Capítulo 3 EL ASIENTO EQUIVOCADO
RENATA
—Necesito cero kilómetros para admitir que quiero empujarte de la furgoneta.
Álvaro apoyó el brazo sobre el respaldo de mi asiento, satisfecho consigo mismo.
—Eso no responde a la parte del beso.
—Porque esa parte solo existe dentro de tu ego.
—Mi ego tiene buena memoria. Acabas de contener la respiración cuando me acerqué.
—Contengo la respiración cerca de muchas cosas desagradables.
Darío soltó una carcajada desde el volante. Mencía le dio un golpe en el hombro.
—Conduce —ordenó ella—. Y ustedes dos intenten no convertir la primera hora en una denuncia.
—Él empezó —dije.
—Renata me amenazó con lanzarme a la carretera.
—No te amenacé. Calculé una posibilidad.
Álvaro giró hacia mí. Su rodilla seguía pegada a la mía. Había espacio suficiente para apartarse, pero parecía decidido a tratar mi pierna como territorio conquistado.
Mencía me había asegurado que estaba enamorado.
Ahora él insinuaba que yo quería besarlo.
Tal vez intentaba obligarme a confesar primero para no exponerse. Era exactamente el tipo de maniobra cobarde que esperaba de un hombre acostumbrado a salir de las relaciones antes de que alguien pudiera pedirle algo.
Decidí no regalarle la victoria.
Apoyé la rodilla con más firmeza contra la suya.
Su sonrisa perdió un poco de seguridad.
—¿Problemas? —pregunté.
—Ninguno.
—Pareces incómodo.
—Estoy intentando decidir si esto también es una amenaza.
—Depende de cuánto tardes en moverte.
—Podrías hacerlo tú.
—Llegué primero.
—La furgoneta es de Darío.
—La dignidad del asiento es mía.
Álvaro se inclinó hasta que su hombro rozó el mío.
—Qué territorial.
—Qué invasivo.
—Qué nerviosa.
—Qué cerca estás de perder un testículo.
Lola subió en la siguiente parada con una mochila amarilla, dos bolsas de comida y una almohada en forma de aguacate. Iván apareció detrás de ella cargando una nevera portátil.
—¿Ya se besaron? —preguntó Lola antes de saludar.
—No —respondimos Álvaro y yo al mismo tiempo.
Lola miró a Mencía.
—Entonces el viaje va retrasado.
—Siéntate —dijo Mencía, demasiado rápido.
Iván acomodó la nevera y ocupó el asiento frente a mí.
—Traje café.
—Por eso eres mi amigo favorito.
Me entregó un vaso. Álvaro leyó mi nombre escrito en la tapa.
—Sin azúcar y con canela.
—Iván sabe escuchar.
—Yo también sé.
—Tú esperas tu turno para hablar.
Iván ocultó una sonrisa. Álvaro tomó mi café, bebió un sorbo y me lo devolvió.
—Ahora tiene algo dulce.
Lo miré.
—Acabas de beber de mi vaso.
—Sobrevivirás.
—No me preocupa la salud. Me preocupa tu necesidad de marcar objetos.
—No marqué el vaso.
Su mirada bajó hacia mi boca.
—Todavía.
El calor me alcanzó antes de que pudiera frenarlo. Lola abrió una bolsa de patatas con un estallido.
—Esto está mejor que cualquier serie.
—No hay nada que mirar —dije.
—Claro. Y yo llevo un aguacate gigante por motivos médicos.
Darío puso música para silenciarnos. La furgoneta tomó la carretera mientras Mencía repartía copias del itinerario. Había señalado horarios, alojamientos y desafíos de la lista adolescente.
—Primera parada: un mirador antes de llegar a Salamanca —anunció—. Allí repetiremos la fotografía que nos tomamos a los dieciocho.
—Yo tenía aparato dental —protestó Lola.
—Álvaro tenía flequillo —dije.
—Renata todavía sonreía —respondió él.
—Sonreía porque aún no te conocía.
La broma aterrizó peor de lo esperado. Álvaro apartó la pierna y miró por la ventana.
Durante cuatro años había disfrutado empujándolo hasta que respondiera. Esta vez, verlo callado me dejó una incomodidad que no quería examinar.
El trayecto continuó entre canciones, discusiones sobre dónde comer y las quejas de Lola porque nadie apreciaba su almohada. Cuando paramos en una gasolinera, Álvaro bajó sin decirme nada.
Lo encontré junto a una máquina de aire, revisando una rueda.
—¿Ahora finges que no existo?
—Pensé que sería un descanso para ti.
—No te sale bien la generosidad.
—Y a ti no te sale bien preguntar si molestaste a alguien.
Me crucé de brazos.
—Era una broma.
—Siempre lo es cuando aciertas donde duele.
—No sabía que tu flequillo seguía siendo una herida.
—No hablaba del flequillo.
La respuesta me quitó el sarcasmo.
Álvaro se enderezó. Tenía grasa en los dedos y una pequeña mancha en la mejilla. Me dieron ganas de limpiársela. Guardé las manos en los bolsillos.
—No te odio —dije.
—Podrías habérmelo comunicado en alguno de estos cuatro años.
—Tú tampoco facilitaste las cosas.
—Intenté explicarte lo del video.
—Después de llamarme fiscal de las camas ajenas.
—Me acusaste de despreciar a todas las mujeres delante de mis amigos y mis clientes.
—La frase fue tuya.
—El montaje no.
Nos quedamos mirándonos entre el ruido de los coches y el olor a combustible.
—¿Qué dijiste realmente? —pregunté.
Álvaro tardó en responder.
—Que una cita no debería parecer una negociación donde uno gana y el otro cede. Hablaba de ser claro antes de acostarse con alguien. Cortaron la primera parte y dejaron una broma estúpida.
—Podrías haberlo dicho así.
—Podrías haberme dejado terminar.
La culpa llegó sin permiso. Antes de encontrar una respuesta, él se agachó para guardar el medidor.
—Álvaro.
—No pasa nada.
—Esa frase significa exactamente lo contrario.
—Entonces ya sabes escuchar.
Volvió hacia la furgoneta. Lo seguí y vi la mancha en su mejilla otra vez.
—Espera.
Lo sujeté del brazo. Él se giró. Levanté la mano y limpié la grasa con el pulgar.
Su cuerpo quedó inmóvil.
El gesto debía durar un segundo. Duró varios.
Álvaro agarró mi muñeca, no para apartarla, sino para mantener mi mano contra su rostro.
—¿Qué haces? —murmuré.
—Comprobando si también limpias la cara de todos los hombres que odias.
—Tenías grasa.
—Iván tiene café en el labio desde que subió.
Miré hacia la furgoneta. Iván estaba hablando con Lola. No tenía nada.
—Mentiroso.
—Te pusiste celosa demasiado rápido.
Intenté retirar la mano. Álvaro me acercó un paso. Su otra palma se apoyó en mi cintura, firme, sin bajar más, aunque mi cuerpo reaccionó como si lo hubiera hecho.
—Suéltame.
—Dilo sin mirar mi boca.
Le sostuve los ojos. Su respiración rozó mis labios.
—Suéltame.
Lo hizo de inmediato.
El espacio que dejó se sintió peor.
Mencía apareció en la puerta lateral.
—¿Interrumpo una pelea o necesito buscar anticonceptivos?
—Una pelea —respondí.
—Todavía —añadió Álvaro.
Subimos. Esta vez, él eligió el asiento del otro lado, junto a Darío. Me enfureció que respetara la distancia que yo había pedido.
Durante los siguientes kilómetros, habló con todos menos conmigo.
En el mirador, Mencía organizó la fotografía. Iván se colocó a mi lado, pero Álvaro intercambió lugares con él.
—La foto original era así —explicó.
Su mano se apoyó en mi cintura cuando el temporizador comenzó. Yo debía sonreír. En cambio, sentí cada dedo a través de la camiseta.
—No tiembles —susurró.
—Tengo frío.
—Estamos a treinta grados.
La cámara parpadeó. Álvaro no retiró la mano.
—¿Cuánto tiempo piensas seguir fingiendo que no sientes nada? —pregunté.
Su pulgar rozó mi costado.
—Hasta que dejes de fingir que esta guerra empezó porque me desprecias.
Giré hacia él. Nuestros rostros quedaron separados por un suspiro.
—Entonces prepárate para perder.
Álvaro sonrió, pero sus ojos no estaban jugando.
—No, Renata. Prepárate tú, porque voy a hacer que me pidas ese beso antes de llegar al primer dormitorio y no pienso aceptar otra mentira.
