Capítulo 2 LA SEGUNDA MENTIRA
ALVARO
—Renata Solís está loca por ti.
Solté la caja de herramientas dentro de la furgoneta y miré a Darío.
—Te voy a dar una oportunidad para fingir que dijiste otra cosa.
—No pienso repetirlo más bajo. Tampoco más lento.
—Entonces busca ayuda profesional.
Darío cerró el maletero con expresión satisfecha.
—Mencía me lo contó hace meses —dijo—. Renata te ataca porque no soporta verte con otras mujeres.
Miré hacia el edificio. En el cuarto piso, una cortina se movió. Tal vez Renata estaba guardando el bikini rojo donde yo no pudiera verlo.
La idea me hizo sonreír.
—Renata me considera una infección de transmisión social.
—Eso es porque tiene miedo.
—No. Eso es porque conoce demasiadas palabras y las usa como armas.
—¿Nunca notaste cómo te mira?
Sí.
Lo había notado cuando creía que yo no prestaba atención. En el cumpleaños de Lola, durante una cena en casa de Iván, la noche en que llevé a Claudia al bar y Renata dejó de hablarme durante dos semanas. Siempre encontraba una explicación razonable. Vigilancia. Desconfianza. Deseos de calcular la mejor forma de matarme sin testigos.
—Me mira como una inspectora sanitaria —respondí.
—También se puso celosa por Claudia.
—Renata no se pone celosa. Presenta reclamaciones.
Darío apoyó los codos en el techo de la furgoneta.
—Claudia te besó y Renata derramó una copa sobre tus zapatos.
—Tropezó.
—Cruzó cuatro metros para tropezar contigo.
No respondí.
Recordaba aquella noche. Claudia había agarrado mi camisa. Renata apareció un segundo después con vino en la mano y una sonrisa más preocupante que sus insultos. Después aseguró que el suelo estaba desnivelado.
—¿Qué dijo exactamente? —pregunté.
Darío fingió pensar.
—Que le gustas desde hace años, pero jamás se acercaría porque cree que terminarás acostándote con media Europa.
—Eso suena más a sentencia que a confesión.
—Mencía tuvo que sacárselo después de varias copas.
—Renata no bebe tanto.
—Precisamente por eso sabemos que era verdad.
La puerta del edificio se abrió. Mencía salió cargando dos bolsas y evitó mirarnos.
—Pregúntale —dijo Darío.
—¿A Mencía?
—A Renata.
Me reí.
—Claro. Subo y le digo: “Hola, ¿llevas cuatro años deseando arrancarme la ropa o solo la cabeza?”.
—Podrías empezar con algo menos agresivo.
—Ella no confiaría en una frase amable. Llamaría a emergencias.
Mencía dejó las bolsas junto a nosotros.
—¿De qué hablan?
—Del clima —respondió Darío.
—Parece que amenaza tormenta —añadí.
Ella lo miró con sospecha.
—No arruines el viaje antes de salir.
—¿Yo? Renata empacó tres bikinis y amenazas suficientes para cruzar fronteras.
Mencía se mordió el interior de la mejilla.
—Déjala tranquila.
Aquello confirmó más de lo que debía. Si todo era absurdo, se habría reído. En cambio, abrió la puerta lateral y comenzó a reorganizar mochilas.
Darío me dio un codazo.
—Te lo dije.
—Baja la voz.
—¿Te asusta que sea cierto?
Me apoyé contra la furgoneta.
Renata enamorada de mí.
La frase no encajaba con cuatro años de guerra, pero iluminaba escenas que yo había archivado bajo otras etiquetas. Sus silencios cuando llegaba acompañado. La forma en que conocía mis viajes aunque fingiera no seguirlos. El café sin azúcar que aparecía frente a mí durante las reuniones.
—No pienso hacerle daño —dije.
Darío dejó de sonreír.
—Eso dijiste de Laura.
—Laura sabía lo que buscaba.
—Hasta que quiso algo distinto.
—Y terminé la relación antes de engañarla.
—No dije que fueras un cabrón. Dije que huyes cuando alguien empieza a importarte.
Apreté la mandíbula.
—No estamos hablando de mí.
—Con Renata siempre están hablando de ti, aunque parezca que discuten sobre política o el volumen de la música.
—Ella empezó aquella guerra.
—Tú la mantuviste viva.
Miré otra vez la ventana.
Cuatro años atrás, Renata me acusó de despreciar a las mujeres por un video editado. Yo pude explicarlo. En lugar de hacerlo, la provoqué porque me enfurecía que su opinión importara. Ella se marchó convencida de que tenía razón. Yo pasé la noche pensando en su boca cuando gritaba.
No era mi mejor momento.
—¿Qué pretende Mencía que haga con esta información?
—Nada. Solo que no la humilles durante el viaje.
—Jamás la humillaría.
—La llamaste dictadora con pendientes.
—Eran pendientes muy autoritarios.
Darío resopló.
—Compórtate.
—Siempre me comporto.
—La última vez bailaste sobre una mesa.
—La mesa sobrevivió.
La puerta volvió a abrirse. Renata apareció arrastrando una maleta azul. Llevaba gafas oscuras, vaqueros ajustados y una camiseta blanca anudada en la cintura. Mi mirada bajó antes de que pudiera detenerla.
Ella lo notó.
—¿Perdiste algo? —preguntó.
—La esperanza de que trajeras poco equipaje.
—Esto es poco.
—Llevas una maleta con tamaño de vivienda social.
—Incluye productos de higiene. Comprendo que no reconozcas la categoría.
Tomé la maleta antes de que pudiera impedirlo.
—Puedo cargarla sola.
—No lo dudo.
—Entonces suéltala.
—También puedo cargarla yo.
—No necesito demostraciones de masculinidad.
—Perfecto. Mi espalda tampoco.
Nuestras manos quedaron sobre el mismo asa. Renata no cedió. Yo tampoco. Estábamos tan cerca que pude oler su perfume cítrico. Sus labios se entreabrieron cuando tiré suavemente de la maleta.
Darío carraspeó.
—Podrían esperar hasta el primer hotel para arrancarse la ropa.
Renata soltó el asa.
—Podrías esperar hasta la primera parada para perderte.
Mencía apareció detrás de ella.
—Todos adentro. Nos faltan Iván y Lola, pero los recogeremos en la estación.
Abrí el maletero. Renata se agachó al mismo tiempo para acomodar una mochila. Su cadera rozó la mía.
No fue un accidente.
O quizá ahora cualquier contacto iba a parecer una confesión.
Ella levantó la cabeza.
—Deja de sonreír.
—No estoy sonriendo.
—Tu cara está cometiendo una insolencia.
—Pensaba en el bikini rojo.
Un leve color subió por su cuello.
—No pienso usarlo.
—Entonces lo guardaste.
Su mirada se afiló.
—¿Qué te contó Mencía?
La pregunta llegó demasiado rápido.
Darío dejó caer unas llaves detrás de nosotros. El ruido nos hizo girar. Él las recogió sin mirarme.
Renata volvió a acercarse.
—Álvaro, responde.
Podía preguntarle la verdad. Podía decirle que Darío acababa de contarme una historia absurda y observar cómo la destruía.
Pero si estaba enamorada, negaría todo.
Y si no lo estaba, aquella tensión seguía siendo demasiado real para desperdiciarla.
—Me contó que llevas días buscando una excusa para viajar conmigo.
—Vine por mis amigos.
—Claro.
—No uses ese tono.
—¿Cuál?
—El que utilizas antes de cometer una estupidez.
Me incliné hasta quedar junto a su oído. Sentí cómo contenía el aire.
—Tranquila. No voy a obligarte a confesar nada todavía.
Se apartó con los ojos abiertos.
—¿Confesar qué?
Mencía nos llamó desde la furgoneta. Renata subió sin esperar respuesta y escogió el asiento junto a la ventana. Me senté a su lado.
—Hay otros lugares —dijo.
—Este tiene mejor vista.
—La ventana está de mi lado.
—No hablaba de la ventana.
Su rodilla chocó con la mía. No la retiró.
Yo tampoco.
Darío encendió el motor. Mencía anunció la primera parada y Renata abrió una libreta llena de horarios. Fingí mirar la carretera mientras imaginaba cuánto tardaría en admitir lo que sentía.
Ella cerró la libreta de golpe.
—Si crees que este viaje cambiará algo entre nosotros, estás equivocado.
Incliné la cabeza hacia ella.
—Eso depende, Renata. ¿Cuántos kilómetros necesitas para admitir que llevas años queriendo besarme?
