La fea verdad

Escuché cómo nuestras respiraciones se calmaban poco a poco, y cuando él recuperó algo de compostura, se arrastró hasta donde yo estaba y me dio un beso en la boca mientras acariciaba mi vientre.

—¿Estás bien?

Solo asentí porque aún no podía hablar, y él se rió. Besó mi cara, y su mirada parecía h...

Inicia sesión y continúa leyendo