a mi casa.
No pude.
Eso consiguió que abriera los ojos.
Tardé apenas dos segundos en comprender que algo estaba mal.
Ese techo no era el mío.
Esas paredes tampoco.
Y definitivamente aquella no era mi cama.
Me incorporé de golpe.
—¿Dónde estoy?
Miré alrededor.
Había ropa tirada por el suelo, vasos sobre un escritorio y una chaqueta colgando de una silla.
Entonces reconocí una fotografía.
Sentí que el corazón se me detenía.
No.
No.
No podía ser.
Giré lentamente la cabeza.
Allan Arriagada dormía al otro lado de la habitación.
—¡No!
Me tapé inmediatamente la boca.
Allan se movió.
Me quedé completamente inmóvil.
Por suerte, no despertó.
¿Qué hacía yo en su habitación?
Intenté reconstruir la noche otra vez.
Recordaba haber hablado con él.
Recordaba que apenas podía caminar correctamente.
Creo que Allan me había ayudado a sentarme.
Después…
Oscuridad.
No recordaba absolutamente nada.
Bajé de la cama con cuidado y comencé a buscar mis cosas.
Mi bolso estaba cerca de la puerta.
Uno de mis zapatos apareció debajo de una silla.
El otro estaba junto al escritorio.
Perfecto.
Parecía que un huracán había atravesado la habitación.
Encontré mi teléfono.
Apagado.
Genial.
Seguramente tenía aproximadamente mil mensajes.
Lo único que quería era vestirme, salir de allí y fingir que aquella mañana jamás había existido.
—¿Intentas escapar?
Me congelé.
Cerré los ojos.
Por supuesto.
Porque mi suerte no podía ser tan buena.
Me giré lentamente.
Allan estaba despierto.
—Buenos días, vecina.
—No me digas vecina.
—Buenos días, Carla.
—Tampoco.
Sonrió.
—Alguien despertó de buen humor.
—Me duele la cabeza, no sé cómo terminé aquí y prácticamente no recuerdo nada de anoche. ¿Cómo esperas que esté?
Su sonrisa desapareció un poco.
—Tranquila.
—No me digas que me tranquilice.
—Está bien.
—¿Qué pasó anoche?
Allan permaneció callado.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Allan.
—¿Qué recuerdas?
—No mucho.
—¿Hasta qué momento?
Intenté pensar.
—Estaba abajo. Habíamos hablado. Tú dijiste algo de mi teléfono y…
Nada.
—Después no sé.
Allan se pasó una mano por el cabello.
—Estabas muy mareada.
—Eso ya lo sé.
—Casi te caíste un par de veces.
—También recuerdo algo de eso.
—Y al final la mayoría se fue.
—¿Entonces por qué estoy aquí?
—Porque estabas demasiado confundida para irte sola.
Parpadeé.
—Mi casa está literalmente al lado.
—Sí, pero cuando intenté preguntarte dónde estaban tus amigas comenzaste a discutir conmigo.
Eso sonaba bastante posible.
—¿Y me trajiste a tu habitación?
—No quería dejarte abajo con gente que todavía estaba en la casa.
Me quedé observándolo.
—¿Eso es todo?
Allan sostuvo mi mirada.
—Eso es todo lo que necesitas saber ahora.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa ahora?
—Que los dos habíamos bebido y hay partes de la noche que tampoco recuerdo perfectamente.
Eso no consiguió tranquilizarme.
Al contrario.
—Fantástico.
Me dejé caer sobre una silla y escondí el rostro entre las manos.
—Mi papá va a matarme.
—¿Por dormir en la casa de al lado?
Lo miré.
—Por desaparecer toda la noche.
—Buen punto.
—Ryan también va a preguntarme dónde estaba.
Allan soltó una pequeña risa.
—Puedes decirle que estabas con tus amigas.
—No quiero mentirle.
—Entonces dile la verdad.
—¡¿Estás loco?!
—¿Qué tiene de malo?
—¿Qué crees que va a pensar si le digo que desperté en la habitación de su mejor amigo y no recuerdo cómo llegué?
Allan se quedó callado.
—Exactamente.
Me levanté.
—Necesito irme.
—Carla.
—¿Qué?
—No voy a contarle a nadie.
Me detuve.
—¿Qué?
—Lo de anoche. Que dormiste aquí. Lo que sea que te preocupe. No voy a decir nada.
Lo observé con desconfianza.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque no tengo ningún motivo para contarlo.
—Eres Allan Arriagada.
—Gracias por recordarme mi nombre.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—No, no lo sé.
—Tienes amigos. Hablas demasiado. Y estoy segura de que convertirías esto en la historia más divertida del año.
Allan dejó de sonreír.
—No soy tan imbécil, Carla.
Aquello me sorprendió.
—Nunca dije…
—Lo estabas pensando.
Silencio.
Quizás tenía razón.
—Solamente prométemelo.
Allan suspiró.
—Te lo prometo.
—A nadie.
—A nadie.
—Ni siquiera Ryan.
Por primera vez dudó.
—Allan.
—Está bien. Ni siquiera Ryan.
Respiré más tranquila.
—Gracias.
Caminé hacia la puerta.
—Carla.
Giré.
—¿Qué?
Sonrió ligeramente.
—Te ves terrible.
Lo fulminé con la mirada.
—Y tú sigues siendo un idiota.
—Ahora sí estás volviendo a la normalidad.
Le lancé uno de los cojines que encontré cerca.
Allan lo esquivó riéndose.
—¡Nos vemos, vecina!
—¡Cállate!
Salí de su habitación.
La casa parecía haber sobrevivido a una guerra.
Había vasos por todas partes.
Algunos adornos estaban fuera de lugar.
Una silla estaba prácticamente en medio del pasillo.
¿Cómo podía alguien organizar fiestas así y después limpiar todo?
Bueno.
Probablemente Allan no limpiaba nada.
Llegué hasta la entrada y abrí la puerta lentamente.
El aire de la mañana golpeó mi rostro.
Mi casa estaba literalmente a unos metros.
Solo tenía que cruzar.
Nada podía salir mal.
Entonces vi a papá.
—¡No!
Retrocedí inmediatamente y me escondí detrás de unos árboles.
Papá estaba en la entrada de nuestra casa hablando con Brenda.
Perfecto.
Si me veía llegando con la misma ropa de ayer, despeinada y cargando los zapatos en la mano, podía comenzar a preparar mi funeral.
—Creo que deberíamos tomarnos unas vacaciones —escuché decir a Brenda.
¿Vacaciones?
Me acerqué un poco más.
—No estoy seguro —respondió papá—. No me gusta la idea de dejar a los chicos solos tantos días.
Abrí los ojos.
¿Dejarnos solos?
Eso sí sonaba interesante.
—Ya tienen diecisiete años —respondió Brenda—. Ryan es responsable.
Casi me reí.
Claro.
Ryan.
El mismo que probablemente todavía estaba recuperándose de la fiesta de anoche.
—Britney también —continuó.
Ahora sí tuve que taparme la boca.
Papá pareció dudar.
—¿Y Carla?
Gracias, papá.
—También puede cuidarse.
Eso me sorprendió.
No esperaba que Brenda me defendiera.
—Lo pensaré —respondió papá.
Después se despidieron.
Esperé hasta que el auto de papá desapareció.
Brenda entró.
Conté hasta veinte.
Después corrí.
Abrí la puerta con todo el cuidado posible.
Silencio.
Perfecto.
Caminé directamente hacia la cocina.
Necesitaba agua.
Mucha.
Abrí el refrigerador y saqué una botella.
—Buenos días.
Casi grité.
Me giré.
Ryan estaba sentado detrás de mí.
—¡Idiota! Me asustaste.
—Eso fue sospechoso.
—¿Qué cosa?
—Tu reacción.
—Me duele la cabeza.
—A mí también.
Se dejó caer sobre la mesa.
Parecía incluso peor que yo.
—¿Acabas de llegar? —preguntó.
Sentí que el estómago se me apretaba.
—Tal vez.
Ryan levantó la cabeza.
—¿Tal vez?
—Sí.
—Carla…
—Tú también acabas de llegar.
Eso consiguió callarlo.
—Buen punto.
Le pasé una botella de agua.
—Gracias.
Nos quedamos en silencio.
Entonces sonrió.
—¿La pasaste bien?
Recordé la habitación de Allan.
Mi falta de recuerdos.
Nuestro acuerdo.
—Prefiero no responder.
Ryan comenzó a reír.
—Entonces sí.
—¿Y tú?
—Bastante bien.
—¿Dónde dormiste?
—Con Jennifer.
Mis ojos se abrieron.
—¡¿Jennifer fue?!
—Sí.
—¡Pero no la vi!
—Cuando llegó tú ya estabas bastante mareada.
Me cubrí el rostro.
—Qué vergüenza.
—No hiciste nada tan terrible.
Lo miré inmediatamente.
—¿Cómo sabes?
Ryan frunció el ceño.
—Porque te vi un par de veces.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuándo?
—No sé. Al final de la fiesta.
—¿Con quién estaba?
Ryan tomó agua.
—Con gente.
—¿Qué gente?
—Carla, no hice una lista.
Respiré.
Estaba siendo demasiado evidente.
—Olvídalo.
—Estás rara.
—Tengo sueño.
—Eso también.
Ryan sacó su teléfono.
—Voy a llamar a Allan.
Casi se me cayó la botella.
—¿Para qué?
Ryan me miró extrañado.
—¿Y a ti qué te importa?
—No me importa.
—Entonces ¿por qué preguntaste?
—Curiosidad.
—Quiero preguntarle algo de anoche.
Sentí que mi corazón comenzaba a golpearme el pecho.
—¿Qué cosa?
—Nada.
—Ryan.
—Carla.
Lo fulminé con la mirada.
Él sonrió y buscó el contacto.
—Voy arriba.
—Está bien.
Caminé hacia la puerta.
Pero no subí.
Me quedé detrás de la pared.
Sí.
Estaba espiando.
No me importaba.
Necesitaba saber si Allan cumpliría su promesa.
—Hola, bro —escuché decir a Ryan—. ¿Cómo estás?
No escuché la respuesta.
Me acerqué un poco más.
—¿Qué haces?
Di un salto.
Brenda estaba detrás de mí.
—¡Nada!
Me observó de arriba abajo.
Entonces su expresión cambió.
—Carla.
Maldición.
—¿Qué?
—¿Por qué tienes la misma ropa de anoche?
—Porque me gusta mucho.
—¿Y por qué estás despeinada?
—Porque no me he peinado.
—¿Dónde dormiste?
Silencio.
—Con unas amigas.
—¿Qué amigas?
—Brenda…
—Tu padre estuvo preocupado porque no llegaste.
Eso consiguió que me sintiera culpable.
—Estoy bien.
—Ese no es el punto.
—Ya tengo diecisiete años.
—Precisamente. Deberías comenzar a comportarte con más responsabilidad.
Respiré profundamente.
—No quiero discutir.
Intenté pasar.
Brenda se interpuso.
—Carla.
—¿Qué?
—No quiero tener que contarle a tu padre que desapareciste toda la noche sin avisar.
—Entonces no se lo cuentes.
—No funciona así.
—Tú tampoco eres mi madre.
Apenas las palabras salieron de mi boca supe que me había equivocado.
Brenda se quedó completamente quieta.
Por un segundo incluso pareció dolida.
Pero ya era demasiado tarde.
—Nunca he intentado reemplazarla —respondió.
Eso me dejó sin respuesta.
—Solamente intento que entiendas que alguien se preocupa por ti.
Bajé la mirada.
—Voy a dormir.
Esta vez no intentó detenerme.
Subí las escaleras y cerré la puerta de mi habitación.
Me apoyé contra ella.
Todo era un desastre.
Y todavía faltaba saber qué estaba hablando Ryan con Allan.
ALLAN
Mi teléfono comenzó a sonar.
Lo ignoré.
Continuó.
Tomé una almohada y me cubrí la cabeza.
Volvió a sonar.
—¿Quién demonios…?
Busqué el teléfono.
Ryan.
Perfecto.
Contesté.
—¿Qué?
—Hola, bro. ¿Cómo estás?
—Durmiendo hasta que decidiste arruinar mi mañana.
Ryan se rio.
—Sabía que te molestaría.
—¿Para eso llamaste?
—No.
Me incorporé.
—Entonces habla.
—Quería saber cómo terminó tu noche.
Miré hacia la puerta por donde Carla había salido hacía menos de media hora.
—Normal.
—¿Normal?
—Sí.
—Mentiroso.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres saber?
Ryan permaneció callado unos segundos.
—La chica.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué chica?
—No te hagas.
—No sé de qué hablas.
—La que vi contigo anoche.
Silencio.
—Había muchas chicas, Ryan.
—No. Esta era diferente.
Tragué saliva.
—¿Por qué?
—Porque te vi llevándola hacia arriba cuando la fiesta estaba terminando.
Miré hacia la ventana.
Desde allí podía ver perfectamente la casa de Carla.
—Estás imaginando cosas.
—Arriagada, te conozco.
—¿Y?
Ryan soltó una pequeña risa.
—Solamente dime quién era.
Recordé la voz de Carla.
A nadie.
Ni siquiera Ryan.
Había prometido.
Y por extraño que pareciera, no tenía intención de romper aquella promesa.
—No era nadie.
—¿Nadie?
—Exactamente.
—Entonces dime el nombre de Nadie.
—Vete al demonio.
Ryan se rio.
—Vamos, Allan.
—No.
—¿La conozco?
—Ryan.
—Eso es un sí.
—No dije eso.
—¿Es de nuestra escuela?
—No voy a responder.
—Definitivamente es de nuestra escuela.
Apreté la mandíbula.
Este idiota era demasiado bueno sacando conclusiones.
—¿Es amiga mía?
—Se acabó el interrogatorio.
—Espera.
Estuve a punto de colgar.
Entonces Ryan dijo algo que consiguió dejarme completamente inmóvil.
—Creo que sé quién era.
No respondí.
—Allan.
Silencio.
—Dime una cosa.
Miré nuevamente hacia la casa de al lado.
—¿Qué?
Ryan tardó unos segundos en formular la pregunta.
—La chica que vi contigo anoche…
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Era Carla?
Continuará…
