Capítulo 4 LA PERSONA QUE MÁS MIEDO ME DA
ALVARO
—No pienso pedirte un beso aunque seas el último hombre con boca sobre la Tierra.
Mantuve la mano en la cintura de Renata mientras la cámara terminaba la cuenta regresiva.
—Entonces tendré que esperar a que aparezca una especie nueva.
—O aprender a vivir sin acosar a las existentes.
—No te estoy acosando.
—Me prometiste una guerra de seducción delante de cinco testigos y una cámara.
—La cámara está a veinte metros.
—Tu ego proyecta sonido.
Mencía había programado varias fotografías. En la última, Renata seguía con una mano apoyada sobre mi pecho. Yo podía sentir la presión de sus dedos a través de la camiseta y tenía que fingir que aquello no me estaba desordenando la respiración.
Darío me había asegurado que estaba enamorada de mí.
Renata, en cambio, me miraba como si estuviera calculando dónde esconder mi cadáver.
Lola corrió hacia la cámara.
—Esta va directa al álbum de la boda.
Mencía palideció.
—¿Qué boda?
Lola se quedó inmóvil.
Darío tosió.
—La boda de alguien. En general. El concepto de boda.
Iván levantó una ceja.
—Eso sonó normal.
Mencía le arrebató la cámara.
—Quiso decir que la fotografía parece de una boda.
—Parece de una película donde dos personas se matan durante la luna de miel —dijo Renata.
Retiré la mano de su cintura antes de olvidar que estábamos rodeados.
—A ti te tocaría esconder el cadáver.
—A ti te tocaría serlo.
Volvimos a la furgoneta. Mencía anunció que debíamos completar el primer desafío de la lista: elegir algo que hubiéramos temido hacer a los dieciocho y cumplirlo antes de llegar al alojamiento.
—Yo temía dormir sin luz —dijo Lola—. Fácil. Dormiré de día.
—Eso es hacer trampa —respondió Iván.
—Eso es reinterpretar una norma escrita por adolescentes borrachos de refresco.
Darío leyó su papel.
—Yo tenía miedo de cantar delante de desconocidos.
—Sigues cantando mal delante de conocidos —dije—. El crecimiento será mínimo.
Mencía repartió los desafíos. Renata abrió el suyo y lo dobló enseguida.
Intenté leerlo.
—Ni se te ocurra.
—Ahora necesito saberlo.
—Necesitas una afición.
—La tengo. Viajar.
—Una que te mantenga lejos de mí.
—Entonces dejaría de ser divertida.
Guardó el papel. Yo abrí el mío.
Besar a la persona que más miedo me dé.
A los dieciocho había escrito aquello después de ver a mi padre romper una puerta porque mi madre quiso salir con sus amigas. En ese tiempo pensaba que el miedo tenía rostro masculino, voz alta y puños cerrados.
Ahora llevaba pendientes dorados, una camiseta blanca y una boca que me hacía olvidar argumentos.
Oculté el papel.
—¿Qué dice? —preguntó Renata.
—Necesitas una afición.
—Te demandaré por plagio.
—Tendrás que demostrar que la frase era original.
Mencía condujo y Darío ocupó el asiento delantero. Lola e Iván fueron atrás. Me senté junto a Renata aunque una hora antes ella había pedido distancia.
—Creí que querías alejarte —dijo.
—Quería que lo pidieras sin amenazas.
—Lo hice.
—Dijiste “suéltame” mientras me tocabas la cara.
—Te limpiaba grasa.
—Con ternura.
—Con higiene.
Abrí una bolsa de caramelos y dejé uno de limón sobre su rodilla.
—No acepto comida de depredadores.
—Te gustan.
—Eso no los vuelve seguros.
—Cuatro años observándome y desconfías de mis caramelos.
Me miró rápido.
—No llevo cuatro años observándote.
—Sabes qué café tomo, cuándo viajo y qué canciones salto.
—Información preventiva.
—Claro. Como el vino que derramaste sobre mis zapatos cuando Claudia me besó.
—El suelo estaba desnivelado.
—Cruzaste cuatro metros para tropezar.
Tomó el caramelo y lo desenvolvió con una dignidad que me dio ganas de besar sus dedos.
—Esto no cambia nada.
—Ya cambió tu aliento.
—Eres repugnante.
—Y tú te lo comiste.
Una hora después, la furgoneta empezó a vibrar. Mencía redujo la velocidad.
—Eso no suena bien.
Darío miró el tablero.
—Quizá sea la carretera.
Un golpe seco inclinó el vehículo. Mencía consiguió detenerse en el arcén.
Abrí la puerta.
—Nadie baje hasta que revise.
—Puedo ayudar —dijo Renata.
—Puedes esperar.
Su expresión cambió.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—El tono de hombre que cree que proteger significa ordenar.
La acusación me alcanzó donde ella no podía saber.
—El arcén es estrecho, pasan camiones y no sabemos qué ocurrió. No estoy decidiendo por ti. Estoy evitando que abras la puerta hacia el tráfico.
Un camión pasó tan cerca que la furgoneta tembló.
Renata cerró la boca.
—Eso fue una demostración manipuladora del universo.
—Presentaré una queja.
Bajé por el lado contrario. Iván y Darío me siguieron. Después golpeé la ventana y señalé el campo para que ellas salieran por allí.
El neumático trasero estaba destrozado y el repuesto, desinflado.
—No hay señal —dijo Mencía.
—Vi una gasolinera a siete kilómetros —comentó Iván.
Darío tomó una botella.
—Voy caminando.
—Yo también —dijo Mencía.
—Ni hablar. Quédate con la furgoneta.
Ella lo fulminó.
—No vuelvas a decirme eso.
—No era una orden.
—Sonó exactamente como una.
Lola empezó a reír.
—El viaje apenas comenzó y ya tenemos dos parejas peleando por quién manda.
—No somos pareja —dijimos Renata y yo.
Mencía y Darío repitieron lo mismo medio segundo después.
—Voy a disfrutar muchísimo estos veintiún días —declaró Lola.
Iván y Darío fueron por ayuda. Me tumbé bajo la furgoneta para revisar que el golpe no hubiera dañado nada más.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Renata.
—Sujeta la linterna.
Se arrodilló junto a mí. Dirigió la luz al eje, luego la dejó descender hasta mi cadera.
—Más a la izquierda.
Movió la linterna.
—Esa es mi cadera.
—Lo sé.
—Entonces deja de iluminarla.
—No estaba mirando.
Salí deslizándome y quedé entre sus rodillas. Su respiración se detuvo. La mía también.
—Mientes fatal.
—Tú interpretas demasiado.
Apoyé las manos a ambos lados de sus piernas. Podía levantarme. Preferí quedarme.
—¿Qué decía tu desafío?
—No te importa.
Saqué mi papel.
—El mío dice que debo besar a la persona que más miedo me dé.
Renata leyó la frase.
—Eso no lo escribiste a los dieciocho.
—Compruébalo.
—Podrías besar a Darío.
—No me da miedo.
—Lola conduce.
—Eso da miedo, pero no de la clase correcta.
Mi pulgar rozó su rodilla. Ella no se apartó.
—Dime que pare.
—Deberías saberlo sin preguntarme.
—No. Eso es lo que hacemos mal. Suponemos, juzgamos y atacamos antes de escuchar.
La tensión abandonó su rostro.
—No te estoy pidiendo que me beses —continué—. Solo que seas sincera una vez.
Mi boca quedó cerca de la suya. Darío tenía razón. Renata sentía algo. Podía verlo en sus pupilas, en la forma de mantener abiertas las piernas alrededor de mí, en ese temblor que jamás admitiría.
—Me asusta que Mencía tenga razón —susurró.
Me quedé inmóvil.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Un motor apareció en la carretera. Renata se apartó antes de que regresaran los demás.
Me puse de pie con el papel aún en la mano. Darío bajó de la grúa y me dedicó una mirada interrogante. No podía responderle. La mentira que me había contado acababa de parecer demasiado cierta.
Renata se alejó hacia Mencía. Yo la seguí y hablé junto a su oído.
—Ya cumpliste tu desafío; ahora me toca decidir si la mujer que más miedo me da es la única a la que quiero besar.
