Capítulo 0 "Dinastía"

 Alexander

Le apunté directamente a la cabeza cuando volvió a mentir, ya estaba harto de sus juegos y rodeos, estaba a punto de matarlo sin importarme que no obtuviera la respuesta que necesitaba con tal de dejar de escucharlo hablar sandeces.

Recordé las palabras de mi padre aquella mañana, me había repetido varias veces que lo necesitaba vivo, la información que tenía aquel sujeto era sumamente importante para la captura del asesino de mi hermano.

—Habla de una vez maldita lacra y dime dónde se esconde el malnacido de tu jefe, quiero nombre y lugar —le ordené, apuntándolo en el medio de la frente.

—Jódete —contestó el rehén con los labios llenos de líquido rojo, sus ojos a penas podían abrirse por lo hinchado de su rostro.

Yo, a pesar de haber estado siempre alejado de este tipo de torturas, sentía una gran satisfacción cada vez que mi padre me encomendaba algún trabajo. Disfrutaba golpear a todo aquel que osara desafiarme a mí o a los míos, mis puños estaban marcados con cicatrices que me recordarían toda la vida que nací para causar dolor y provocar el respeto de mis enemigos.

Sonreí de medio lado al escucharlo, desvié mi arma a la derecha y le pegué un tiro en el hombro. Un grito de intenso dolor salió junto a coágulos carmesí de la boca del traidor, el balazo no era mortal, pero fue suficiente para chillar y retorcerse.

Habían pasado dos años de la tragedia y el traidor seguía libre. Mi hermano, Sandro Gabini, se estaba preparando para tomar el mando, nuestro padre: Carlo Gabini, así lo había decidido cuando le diagnosticaron cáncer de colon en segunda fase, aunque todavía habían esperanzas y la enfermedad recién estaba comenzando, temía morir antes de que alguno de nosotros siguiera la dinastía de los Boss, título que solo podía llevar el líder de la mafia.

Para probar su honor, se le asignó la tarea de liquidar la familia completa de los Martín, quienes estaban desobedeciendo ordenes protegiendo a un exiliado de Estados Unidos. Aquello estaba prohibido, por ningún motivo podían esconder a prófugos de norteamérica, poniendo en riesgo la identidad de los líderes, cuyos nombres y rostros estaban incógnitos en la sociedad.

Cuando Sandro y sus hombres llegaron a la hacienda de los Martín, fueron emboscados por el prófugo que había conseguido que esa familia completa lo respetara, asesinó a Sandro y le envió una caja con una de sus manos a nuestro padre, haciéndole creer durante año y medio que su hijo mayor estaba secuestrado. No fue hasta que capturaron a un guardia del exiliado y este confesó, que supieron al fin lo que habían hecho con mi hermano.

—Víctor está esperando mi orden para matar a tu hija, vuelve a negarte y la próxima bala será para ella. Luego le sigue tu mujer, tu madre, tus perros, y todo aquel que lleve tu asquerosa sangre —le informé poniendo mi dedo sobre el gatillo, mientras Víctor, su mano derecha, colocaba el celular en su oído para ordenar la primer ejecución.

—¡No, mi hija no! Puedes matarme a mí, miserable, no toques a mi familia —balbuceó como pudo, entre quejidos.

—Muerto no me sirves, última oportunidad. Víctor...

—Sí mi señor.

—¡Espera! Está bien, te diré todo, pero primero quiero la seguridad de que mi familia está a salvo.

—Bien.

Yo no estaba tan comprometido con la dinastía hasta que el asesinato de mi hermano fue comprobado, toda mi vida me había mantenido al margen de la mafia y supe separar la sangre de mi trabajo. Cubrir mi identidad tras la fachada de un reconocido empresario de vienes raíces, divorciado y con dos hijos, había condicionado mi posición de una persona normal. A mis treinta y dos años ya tenía fundada una organización de contrainteligencia que iba dirigida al crecimiento de negocios de alto rango. Cientos de miles de empresarios asistían a mis conferencias, y otros cuantos morían por cerrar contratos multimillonarios conmigo.

«Una vez hayas dicho todo lo que quiero, me aseguraré de que no veas nunca más los rayos del sol». Pens

é, antes de cumplir con mi palabra.

Siguiente capítulo