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Destinada a rugir

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Sofia Lodeiro · En curso · 37.8k Palabras

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Introducción

Laila es diferente. Criada en una manada de cuatrillizos, siempre ha sentido que algo la conecta con ellos, pero nunca imaginó que su destino estaba marcado por secretos oscuros. Cuando un encuentro inesperado la lleva a descubrir verdades olvidadas sobre su origen, se ve atrapada en un torbellino de poder, peligro y revelaciones. A medida que sus poderes comienzan a despertar, Laila deberá enfrentarse a fuerzas que buscan controlarla y a una conexión con sus mates que desafiará todo lo que conocía sobre el amor y el destino. Pero, ¿está realmente preparada para enfrentar lo que se esconde en su sangre?

Capítulo 1

Soy Laila y fui hallada sola, envuelta en una manta demasiado grande para mi cuerpo, en lo más profundo del bosque, no lloraba, ni me movía. El Alfa Alastor de la manada Viento sombrío y su Luna, Selene, me encontraron durante uno de sus paseos nocturnos. Dijeron después que no fue casualidad, que la Diosa Luna me dejó en su camino cuando más lo necesitaba, que mi llegada fue una señal.

Me adoptaron como hija, desde el primer día, la manada me miró distinto, no con rechazo, con cautela y con ese respeto incómodo que los lobos reservan para lo que no comprenden del todo. Yo era una bebé frágil, silenciosa, pero el instinto nunca se equivoca: algo en mí no encajaba del todo… y aun así, pertenecía.

Crecí bajo la protección del Alfa y su Luna, envuelta en cuidados, normas y expectativas que no eran mías, aunque intentaron convencerme de que lo eran. Me dieron un nombre, un lugar, un futuro seguro. O eso creían.

Los cuatrillizos fueron mi primer mundo.

Kael, Daren, Thian y Riven eran diez años mayores y los hijos del Alfa y la Luna.

Para mí, eran gigantes invencibles, Me enseñaron a correr antes que a caminar bien, a reír incluso cuando caía, a no temerle al bosque porque ellos siempre estaban cerca. Sus risas eran constantes. Sus brazos, firmes. Su presencia, absoluta.

Durante un tiempo… fui feliz.

Durante años, nada pareció romper esa armonía, yo los seguía a todos lados. Ellos me dejaban hacerlo, a veces me ignoraban, a veces se reían, pero siempre estaba ahí, integrada, segura.

Hasta que dejé de estarlo, no ocurrió de golpe, no hubo una discusión, ni un hecho puntual que pudiera señalar como el inicio. Fue algo más sutil… y por eso, más cruel.

Cuando cumplieron diecisiete y yo siete, aunque no fuera el mismo día, algo cambió, dejaron de buscarme para jugar, sus voces bajaban cuando yo aparecía y las risas se apagaban. Si corría hacia ellos, encontraba espaldas tensas, miradas esquivas, silencios incómodos. Como si mi presencia interrumpiera algo que no debía existir.

Al principio pensé que era culpa mía, que había hecho algo mal o había dicho algo que no debía, comencé a esforzarme más, fui más obediente, más callada, más buena, pero cuanto más intentaba acercarme, más lejos se colocaban.

Cuando los llamaba hermanos, sus gestos se endurecían.

—No nos llames así. — Decían los cuatro al mismo tiempo.

Esa frase empezó a repetirse, fría, corta. A veces acompañada de burlas, otras, de palabras que dolían más que un golpe. Me recordaban que no era como ellos, que no compartíamos sangre, que solo estaba ahí porque sus padres lo habían decidido.

Yo no entendía por qué, seguía siendo una niña, pero algo ya se había quebrado.

Con los años comprendería que ese rechazo no nació del desprecio, sino del miedo. Pero en ese momento, solo sentía el vacío, el abandono disfrazado de distancia, el castigo silencioso de quienes habían sido mi refugio.

Mis padres adoptivos no lo vieron, o no quisieron verlo. El Alfa y la Luna pasaban cada vez más tiempo fuera de la manada, atendiendo asuntos que yo no comprendía, entonces aprendí, demasiado pronto, a no quejarme.

Crecí entre el amor silencioso, la contradicción y el maltrato de quienes considere mis hermanos por muchos años, a veces los sentía cerca, observándome desde la distancia, como si quisieran protegerme sin permitirse hacerlo. 

Sus ojos, a veces llenos de deseo y atracción, a veces de culpa, eran espejos de algo que ninguno de los cinco podía nombrar. Y así, entre su amor contenido y mi confusión creciente, aprendí que el destino podía ser tan cruel como hermoso.

A los doce años, mi loba interior comenzó a despertar, y para ese tiempo mis sentimientos por los cuatrillizos eran una mezcla de odio y atracción que no podía entender. No fue un cambio repentino, sino un murmullo que se volvió rugido, mis sentidos se agudizaron: el aire olía distinto, los sonidos vibraban en mi piel, la luna me hablaba con una claridad nueva, sentía dentro de mí una fuerza ancestral, una corriente que no seguía las jerarquías de la manada. 

Era una energía libre, indómita, sangre Sigma corría por mis venas: los lobos sin dueño, los que no se someten ni gobiernan, los que existen fuera del orden, pero también era una omega, entonces supe, sin saber cómo, que eso era lo que yo era.

Comencé a entrenar en secreto, cada noche, cuando la manada dormía, salía al bosque. Aprendí a moverme entre las sombras, a saltar con precisión, a escuchar el pulso del viento. 

La tierra bajo mis pies era mi maestra. Cada caída era una lección, cada herida, una advertencia, mi cuerpo se fortalecía, pero también mi mente: aprendí a dominar mis impulsos, a canalizar la furia, a sentir sin perder el control. Mientras todos veían en mí a una Omega dócil, yo cultivaba dentro de mí el equilibrio entre sumisión y libertad, entre lo humano y lo salvaje.

Una noche, bajo la luna llena, todo cambió. Cerré los ojos y escuché y sentí a mi loba interior, mi loba dentro de mí despertó por completo y me dijo que era mi momento. Aunque no entendía a que se refería. Algo dentro de mí pedía respuestas, y no eran suaves ni tranquilas.

Cuando mi cumpleaños dieciocho se acercaba, la verdad dejó de ser una sospecha y se volvió una condena. Ellos no me rechazaron por crueldad. Me rechazaron porque éramos Mates. Parejas destinadas por la Diosa Luna.

Y yo, aun sabiéndolo, empecé a querer alejarme. Porque el mundo no perdona a las omegas… y mucho menos a una que no nació para obedecer

Por eso decidí irme, no físicamente, pero sí emocionalmente.

Comencé a levantar muros, a responder con silencio y a bajar la mirada cuando sus voces se volvían duras. Fingía que no me importaba cuando me evitaban, cuando otros lobos de la manada empezaban a mirarme como a otra omega más, destinada a obedecer, a ser reclamada, a desaparecer dentro de un vínculo que no había elegido.

Ellos no sabían quién era yo en realidad, y yo tampoco estaba segura de querer que lo supieran.

Mi cumpleaños número dieciocho se acercaba como una sombra inevitable. La manada lo esperaba como un hito y yo lo sentía como una sentencia. Porque sabía que ese día no solo marcaría mi mayoría de edad, sino el momento en que los lazos que habían sido negados durante años ya no podrían seguir ocultos.

La Diosa no concede treguas eternas.

Mis lobos —porque ya no podía seguir llamándolos hermanos ni negar lo que eran— también lo sabían. Lo veía en sus gestos contenidos, en la tensión de sus cuerpos cuando coincidíamos en un mismo espacio, en la forma en que evitaban tocarme, incluso cuando el instinto los empujaba a hacerlo.

Éramos cinco fuerzas empujando en direcciones opuestas, destino contra voluntad, deseo contra culpa, vínculo contra miedo.

Yo no quería ser elegida por obligación, ni ser reclamada por jerarquía, no quería que mi lugar como omega definiera mi valor.

Si la Diosa Luna había decidido unirnos, entonces iba a exigir algo a cambio: verdad y estaba dispuesta a enfrentar lo que fuera necesario para arrancarla.

No sabía cómo iba a romperse ese equilibrio forzado, solo sabía que iba a hacerlo.

Porque cuando una loba Sigma despierta del todo, no acepta jaulas y cuando una omega deja de tener miedo, deja de obedecer.

El vínculo nos estaba esperando, a mí me encontró preparada, pero a ellos, no. Y la Diosa Luna jamás se equivoca, pero tampoco tiene piedad.

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