Capítulo 2 "Se busca una niñera"
Nora
El helado era la mejor medicina para todos mis males. Ahí estaba yo, sentada de piernas cruzadas sobre el sofá mientras veía la novela más romántica que pude encontrar. En ocasiones lloré con la protagonista, también me reí de las escenas cursis y hasta suspiré de envidia al pensar que esas cosas solo pasaban en la televisión.
Los golpes en la puerta reactivaron mi noche. Ya me imaginaba de quién se trataba, así que de un brinco fui hasta la puerta para darle la bienvenida a la única amiga que había mantenido contacto conmigo después de la universidad.
Mi vida escolar no fue ni siquiera la mitad de buena de lo que pensé. Cometí el error de seguir los consejos de mis padres y estudié una carrera que terminó por decepcionarme más de lo que esperaba. Para ser médico debía tener vocación y fortaleza mental, entre otras características, claro, pero de las dos mencionadas no tenía ni pizca. Quedarme como una piedra al recibir accidentados y desmayarme cuando veía mucha sangre me hizo repetir varios semestres, y mi inteligencia no me ayudó a obtener muy buenos resultados en mi último año. Dejarlo todo, discutir con mis padres y conseguir trabajo en lo que apareciera fue exactamente lo que hice.
—¿Qué haces así? —me cuestionó Linda, abriéndose paso al interior del acogedor apartamento.
—¿Así cómo?
—Te ves como yo cada que me dejan —señaló mientras se dirigía al refrigerador. Se sirvió un vaso de agua y se sentó encima de la isla de la cocina.
—No es cierto, estoy en pijama porque ya es tarde, y el helado sabes que cura mi depresión cada vez que me echan de algún curro —aseguré con desgano. No podía creer todavía que hubiera durado tan poco.
—Pues mira, voy a ayudarte a buscar empleo. Venga, que hoy es miércoles y me toca dormir contigo.
Pusimos manos a la obra y, sentadas en el sofá, dedicamos varias horas a buscar algo en lo que yo pudiera durar más. Descartamos aquellos relacionados con lavar platos, ser mesera, dependienta, peluquera, enfermera y todos aquellos en los que la sangre y el cristal estuvieran directamente implicados. Había tenido experiencias fatales cada vez que agarraba una bandeja con vasos y platos; siempre terminaban rotos y yo despedida.
—¿Qué te parece este? —me preguntó Linda, mostrándome un anuncio donde se buscaba con urgencia una niñera.
—No lo sé, ni siquiera tengo hermanos, jamás he tratado con niños. —Torcí los labios con resignación.
—No hay nada que Google no solucione. Descárgate guías de psicología infantil, mira tutoriales de cómo ser una buena madre, lo estudias todo y gualá. Además, estudiaste sobre eso en algún semestre, seguro podrás dominarlo.
—No es tan fácil. Seguro me piden mi currículo y ambas sabemos que ni siquiera tengo mis papeles de dimisión del hospital al día.
—Tengo un amigo que tiene un amigo que nos puede ayudar.
—Ni pensarlo, Lin. Gracias, pero paso.
La idea de falsificar un currículo laboral me hizo estremecer. Bien sabía las consecuencias que traería para mí si me descubrían. Mi padre era abogado y crecí con un hombre que me recitaba las leyes cada vez que hacía algo incorrecto.
—¿Acaso leíste la pasta que recibirás si eres contratada?
Al ver mi negativa, mordió su labio inferior y giró la computadora para que pudiera mirar aquella cifra tan increíble.
—Jamás en tu vida, ni siquiera vendiendo ese hermoso cuerpo que tienes, vas a ganar tanto.
Tantos ceros me dejaron atónita. Mordí mis uñas con ansiedad e ignoré el parloteo de Linda, que no dejaba de insistir a mi lado. ¿Y si me aventuraba a hacerlo? ¿Qué tan malo sería desafiar una vez más a mi padre? ¿Qué probabilidades tenía de salir ilesa de esa descabellada idea?
—Ups, hay un problema... bueno, uno no, tres —interrumpió mis pensamientos, mostrándome una vez más la pantalla—. No es uno, sino dos niños, un chico y una chica. El problema número tres se llama Alexander Gabini, es el padre de los mellizos y ya sabes lo que se cuenta de esa familia. Uf, nena, creo que mejor seguimos buscando. ¿Qué te parece cuidar perritos en un albergue...?
—No —contesté decidida. O casi. Mi mente no lo tenía claro, pero mi corazón me impulsaba a dar el primer paso.
—¿Estás segura? —insistió mi amiga, clavando en mí su mirada azul para asegurarse de que no fuera un estúpido impulso.
—Sí.
—¿Y tu padre...?
—Quizá por él quiero hacerlo. Lleva toda la vida usándome como una marioneta. Es mi turno de hacer lo que yo quiera, y si para eso tengo que cuidar a dos niños y lidiar con un multimillonario arrogante y malhumorado...
—Y sádico, y mujeriego... Ah, y líder de una secta satánica, oí decir —agregó Linda, haciendo que tragara saliva con dificultad y me acomodara mejor en mi lado del sofá.
—Pues la respuesta es que sí. ¿Dónde contacto al amigo de tu amigo?
