Capítulo 7 Capítulo 6 — Bajo la luna

El aire cambió otra vez, pero no fue sutil, fue como si algo se hubiera roto por dentro y ya no hubiera forma de contenerlo.

Estaba descalza frente a la ventana cuando el dolor empezó. El suelo frío bajo mis pies era lo único que me mantenía anclada. Todo lo demás ardía, mi pecho, espalda y mis manos. La energía subía sin permiso, salvaje, reclamando espacio.

Mi loba no estaba pidiendo permiso para transformarse, lo estaba exigiendo.

Respiré hondo, pero no ayudó. La visión con la diosa Luna había sido clara, sí, pero esto… esto era distinto. Real, doloroso e  inevitable.

Sentí el vínculo tensarse como una cuerda a punto de romperse, entonces supe que no estaba sola.

No sé cómo llegaron tan rápido. Solo sé que, de pronto, la puerta estaba abierta y el aire cambió de nuevo. Más denso. Más cargado.

Levanté la vista.

Kael fue el primero que vi. Su mirada me atravesó como siempre lo hacía… y me dolió. Porque en esos ojos había algo más que preocupación. Había culpa. Cruda. Sin disimulo.

—Te sentí —dijo Kael, con la voz tensa—. Estás sufriendo… y no tendríamos que haberte dejado llegar a esto sola.

Daren entró después, empujando la puerta sin cuidado. Estaba rígido, como si cualquier movimiento en falso pudiera romper algo más. Thian y Riven lo siguieron en silencio. Ninguno me tocó. Ninguno se acercó demasiado.

Eso dolió más de lo que debería.

—¿Qué hacen acá? —pregunté, aunque la respuesta me quemaba por dentro.

Thian fue el primero en hablar.

—Vinimos porque antes te alejamos —dijo—. Y no teníamos derecho, pero ahora estaremos aquí para ti.

Esas palabras me golpearon de frente. Solté una risa breve, sin humor.

—Eso no los detuvo de alejarme y decirme palabras crueles — Dije aguantando el dolor.

El silencio fue inmediato.

Riven apretó la mandíbula. Daren bajó la mirada. Kael fue el único que no apartó los ojos de mí.

—Te fallamos —dijo Kael—. Y no hay forma de decirlo sin que suene pequeño ni a una excusa.

El vínculo vibró con fuerza, como si reaccionara a la verdad dicha en voz alta. Di un paso atrás, instintivamente.

—No quiero esto —dije, con la voz quebrándose—. No quiero ser una carga, tampoco quiero que me miren como algo que tienen que proteger porque creen que soy débil.

Daren levantó la cabeza de golpe.

—Eso fue lo que hicimos —admitió—. Y fue una mierda. Usamos palabras que no debimos usar. Te empujamos lejos porque no supimos manejar lo que sentíamos.

—Me dijeron que no importaba —escupí—. Me hicieron sentir que sobraba.

Thian cerró los ojos, como si esas palabras le dolieran físicamente.

—Lo sabemos. Y vivimos con esa culpa todos los días. — Dijo Thian sin justificarse.

Kael dio un paso al frente, despacio.

—No supimos cuidarte —dijo—. Y en lugar de protegerte, te lastimamos.

Tragué saliva. Mi loba rugía, furiosa, reclamando espacio, reclamándolos.

—No quiero deberles nada —susurré—. No quiero volver a sentir que tengo que romperme para encajar.

Riven habló entonces, su voz baja, cargada de algo que nunca antes le había oído.

—No nos deberás nada, nosotros somos los que te debemos a ti y si alguna vez volvemos a cruzar ese límite y fallarte… puedes apartarnos.

Daren se acercó un poco más, lo justo para que pudiera sentir su presencia sin invadirme.

—No queremos imponernos otra vez. Solo acompañarte… si nos dejas — Dijo Daren sin retroceder.

El vínculo se tensó con violencia. Intento moverme y no puedo. No es que me falte fuerza: es como si mi cuerpo no respondiera a las órdenes. La pierna derecha tiembla, la izquierda directamente cede. Apoyo la mano para no caer y el suelo está demasiado lejos, demasiado duro, demasiado real.

El aire me entra a trompicones. Cada respiración arde. Siento la presión en el pecho, como si algo estuviera empujando desde dentro, buscando espacio, buscando salir.

No quiero gritar. Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula. El sonido igual se me escapa, bajo, roto, humillante.

Las uñas me raspan la piel al cerrarse solas, los dedos tensos, fuera de control. El pulso me golpea en las sienes. Me mareo. Por un segundo creo que voy a desmayarme… y el miedo a perder el conocimiento es peor que el dolor.

Si cierro los ojos, no sé si los voy a volver a abrir siendo yo, entonces mi cuerpo no aguantó más y caí de rodillas.

El dolor explotó de adentro hacia afuera. Mi piel ardía. Mis músculos se contraían y grité, sin vergüenza, sin control.

—- Ahhh, dueleee — Grite en el suelo siendo sostenida por los cuatrillizos.

Kael me sostuvo cuando perdí el equilibrio. Daren me sujetó la mano con fuerza, como si temiera que desapareciera. Thian murmuraba palabras que no entendía, pero que calmaban. Riven me abrazo transmitiéndome calma, entre los cuatro lograron aminorar un poco mi dolor.

—No —digo, más rápido de lo que pienso—. No me toquen.

No es un pedido. Es un reflejo.

Intenté arrastrarme hacia atrás, apoyando las manos en el suelo, desesperada por poner distancia entre ellos y yo. No quería su sostén. No quería que me vieran así.

—Puedo sola —miento.

La frase me sale conocida. Demasiado.

Si me quiebro ahora, si me ven fallar, no va a ser solo mi caída. Va a ser la de ellos también. Y no quiero cargar con eso. No otra vez.

—Siempre pude —agrego, aunque la voz ya no me obedece.

Y entonces, en un estallido de luz plateada, mi loba emergió, poderosa, serena e incontenible, orejas erguidas, ojos plateados como lunas gemelas, pelaje blanco como la nieve bajo la luz lunar, mi esencia vibraba con fuerza y cuando pude respirar de nuevo levanté la cabeza y mire a mis cuatro mates fijamente.

Mi loba seguía ahí, tangible, real, ocupando el espacio detrás de mí como una presencia viva.

La sentía erguida, alerta, observándolos con atención absoluta. No como amenaza inmediata… pero tampoco como algo dócil. Ella recordaba. Todo.

Yo también.

Respiré con dificultad. Cada inhalación era compartida, como si mis pulmones ya no me pertenecieran del todo. El vínculo estaba abierto, expuesto, vibrando entre los cinco.

Los cuatro se tensaron al mismo tiempo. No dieron un paso atrás, pero tampoco avanzaron.

Y lo entendieron.

No necesitaba que me tocaran. Mi loba no lo permitiría.

No por agresividad, sino por decisión.

Me mantuve erguida, sosteniéndome entre mis propias piernas temblorosas y la fuerza firme que rugía detrás de mí. No era debilidad lo que mostraba. Era límite.

Mi loba dio un paso lento hacia adelante, evaluándolos.

Y yo supe que, pasara lo que pasara después, ya no volvería a ser invisible para ellos.

—Son mis mates —dije, con la voz aún temblorosa—. Pero eso no borra lo que pasó.

Kael asintió.

—No lo borra. Pero lo enfrentaremos, todos los días, si nos dejas.

No hubo promesas grandilocuentes. No hicieron juramentos vacíos.

Solo se quedaron.

Y por primera vez no sentí miedo de ser demasiado.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo