Capítulo 4 Capítulo 4
CAPÍTULO 4
Una propuesta absurda
ALLAN
—Ya sabes —continuó Ryan al otro lado del teléfono—. La chica que vi contigo cuando la fiesta estaba terminando.
Me quedé en silencio.
Mierda.
¿Cuánto había visto exactamente?
—Ah… ella.
—Sí, ella —respondió divertido—. ¿Cómo terminó la noche?
Miré hacia la ventana.
Desde mi habitación podía ver parte de la casa de Carla.
—Bien.
—¿Bien?
—Muy bien.
Ryan se rio.
—Entonces dime quién era.
—Nadie.
—¿Nadie?
—Una chica de la fiesta.
—¿Y por qué no quieres decirme quién?
—¿Por qué tendría que hacerlo?
Hubo unos segundos de silencio.
—Porque siempre me cuentas esas cosas.
—Pues esta vez no.
—Qué misterioso estás, Arriagada.
—¿Terminaste con el interrogatorio?
—Por ahora.
Rodé los ojos.
—Perfecto.
—Nos vemos después, bro.
—Nos vemos.
Colgué.
Dejé el teléfono sobre la cama y respiré profundamente.
Había estado cerca.
Demasiado.
Y aunque Ryan era mi mejor amigo, no pensaba contarle que aquella chica era Carla.
Se lo había prometido.
Lo extraño era que no podía dejar de pensar en ella.
En nuestra discusión de esa mañana.
En lo nerviosa que estaba.
En la forma en que prácticamente me había obligado a jurar que nadie descubriría que había dormido en mi habitación.
Carla Díaz.
De todas las chicas que podrían haber terminado conmigo aquella noche, tenía que ser ella.
Mi vecina.
Mi enemiga desde la infancia.
La chica que llevaba años asegurando que me odiaba.
Sonreí.
Quizás por eso resultaba tan divertido.
Pero había otra cosa.
Quería volver a acercarme a ella.
No sabía exactamente por qué.
Tal vez porque verla perder la paciencia conmigo era demasiado entretenido.
Tal vez porque desde aquella mañana la veía de una forma diferente.
O quizás simplemente porque Carla representaba algo que nunca había tenido:
Un desafío.
La mayoría de las chicas de la escuela intentaban agradarme.
Carla hacía exactamente lo contrario.
Me insultaba.
Me ignoraba.
Me cerraba la puerta prácticamente en la cara.
Y aun así…
No podía dejar de pensar en ella.
Tomé nuevamente mi teléfono.
No.
Definitivamente esto no había terminado.
LUNES
CARLA
El despertador sonó a las seis y media de la mañana.
Y casi murió contra la pared.
—Te odio.
Lo apagué.
Permanecí unos segundos mirando el techo.
Habían pasado dos días desde la fiesta.
Dos días intentando convencerme de que podía volver a la normalidad.
No estaba funcionando.
Cada vez que miraba hacia la casa de al lado recordaba que había despertado allí.
Cada vez que veía a Ryan recordaba la llamada.
Y cada vez que mi teléfono vibraba tenía miedo de encontrar algún mensaje diciendo que toda la escuela sabía lo ocurrido.
Fantástico.
Me levanté, tomé una ducha y elegí algo sencillo para ir a clases.
Cuando bajé, encontré a Ryan sentado en la cocina con una bebida energética en la mano.
Parecía un cadáver.
—Buenos días.
Ryan bostezó.
—Hola.
Lo miré.
—¿No es demasiado temprano para eso?
Levantó la lata.
—Es una emergencia.
—Tienes una cara horrible.
—Gracias.
Me serví cereal.
—¿No dormiste?
—Casi nada.
—¿Por qué?
Ryan me miró.
Por alguna razón tardó demasiado en responder.
—Por nada.
Fruncí el ceño.
—¿Por nada no dormiste?
—Exactamente.
—Estás extraño.
—Tú también.
Mi cuchara se detuvo.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—No sé.
Ryan tomó otro sorbo.
Después preguntó:
—¿Estás saliendo con alguien?
Casi me atraganté.
—¿Qué?
—Pregunté si estás saliendo con alguien.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
¿Allan había hablado?
No.
Me lo había prometido.
—No.
—¿Segura?
—¿Por qué no estaría segura?
Ryan sonrió.
—Curiosidad.
—Pues deja de tener curiosidad.
—Qué agresiva.
—Son las siete de la mañana.
—Buen punto.
Lo observé con desconfianza.
—¿Nos vamos? —preguntó.
—Sí. Déjame buscar mi bolso.
Subí rápidamente.
Mientras recogía mis cosas, solamente podía pensar en una pregunta.
¿Qué sabía Ryan?
Apenas entré a la escuela sentí las miradas.
Una.
Dos.
Tres.
Demasiadas.
Intenté ignorarlas.
Seguí caminando.
No pasa nada.
No pasa nada.
No pasa nada.
Mentira.
Algo pasaba.
Dos chicas cuchichearon cuando pasé junto a ellas.
Un chico me miró y comenzó a reírse con su amigo.
Sentí que el estómago se me hundía.
Allan.
Me había mentido.
Había contado todo.
Apreté el paso hasta llegar a mi casillero.
Abrí la puerta y fingí buscar un libro mientras intentaba tranquilizarme.
—Carla.
Casi salté.
Cerré el casillero.
Jennifer estaba frente a mí.
—¿Por qué me miras así?
Jennifer cruzó los brazos.
—Toda la escuela lo sabe.
Sentí que se me iba el aire.
—¿Qué cosa?
—No te hagas.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
Voy a matar a Allan.
—Jennifer…
—¿Cómo pudiste?
—Yo no quería que pasara.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Fue una estupidez. Yo ni siquiera recuerdo bien…
—Carla.
—Y le dije que no le contara a nadie.
Jennifer abrió los ojos.
—Espera.
Me callé.
—¿De qué estás hablando?
Parpadeé.
—¿De qué estás hablando tú?
—De que prácticamente te convertiste en el espectáculo de la fiesta porque estabas demasiado mareada.
Silencio.
Sentí que podía volver a respirar.
—Ah.
Jennifer entrecerró los ojos.
—¿Ah?
—Sí.
—Carla.
—¿Qué?
—¿Qué creíste que sabía?
—Nada.
—Acabas de decir que alguien prometió no contar algo.
—No dije eso.
—Sí lo dijiste.
—Estás confundida.
—Te conozco desde que éramos niñas.
—Entonces sabes que soy una persona muy confusa.
Intenté caminar.
Jennifer me tomó del brazo.
—No escaparás.
—Tengo matemáticas.
—Después me cuentas.
—No.
—Entonces yo tampoco te cuento lo de Ryan.
Me detuve.
Golpe bajo.
—Eso es chantaje.
—Exactamente.
—Eres horrible.
—A las cuatro, después de clases.
—Jennifer…
—Te explicaré todo.
Suspiré.
—Está bien.
Sonrió.
—Perfecto.
—Pero tú primero.
—Trato hecho.
Nos separamos.
Y entonces recordé algo muchísimo peor.
Matemáticas.
Con Allan.
Entré al salón evitando mirar hacia su puesto.
Madison estaba sentada al fondo.
Prácticamente dormida.
Me senté junto a ella.
—Buenos días.
—No existen los buenos días.
—¿Qué te pasó?
—Sueño.
—Eso puedo verlo.
La profesora comenzó la clase.
Saqué mi cuaderno.
Todo iba perfectamente.
Hasta que mi teléfono vibró.
Lo ignoré.
Volvió a vibrar.
Miré discretamente.
Número desconocido.
Hola, vecina.
Fruncí el ceño.
¿Quién eres?
La respuesta llegó inmediatamente.
Allan.
Levanté la mirada.
Estaba sentado unas filas más adelante.
Y sonriendo.
Idiota.
¿Cómo conseguiste mi número?
Tengo contactos.
Qué miedo.
Deberías agradecerme.
¿Por qué?
Porque cumplí mi promesa.
Miré hacia él.
Allan giró ligeramente y nuestras miradas se encontraron.
¿No le dijiste a Ryan?
No.
¿A nadie?
A nadie.
Respiré más tranquila.
Gracias.
Tres puntos aparecieron.
Pero quiero proponerte algo.
Mala señal.
No.
Ni siquiera sabes qué es.
Viene de ti. La respuesta es no.
Qué cruel.
Sonreí sin querer.
Borré inmediatamente la sonrisa.
¿Qué demonios hacía?
Hablo en serio.
Yo también.
¿Qué quieres?
Tardó unos segundos.
Una tregua.
Parpadeé.
¿Qué?
Tú y yo.
¿Una tregua para qué?
Para dejar de fingir que no podemos soportarnos ni cinco minutos.
Levanté la mirada.
Allan seguía observándome.
No estoy fingiendo.
Mentira.
Te odio.
También mentira.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
¿Qué quieres realmente, Arriagada?
La respuesta tardó más esta vez.
Quiero conocerte de otra forma.
Mi corazón dio un extraño salto.
No.
No.
No iba a permitirlo.
Estás jugando conmigo.
No.
Acabas de terminar con Caitlin.
Precisamente.
Busca otra chica.
No quiero otra.
Me quedé mirando aquellas palabras.
Algo dentro de mí se removió.
Era absurdo.
Allan había pasado prácticamente toda nuestra vida molestándome.
No podía aparecer de repente diciendo cosas así y esperar que yo…
Deja de mirarme.
Lo vi sonreír.
No puedo.
Sí puedes.
No quiero.
Rodé los ojos.
Eres insoportable.
Y aun así sigues respondiendo.
Bloqueé el teléfono.
Ganó.
Maldición.
—Señorita Johns.
Madison seguía dormida.
—¡Señorita Johns!
Madison despertó de golpe.
—¿Qué?
Toda la clase comenzó a reír.
La profesora cruzó los brazos.
—Me alegra que haya decidido acompañarnos.
—Perdón.
—Hoy se queda después de clases.
Madison dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—Perfecto.
Me tapé la boca para no reír.
Cuando levanté la mirada, Allan seguía observándome.
Y esta vez no sonreí.
Porque comenzaba a preocuparme algo.
Quizás él tenía razón.
Quizás ya no lo odiaba tanto como antes.
Las horas pasaron lentamente.
Demasiado lentamente.
Allan continuó enviándome mensajes.
Yo dejé de responder.
O al menos intenté hacerlo.
Cada vez que vibraba mi teléfono tenía que luchar contra la curiosidad.
Al terminar las clases, Jennifer me escribió diciendo que había surgido algo y que tendría que explicarme lo de Ryan otro día.
Por supuesto.
Otra vez.
Guardé mis libros en el casillero y salí.
No tenía ganas de regresar directamente a casa.
Necesitaba pensar.
Así que tomé un camino diferente.
Mucho más largo.
El cielo estaba gris.
Perfecto para mi humor.
Caminé durante varios minutos hasta llegar cerca de un parque.
Entonces cayó una gota sobre mi frente.
Después otra.
—Genial.
En menos de dos minutos comenzó a llover con fuerza.
Corrí hasta un árbol buscando algo de protección.
Mi cabello estaba comenzando a mojarse.
—Perfecto, Carla. Excelente decisión.
Saqué el teléfono.
Poca batería.
Ryan no respondía.
Papá estaba trabajando.
Podía caminar bajo la lluvia.
No iba a morir.
Probablemente.
Entonces escuché un auto detenerse.
No le presté atención.
Hasta que tocó la bocina.
Giré.
La ventana bajó.
Allan.
Por supuesto.
Porque aparentemente el universo había decidido que no podía pasar un solo día sin verlo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Podría preguntarte exactamente lo mismo.
—Estoy caminando.
Miró la lluvia.
—Excelente clima para hacerlo.
—Cállate.
Allan se inclinó y abrió la puerta del copiloto.
—Sube.
—No.
—Carla.
—Puedo caminar.
Un trueno sonó a lo lejos.
Allan arqueó una ceja.
—Claro.
—Mi casa no está tan lejos.
—Estás a cuarenta minutos caminando.
—¿Me estás siguiendo?
—No eres tan importante.
—Idiota.
—Terca.
La lluvia aumentó.
Suspiré.
—Solamente me llevas a casa.
—Solamente te llevo a casa.
Lo miré con desconfianza.
—Y nada de propuestas absurdas.
Allan sonrió.
—No prometo eso.
—Entonces no subo.
—Está bien. No diré nada.
—¿Lo prometes?
—Sí.
Abrí la puerta.
Me senté y cerré.
El interior estaba cálido.
—Gracias.
—De nada, vecina.
—No me digas así.
Allan comenzó a conducir.
Pasaron treinta segundos.
Después un minuto.
Demasiado silencio.
Lo miré.
Él miraba la carretera.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás sonriendo.
—No estoy sonriendo.
—Sí estás sonriendo.
—Quizás estoy feliz.
—¿Por qué?
Giró ligeramente hacia mí.
—Porque subiste.
Sentí nuevamente aquella extraña sensación en el pecho.
Miré inmediatamente hacia la ventana.
No iba a darle el gusto de verme nerviosa.
—Solamente porque está lloviendo.
—Claro.
—Allan.
—No dije nada.
—Pero lo pensaste.
—No puedes controlar lo que pienso, Carla.
—Qué lástima.
Él rio.
Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.
Yo también.
Durante unos segundos olvidé que estaba sentada junto al chico que había jurado odiar toda mi vida.
Hasta que Allan habló.
—Carla.
—¿Qué?
Esta vez su voz sonó diferente.
Más seria.
Lo miré.
—Lo que te propuse esta mañana…
Suspiré.
—Allan.
—Escúchame primero.
—¿Para qué?
Detuvo el auto frente a un semáforo.
Giró hacia mí.
Ya no estaba sonriendo.
—Porque creo que tú también tienes curiosidad por saber qué pasaría si dejamos de odiarnos.
Me quedé completamente quieta.
El semáforo cambió a verde.
Un auto tocó la bocina detrás de nosotros.
Allan volvió a mirar hacia adelante y arrancó.
Yo, en cambio, no pude responder.
Porque por primera vez desde que lo conocía…
no estaba segura de querer decir que no.
Continuará…
