Capítulo 4 Capítulo 3 — El despertar del lazo

El sol apenas salía cuando volví a la manada. Mis pies descalzos se hundían ligeramente en el césped húmedo, y por un instante cerré los ojos, respirando hondo. Era un ritual silencioso que siempre me ayudaba a encontrarme conmigo misma antes de enfrentar a los demás. Pero aquella mañana, incluso ese ritual parecía fallarme; cada inhalación me cargaba de electricidad y con cada exhalación sentía que el aire se escapaba demasiado rápido, como si no pudiera contenerlo. Mis manos, apoyadas contra mi pecho, temblaban apenas, y la sensación de peso en mi espalda no se debía únicamente al cansancio físico del entrenamiento nocturno. Tenía ya 17 años, y cada movimiento llevaba consigo la fuerza de los años de entrenamiento y disciplina que me habían formado.

—Lila… esto es… confuso —susurré, presionando los puños contra mi pecho—. Siento algo que no entiendo.

—Es el vínculo con nuestros compañeros, pequeña —respondió la voz grave de mi loba en mi mente, sus palabras retumbando como eco—. Están cerca de ti.

—No puedo… no debo —dije, con un hilo de voz, cerrando los ojos—. No quiero esto todavía. No sé si… puedo manejarlo.

—No lo puedes evitar —replicó Lila con firmeza—. Solo puedes observar, sentir y aprender. No es tiempo de rendirte, ni de ceder.

El entrenamiento había sido duro. Más de lo habitual. Mi cuerpo dolía en lugares que ni sabía que podía sentir, y cada músculo estaba al límite de la resistencia. Pero lo que realmente me consumía, era la memoria de aquella noche, de aquel instante en el bosque, donde la mirada de Kael se había encontrado con la mía y había resonado en mi interior como un trueno silencioso. No había palabras que pudieran describirlo. Ni miedo, ni deseo, ni enojo. Solo… reconocimiento. Algo profundo, antiguo, primitivo. Mi loba lo había sentido con claridad, y por primera vez, yo también había sentido algo que no podía controlar, no podía racionalizar.

—Es… demasiado —susurré de nuevo, temblando—. No puedo dejar que me arrastre.

—No te arrastrará —dijo Lila, suavizando su tono—. Solo despierta lo que ya está dentro de ti. Solo observa cómo responde tu cuerpo, tu mente. Aprende.

Me froté los brazos con fuerza, intentando arrancarme de encima esa sensación. Como si pudiera borrar mi rastro. Como si el simple contacto con la memoria de él fuera un pecado que pudiera deshacerse con movimientos bruscos y respiraciones entrecortadas.

—No. No puede ser. No quiero esto. —Decía yo, con temblor en las manos.

La frase se repetía en mi cabeza mientras atravesaba los jardines silenciosos de la mansión. Los corredores del ala este estaban vacíos; los muros, decorados con los retratos de antiguos líderes y guerreros, parecían observarme con una mezcla de curiosidad y juicio silencioso.

—Lila… ¿Y los demás? —susurré mientras avanzaba, sintiendo el vínculo que crecía con los cuatrillizos—. No quiero sentir esto con ellos. No aún.

—No decides cuándo —respondió Lila—. Solo cómo enfrentarlo. Siente, sin rendirte. Mantente alerta.

Avanzaba consciente de cada sombra, de cada sonido, de cada susurro del viento. Había aprendido a leer la manada como quien lee un libro antiguo: cada gesto, cada respiración, cada mirada contenía un significado. Había visto Omegas doblar la cabeza, aceptar con resignación su destino, caminar al ritmo de su pareja sin cuestionar jamás. No las juzgaba; comprendía la comodidad que podía ofrecer la sumisión. Pero yo no era como ellas. Mi sangre Sigma me recordaba constantemente que mi espíritu no podía encajonar mi libertad, que mi corazón no podía someterse sin luchar.

Había entrenado toda mi vida para defenderme, para mantenerme independiente, para no caer en las redes de un vínculo que no eligiera. Cada día, cada lección, cada herida cicatrizada y cada dolor superado me había preparado para ser fuerte, para resistir. Y, sin embargo…

Sin embargo, la presencia de Kael, el silencio que dejaba tras de sí, el simple recuerdo de sus ojos, me había estremecido hasta lo más profundo. Algo se había activado en mi interior aquella noche, algo que no podía negar ni racionalizar. Mi loba lo había sentido también, y lo peor: lo había aceptado. No como un enemigo, no como un desafío, sino como un impulso natural y visceral.

—¿Por qué…? —murmuré, dejando escapar un suspiro—. ¿Por qué siento esto tan fuerte ahora?

—Porque estás cerca de tu transformación —dijo Lila, firme—. No puedes luchar contra ello. Solo puedes aprender a soportarlo, a entenderlo.

Cada hora posterior al encuentro era una batalla conmigo misma. Mi cuerpo vibraba con una tensión que no podía describir. Como si una corriente eléctrica invisible recorriera cada célula, haciendo que mis sentidos, ya de por sí agudos, se agudizaran aún más. Cada vez que uno de los cuatrillizos pasaba cerca, aunque no me mirara ni dijera palabra, mi pulso se aceleraba, mi respiración se entrecortaba, y un calor extraño subía desde mi pecho hasta la piel, como si el fuego del vínculo estuviera ardiendo justo bajo mi superficie.

Primero fue Daren.

Lo vi desde la terraza del ala norte, donde me detenía a observar el sol elevarse. Daren estaba en el patio de entrenamiento, concentrado, con el torso descubierto, bañado en sudor. Golpeaba un saco de arena con precisión brutal, y cada golpe resonaba en la madera y el metal, en el aire y en la tierra. El sonido era rítmico, casi hipnótico, y algo en la forma en que sus músculos se tensaban y relajaban, en la fuerza contenida de sus movimientos, hizo que mi loba interior rugiera.

Era un rugido silencioso, casi instintivo, que recorrió mi columna vertebral y se instaló en mi pecho. Sentí un temblor en las piernas, un estremecimiento que no podía controlar. Por un instante, mis ojos dorados se abrieron más de lo normal, brillando con un fuego interior que ni yo misma podía dominar. Casi quise bajar corriendo las escaleras, lanzarme hacia él y dejar que mi loba guiara mis pasos. Casi.

—No… no, ahora —susurré, conteniéndome—. No puedo perdonarlos, luego de ignorarme y de maltratarme.

Me apoyé en el marco de la terraza, respirando hondo, intentando recuperar el control que parecía desvanecerse con cada latido. No era miedo. No era atracción en el sentido humano de la palabra. Era algo más antiguo, más salvaje, más primitivo. La conexión que sentía no se podía nombrar. No había palabras para ella, solo el conocimiento silencioso de que algo estaba cambiando en mi interior.

Observé cómo Daren terminaba su entrenamiento, recogía la toalla que había dejado en el suelo y se retiraba sin mirarme. Si bien lo había sentido por mi agudo olfato, él decidió hacer como si no se hubiera percatado de mi presencia. No quería presionarme; sabía que sus acciones a lo largo de los años fueron erróneas y debía esperar a que yo estuviera lista para que ellos se explicaran y se disculparan.

Sentí una mezcla de alivio y frustración. Alivio porque había escapado de un encuentro que mi cuerpo había deseado sin permiso, y frustración porque la sensación de pérdida me llenaba de un vacío que no sabía cómo explicar.

Me apoyé contra la barandilla, respirando el aire fresco de la mañana, y dejé que mis pensamientos vagaran hacia recuerdos más antiguos: entrenamientos al amanecer, carreras por los bosques, el distanciamiento de los cuatrillizos, sus duras palabras. Cada una de esas memorias me enfrentaba ahora con la cruda verdad de que mi voluntad, aunque fuerte, podía no ser suficiente frente al vínculo que estaba surgiendo.

—Lila… esto… ¿Será más fuerte? —pregunté con un hilo de voz.

—Cada día que pasa el vínculo se intensifica —respondió mi loba—. Y cuando cumplas la mayoría de edad no podrás resistirte, debes prepararte.

Sabía que tarde o temprano debería aceptar el vínculo con los cuatrillizos, pero aún no estaba lista. No quería ser tratada como una carga, ni ser aceptada solo por el vínculo. Además, sus acciones aún me dolían demasiado.

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