Capítulo 5 EL PRIMER DORMITORIO
RENATA
—Si vuelves a decir que quieres besarme, te dejo durmiendo con la rueda pinchada.
Álvaro caminó a mi lado mientras la grúa levantaba la furgoneta.
—No dije que fuera a hacerlo.
—Dijiste que querías.
—Son cosas distintas.
—Solo para los hombres que complican verbos sencillos.
—Y para las mujeres que confiesan tenerme miedo y después huyen.
Me detuve.
—No huí.
—Te alejaste tan rápido que casi atropellas a Lola.
A varios metros, ella levantó la cámara.
—¡La luz estaba perfecta!
—¡Borra todo! —grité.
El mecánico informó que tardaría cuarenta minutos. Mencía propuso esperar en una cafetería. Álvaro pasó junto a mí y rozó sus dedos con los míos.
No me sujetó. No necesitó hacerlo.
Mi cuerpo recordó su mano en mi cintura, su cara entre mis rodillas y la pregunta que había dejado abierta.
La persona que más miedo me daba.
La única a la que quería besar.
Mencía me arrastró hacia los baños en cuanto entramos.
—¿Qué ocurrió debajo de la furgoneta?
—Revisamos daños.
—Lola tomó una foto en la que Álvaro parece a punto de pedirte matrimonio.
—Estaba comprobando una pieza.
—¿Con la mano sobre tu rodilla?
—Su método carece de rigor técnico.
Mencía cerró la puerta.
—Renata, él está enamorado de ti. No lo provoques solo para demostrar que puedes.
—No pienso hacerle daño.
—Llevas cuatro años deseando ganarle cada discusión.
—Porque convierte cada conversación en una competencia.
—Tú también.
—Yo compito con argumentos.
—Ayer dijiste que su barba parecía una deuda vencida.
—Era un argumento visual.
Mencía no sonrió.
—Prométeme que, si no sientes nada, vas a detener esto.
No pude responder con rapidez. Eso fue una respuesta.
Ella abrió mucho los ojos.
—Te gusta.
—Me irrita.
—Eso no contradice lo anterior.
—No sé qué siento. Hace una hora creía que todo era una provocación. Ahora pienso que quizá ha estado esperando que yo lo note.
—Entonces escucha antes de atacar.
Regresamos a las mesas. Darío y él hablaban en un rincón. Al verme, Darío se apartó como si escondiera explosivos.
—¿Qué traman? —pregunté.
—Decidimos quién conduce —respondió Álvaro.
—Mientes.
—No tengo pruebas de que sepas reconocerlo.
—Tu ceja izquierda sube.
Me reí antes de evitarlo.
Él me observó quieto, sin burla.
—Deberías hacer eso más seguido.
—¿Detectar tus mentiras?
—Reírte conmigo.
La camarera dejó seis cafés y Lola soltó un suspiro.
—Continúen. Me gusta desayunar con tensión sexual y bollería industrial.
Iván le acercó una servilleta.
—Llevamos menos de un día.
—A este ritmo, en Portugal tendrán un hijo universitario.
Álvaro bebió café sin apartar los ojos de mí.
—No adelantemos acontecimientos.
—Gracias —dije.
—Primero tiene que pedirme el beso.
Le lancé un sobre de azúcar. Lo atrapó.
La reparación terminó al anochecer. Llegamos al alojamiento dos horas tarde y bajo una lluvia que convirtió el estacionamiento en barro. La mujer de recepción revisó la reserva.
—Hubo un problema con las habitaciones.
Mencía dejó caer la mochila.
—No puede haberlo. Confirmé ayer.
—La tormenta cerró la carretera del norte. Solo queda un dormitorio.
Todos miraron a Álvaro y a mí.
—¿Por qué nos miran? —pregunté.
Lola abrazó su almohada de aguacate.
—Porque el universo tiene sentido del humor.
La encargada nos condujo a una habitación con tres literas, un baño y una ventana que no cerraba bien. Había seis colchones estrechos y ninguna división.
—No es tan grave —dijo Iván.
—Roncas —respondió Lola.
—Tú hablas dormida.
—Mis discursos nocturnos son privados.
Darío eligió la litera junto a la puerta. Mencía ocupó la cama inferior. Iván y Lola discutieron por la ventana. Quedaron dos camas en la litera central.
Álvaro dejó su mochila arriba.
—Puedes dormir abajo.
—No necesito que me cedas nada.
—No es caballerosidad. Si duermes arriba, podrías caer sobre mí y convertirlo en una fantasía.
—Tu imaginación necesita tratamiento.
—La tuya acaba de visualizarlo.
Odié que tuviera razón.
La lluvia empeoró mientras nos turnábamos para ducharnos. Cuando salí, llevaba pantalones cortos y una camiseta. Álvaro estaba junto a la litera, quitándose la camisa mojada.
Había visto hombres sin camiseta. Ninguno había tenido la indecencia de ser Álvaro.
La espalda se movió cuando levantó los brazos. Una línea de agua bajó desde su nuca hasta el borde de los vaqueros.
Él giró.
—Puedes mirar. Cobro menos a los amigos.
—No somos amigos.
—Entonces pagarás la tarifa completa.
—Solo comprobaba si tenías alguna lesión.
—Tengo una cerca de la cadera.
—Busca a Iván. Es chef, pero sabe usar hielo.
Álvaro caminó hacia mí sin camisa.
—Podrías revisarla tú.
—Podría empeorarla.
—Eso espero.
Mi espalda tocó la puerta del baño. Él se detuvo a un paso. No me encerró. Dejó espacio para que pudiera apartarme, lo cual resultó más provocador que cualquier contacto.
—Mencía dice que debo escucharte —murmuré.
—Darío dice que debo comportarme.
—Por una vez, háganles caso.
—Tú primero.
Su mirada recorrió mis piernas y regresó a mi cara. No fingió no haberlo hecho.
—¿Qué quieres escuchar? —preguntó.
La pregunta verdadera estuvo a punto de salir.
¿Cuánto tiempo llevas enamorado de mí?
En lugar de eso, señalé su cama.
—Quiero silencio durante ocho horas.
—Imposible.
—¿Roncas?
—No. Pero hablo dormido.
—¿Qué dices?
Se inclinó hasta que su boca quedó junto a mi oído.
—Los nombres de las mujeres que no consigo olvidar.
El pulso me golpeó en la garganta.
—Qué repertorio tan largo.
—Últimamente solo repito uno.
Antes de que pudiera preguntar, las luces se apagaron.
Lola gritó desde el fondo.
—¡Si alguien aprovecha la oscuridad para acostarse con alguien, exijo un ritmo respetuoso!
—Voy a matarla —dije.
Álvaro soltó una risa cerca de mi cuello.
Su mano encontró mi cintura cuando tropecé. Yo apoyé ambas palmas sobre su pecho. Estaba caliente, húmedo y demasiado firme para pensar.
—Renata —dijo.
—No te muevas.
—Eres tú quien me está tocando.
—Porque no veo.
—Podrías retirar las manos.
No lo hice.
Un relámpago iluminó la habitación. Su rostro estaba a centímetros. La lluvia golpeó la ventana, pero solo escuché nuestra respiración.
Álvaro levantó una mano y rozó mi mejilla.
—Pídemelo.
—No.
—Entonces dime que pare.
Mi boca se abrió. Ninguna palabra salió.
Él acercó los labios, pero se detuvo.
—No voy a besar a una mujer que cree que ya me tiene ganado.
Lo empujé. Las luces regresaron cuando él daba un paso atrás.
Todos nos miraban.
—¿Interrumpimos algo? —preguntó Iván.
—Un intento de homicidio —respondí.
Me metí en la cama inferior y cerré la cortina improvisada con una toalla. Escuché a Álvaro subir a la litera. El colchón crujió sobre mi cabeza.
Mencía apagó la lámpara media hora después. La lluvia continuaba afuera.
Yo seguía despierta cuando la voz de Darío llegó desde la otra litera.
—Álvaro, ¿duermes?
—No.
—¿Vas a contarle la verdad?
Hubo un silencio.
—Todavía no.
Apreté la sábana.
No sabía qué verdad escondía, pero por primera vez temí que Mencía estuviera equivocada.
Álvaro bajó de la litera y abrió mi cortina. Se agachó frente a mí.
—Escuchaste.
—Lo suficiente.
—Entonces sabes que tenemos una conversación pendiente.
—Habla.
Sus ojos bajaron a mi boca.
—Mañana. Cuando pueda demostrarte que la mentira más peligrosa de este viaje no es la que te contaron sobre mí, sino la que repites cada vez que dices que no me deseas.
