Capítulo 1 LA MENTIRA QUE SUBIÓ A LA FURGONETA
RENATA
—Álvaro Valdés lleva cuatro años enamorado de ti.
Dejé de doblar la camiseta y miré a Mencía con la misma paciencia que reservaba para clientes que creían que un contrato laboral podía corregirse con emojis.
—Repítelo despacio. Quiero localizar el momento exacto en que perdiste la razón.
—No he perdido la razón.
—Entonces te la robaron. Revisa debajo de la cama.
Mencía cerró mi maleta de un golpe. El cierre atrapó una manga y ella tiró hasta que la tela salió arrugada.
—Por eso te provoca, Renata. Porque no sabe cómo acercarse sin conseguir que lo amenaces.
—Álvaro se acerca perfectamente a cualquier mujer que respire cerca de una barra.
—Contigo es distinto.
—Sí. Conmigo corre riesgo de sufrir lesiones.
Mi mejor amiga se dejó caer sobre el colchón. Llevaba dos meses organizando aquella ruta de veintiún días y tres semanas intentando convencerme de subir a una furgoneta con cinco personas, una ducha portátil y el hombre que había convertido mi paciencia en una especie en peligro.
—No quiero que faltes —dijo—. Es la promesa que hicimos a los dieciocho.
—También prometimos tatuarnos un mapa en el trasero. La madurez sirve para cancelar ideas.
—Todos vamos.
—Álvaro no cuenta como persona. Cuenta como problema con barba.
Mencía sonrió.
—Te gusta su barba.
—Me gusta que cubra parte de su cara.
—También te gusta su cara.
—¿Trajiste una lista o improvisas insultos contra mi criterio?
Ella tomó una fotografía de la cómoda. Álvaro aparecía detrás de nosotros en el cumpleaños de Lola, sosteniendo una cerveza y mirándome mientras yo discutía con Iván.
—Observa.
—Estoy observando una camisa que debería haber sido denunciada.
—No mira a nadie más.
—Quizá temía que lanzara la tarta.
—La lanzaste.
—A Darío. Y fue un accidente con trayectoria.
Mencía amplió la imagen. La mirada de Álvaro estaba fija en mí. No era la expresión burlona que utilizaba cuando discutíamos. Parecía seria, casi hambrienta, y mi estómago cometió la traición de tensarse.
Aparté el teléfono.
—Una foto no prueba nada.
—Darío me lo confirmó.
—Darío también dijo que podía reparar una cafetera con cinta adhesiva. Casi incendiamos el edificio.
—Álvaro le confesó que lleva años sintiendo algo por ti.
La habitación perdió un poco de aire.
Recordé demasiadas escenas inútiles: su mano en mi cintura cuando un camarero tropezó, la vez que apareció con café durante una guardia de mediación, la forma en que se colocaba detrás de mí en los bares y fingía que solo protegía su bebida.
No. Álvaro coqueteaba hasta con las máquinas expendedoras.
Cuatro años antes, durante la inauguración del bar, habíamos discutido frente a todos por un video suyo que me pareció asqueroso. Él aseguró que estaba editado. Yo le dije que una frase no necesitaba contexto cuando revelaba suficiente. Desde entonces, ninguna reunión terminaba sin que uno de los dos clavara el dedo en la herida. Lo peor era que, incluso enfadada, sabía cuándo llegaba. Reconocía su risa entre veinte voces, el perfume en un pasillo y el cambio de temperatura cuando ocupaba el lugar a mi lado. Eso no era atracción. Era vigilancia preventiva constante.
—Supongamos que es verdad —dije—. ¿Qué pretendes que haga?
—Ven al viaje. Nada más.
—¿Para verlo sufrir?
—Para dejar de imaginar que cada frase suya es un ataque.
—La mayoría son ataques.
—Quizá son intentos de atención.
—A los treinta años, un hombre debe saber distinguir entre cortejar y provocar homicidios.
Mencía se levantó y me sostuvo por los hombros.
—Veintiún días. Si al final sigues odiándolo, prometo no volver a mencionarlo.
—¿Y si intenta besarme?
—Lo detienes.
—¿Y si no quiero detenerlo?
Su sonrisa apareció demasiado rápido.
—Entonces quizá Darío tenga razón.
Me aparté.
—No acepté.
—Tu maleta está abierta.
—Porque estaba guardando ropa para una semana tranquila sin ustedes.
—Has metido tres bikinis.
—La tranquilidad también nada.
El timbre sonó. Mencía corrió hacia la puerta antes de que pudiera impedirlo. Escuché una voz masculina desde el pasillo.
—¿Está lista la defensora oficial de las agendas imposibles?
Cerré los ojos.
Álvaro entró cargando una caja de herramientas. Camiseta negra, vaqueros gastados, barba corta y esa sonrisa que parecía haber sido diseñada para convencer a mujeres sensatas de cometer errores logísticos.
—No —respondí—. Pero la defensora oficial de romper narices tiene cinco minutos libres.
—Perfecto. Traje seguro médico.
Dejó la caja junto a mi maleta y miró el contenido.
—Tres bikinis para un viaje que dijiste que no harías.
—¿Revisas equipaje ajeno por trabajo o por perversión?
—Por prevención. No quiero descubrir en la frontera que llevas un martillo.
—El martillo eres tú.
Mencía soltó una tos que sonó sospechosamente parecida a una risa.
—Voy a bajar las demás bolsas.
Nos dejó solos.
Álvaro abrió la caja de herramientas y sacó una linterna.
—La furgoneta tiene una luz trasera dañada. Darío asegura que la reparó.
—Entonces no funciona.
—Por eso vine.
Se agachó para revisar el enchufe junto a mi escritorio. La camiseta subió lo suficiente para mostrar una franja de piel sobre el cinturón. Miré dos segundos. Tres, quizá.
Él giró la cabeza.
—¿Necesitas algo?
—Que te tapes.
—¿Te distraigo?
—Me preocupa que te resfríes y tengamos que soportar tus quejas.
Álvaro se puso de pie. Se acercó hasta quedar frente a mí, sin tocarme. Olía a madera, jabón y esa colonia que siempre reconocía antes de verlo.
—Mencía te contó algo —dijo.
Mi pulso se volvió torpe.
—Mencía cuenta muchas cosas.
—Desde que llegué no me has llamado mujeriego.
—Estoy ahorrando vocabulario.
—Y me miraste la espalda.
—Buscaba señales de evolución.
Su boca se curvó.
—¿Encontraste alguna?
—No. Sigues encorvándote.
Dio otro paso. Mi cadera chocó con la cómoda.
—Estás nerviosa.
—Estoy calculando la distancia hasta la ventana.
—Vivimos en un cuarto piso.
—Confío en que rebotes.
Álvaro apoyó una mano junto a mi cintura. No me encerró, pero tampoco dejó mucho espacio. Sus ojos bajaron a mi boca y regresaron lentamente.
—¿Seguro que no quieres preguntarme algo antes del viaje?
La mentira de Mencía pesó en mi lengua.
¿Desde cuándo estás enamorado de mí?
No pensaba regalarle esa ventaja.
—Sí —respondí—. ¿Cuántos kilómetros faltan para que dejes de hablar?
—Veintiún días conmigo y esa es tu primera pregunta.
—También podría preguntar cuántas mujeres planeas olvidar por el camino.
La sonrisa desapareció.
—Nunca he olvidado a una mujer.
—Solo sus apellidos.
—No prometo lo que no siento.
—Qué noble.
—Y tú no escuchas una respuesta cuando ya elegiste la condena.
El comentario encontró un lugar sensible. Nos miramos sin humor.
—No empieces —dije.
—Tú empezaste hace cuatro años.
Antes de que pudiera responder, Mencía volvió.
—La furgoneta está lista. Salimos en diez minutos.
Álvaro recogió la caja. Al pasar, inclinó la boca hacia mi oído.
—Lleva el bikini rojo.
El calor me subió por el cuello.
—¿Por qué?
—Porque si vamos a fingir que no quieres provocarme, al menos hazlo bien.
Se marchó antes de que pudiera insultarlo.
Mencía cerró la puerta y me miró con ojos enormes.
—¿Todavía crees que no está enamorado de ti?
Tomé el bikini rojo de la maleta y lo hundí debajo de la ropa.
—Creo que voy a conseguir que lo confiese antes de la primera frontera.
