
Doble tentación: Entre el mujeriego y mi hermano
Maye Lyn V · Completado · 146.5k Palabras
Introducción
Si tiene que pecar, ¿con cuál de los dos se irá al infierno?
—¡Espera, espera! ¡Nico!
—¿A dónde crees que vas? —digo, golpeando su culo.
—Nico, en serio, tengo que irme —protesta, pero su resistencia es débil.
Empiezo a besarla y a quitarle la ropa, mis manos recorriendo su cuerpo con familiaridad. Ella toca mi cabeza y juega con mi cabello mientras yo me hundo entre sus senos, escuchando los suaves sonidos que escapan de su boca.
—Nico... —gime, su voz llena de deseo.
Voy bajando por su vientre, mis manos separando sus muslos con facilidad. Ella dice que tiene que volver al trabajo, pero yo la interrumpo. Su voz me pide que la convenza, porque ella también desea quedarse.
—Yo también tengo que trabajar —murmuro, mi voz ronca—. Pero no en otra cosa ahora mismo, solo en ti. ¿Qué importa el trabajo? Sigue siendo nuestra hora del almuerzo, Trish. Y nos toca el postre.
Ella se gira y corre hacia un lado de la cama, pero mi cuerpo la encuentra rápidamente. Me subo sobre su vientre, mis manos encontrando sus senos mientras la mantengo firmemente bajo mi control.
—Nico, por favor... —susurra, su respiración acelerada, pero sus caderas se mueven debajo de mí, buscando con desespero mi pene—. Tengo que…—llevo un dedo hasta su boca y ella lo muerde, humedeciéndolo con su lengua.
—Mira cómo nos juntamos —digo, mi voz cargada de deseo mientras ella mira hacia abajo y ve cómo nuestros cuerpos están a punto de unirse—. Parece que no podemos separarnos, Trish…. No ahora.
Capítulo 1
Nico pequeño Queen.
No puedo evitar sonreír al recordar la primera vez que vi a Trish Evans. Fue en la boda de Chiara y Daniele, hace dos años. Había escuchado su nombre en alguna conversación, de hecho, escuché claramente cuando Chiara me pedía que fuera a los ensayos, no le presté mucha atención, era una pérdida de tiempo para la poca cosa que teníamos que hacer, no era una gran ciencia.
Pero Chiara era la jefa de Trish y yo creí que después de ese día la vería un par de veces. Aunque no fue así.
Ella fue una de las damas de honor, y desde el momento en el que la vi, supe que sería un reto, sí, por esa mirada desafiante.
Trish tenía esa aura de inalcanzable, de mujer que sabe su valor y no permite que nadie la haga sentir menos. Algo que, debo admitir, despertó mi interés de inmediato.
Recuerdo cómo intenté acercarme a ella durante la recepción. Le ofrecí una copa de vino y un comentario ingenioso, seguro de que caería bajo mi encanto como todas las demás. Pero Trish ni siquiera me dio una oportunidad. Me miró con desdén, rechazando la copa y, con una frialdad que aún me causa escalofríos.
—No, gracias—Fue la primera vez que alguien me rechazaba tan directamente. Y vaya que lo hizo con estilo.
Dos años después, estaba en un club en Milán, disfrutando de una noche más de excesos y diversión. Entonces, entre la multitud, la vi.
Trish.
La única mujer que había logrado lo imposible: ignorarme.
Estaba rodeada de amigos, riendo y disfrutando del ambiente.
Mi interés se renovó al instante. ¿Ella disfrutando y en un buen ambiente?
Tenía que intentar una vez más. Parecía mi oportunidad de lograrlo, no se me daba bien rendirme o perder.
Habían pasado dos años, pero creo que nunca era tarde para la cacería.
Me acerqué a ella, sorteando cuerpos y copas, y cuando estuve lo suficientemente cerca, solté un bufido audiblemente. La tomé suavemente del brazo, lo suficiente para llamar su atención sin parecer demasiado insistente. Pero yo siempre soy directo, no me gusta indicar otra cosa, siempre voy de frente con lo que quiero.
Y esta noche la quería a ella en mi cama, ¿era mucho pedir?
—Trish, ¿verdad? —dije con una sonrisa que sabía era encantadora.
Ella giró la cabeza y me miró con una mezcla de sorpresa y desdén.
¿Desdén?
Era esa misma mirada de dos años atrás.
—Sí, ¿qué quieres, Nico? —respondió, liberando su brazo de mi agarre. Me recordaba, eso ya era un buen paso.
Me acerqué más, acortando la distancia entre nosotros.
—Quiero bailar contigo—susurré en su oído.
Trish soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—No, gracias. —Ella también era muy directa, pero no dejaría que me rechace otra vez.
—Vamos, Trish—dije, dejando escapar una carcajada—. Cualquier mujer en este lugar mataría por bailar conmigo. ¿Por qué tú no?
Ella levantó la barbilla y me miró directamente a los ojos.
—Porque yo no soy cualquier mujer—replicó con un tono de desafío.
—¿O es que no sabes bailar? — insinué, disfrutando del brillo de irritación que apareció en sus ojos. Eso significaba que podía provocarla. Me lo dejaba clarito.
Eso la hizo reaccionar, justo lo que esperaba. Me empujó suavemente por el pecho hacia la pista de baile, con una sonrisa que prometía problemas, esta parte me gustaba, por un momento la vi lucir un poco atrevida, aunque eso parecía ser imposible en alguien como ella.
Sonreí de manera perversa, sabiendo que había tocado un nervio.
La música cambió a un ritmo lento y sensual, perfecto para lo que estaba a punto de suceder. Pretendía calentarla un poco para que viera lo que estaba rechazando y que supiera que ella no era la excepción y, claro está, que, si yo ponía mi mirada en ella, Trish tenía que caer en mis brazos. Era la regla, sin excepciones.
Trish empezó a moverse con una gracia y sensualidad que me dejaron atónito.
—Continua così, fammi vedere quanto sei cattiva. —Pensé que sería una mojigata en la pista, ese vestido ajustado y correctamente largo, sin escote pronunciado y todo ese cabello con un orden al milímetro me había dejado claro que no sabía divertirse, incluso me asombró encontrarla en un lugar como este. Intenté acercarme, tocarla, pero ella mantenía mis manos a raya, asegurándose de que yo solo fuera un espectador de su espectáculo personal. Y sí que era personal, me tocaba sin dejar que yo la tocara, se movía de manera muy sensual y… ¿me gustaba lo que hacía? Desde luego, no era la mejor en esto, pero debía darle un reconocimiento a su esfuerzo.
Cambió el ritmo a uno más atrevido y de pronto no pareció ella. Fue como si…
Su habilidad para bailar era impresionante, algo que no admitiría porque podría estar siendo cuestión de suerte, y la forma en la que se movía hacía que mi cuerpo ardiera de deseo. Sobre todo, cuando se colocó de espaldas a mí, tomó mis manos y me hizo rodear su cintura, apreté mis dedos contra su vientre y fui subiendo por su cuerpo, pero ella giró rápidamente, quedando frente a mí.
Recuerdo que algo que me llamó mi atención la primera vez fue que Trish era alta.
Su rostro casi quedaba a la altura del mío, como si me desafiara.
Mis manos cayeron a ambos lados cuando su sonrisa se curveó, ella ya me había demostrado que sabía bailar y lo vio en mis ojos, me vio fascinado.
Maldición.
Ella siguió con lo suyo, sus manos colgadas a mi cuello.
Cada segundo que pasaba, mi frustración y excitación crecían. No estaba acostumbrado a que me pusieran límites de esta manera. Trish jugaba conmigo, y yo estaba disfrutando cada momento, aunque no lo admitiera, porque cada vez que mis manos intentaban tocarla, ella me lo impedía.
¿Me provocaba para luego mantenerme a raya?
Cuando la música finalmente terminó, Trish me dejó allí, en medio de la pista, con una sonrisa triunfal en su rostro.
Supe en ese instante que no sería fácil, pero también supe que no me rendiría. Sentí mi cuerpo ardiendo, la vi marcharse entre la gente y no fui tras ella. No, porque ella había ganado esta vez.
Pedí un baile y me lo dio, no podía forzar más.
Pero me quedé siguiendo sus pasos sin poder perderla de vista, sin poder dejar de mirarla.
Era un reto fascinante.
Parecía una dama de hierro, pero creo que había algo más debajo de esa armadura
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Última actualización: 11/23/2025
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