Capítulo 3 "La entrevista con el señor Gabini"
Nora
Acomodé por última vez mi falda blanca ajustada y me aseguré de que mis pechos no pronunciaran demasiado el escote. Si me estaba presentando a una solicitud de trabajo para ser niñera, debía parecer lo más formal posible, cosa que no fue difícil para mí, ya que siempre había tenido un aspecto sencillo y admirable.
Esperé en la puerta de la ostentosa mansión luego de ser anunciada por el portero y, mientras aguardaba en el último escalón, recorrí los alrededores con la vista. Me había criado en una buena familia y estaba al tanto de que las personas adineradas necesitaban escoltas las veinticuatro horas, pero contar aproximadamente a veinte hombres custodiando la mansión me resultó exagerado.
Finalmente la puerta se abrió y me recibió una señora sonriente, quien con amabilidad me invitó a entrar. Sumergirme en tanta elegancia me dejó asombrada y mis ojos admiraron cada detalle mientras era guiada por un pasillo amplio. La criada entró al despacho, dejándome esperando afuera, y tras un par de minutos salió para desearme buena suerte con una sonrisa amarga antes de marcharse, indicándome que podía entrar.
Nerviosa, jalé la manija y crucé el umbral, cerrando tras de mí. La oficina estaba meticulosamente ordenada y amueblada con elegancia. Había dos libreros y un escritorio con un hombre sentado detrás.
—Hola, soy Nora Patson, un placer —me presenté extendiendo la mano, la cual fue correspondida con un suave apretón.
—Gerad Cross, el placer es mío, siéntese por favor —dijo señalándome el cómodo sillón para después extenderme una carpeta—. Hemos recibido múltiples solicitudes; sin embargo, no hemos contratado aún a la persona correcta para este trabajo. La razón de esto es muy importante para el señor Gabini. Él quiere a una mujer que no solo se encargue de cuidarlos, sino también que ame lo que hace y cumpla con todos los requisitos y normas. Quisiera que me contara más acerca de su experiencia, pero primero me gustaría que leyera nuestras exigencias y valore si se cree capaz de cumplir con cada una de ellas.
No había procesado completamente sus palabras cuando tomé la carpeta que me ofrecía Gerad. Mientras leía cada línea, más me arrepentía de haber ido a la entrevista. ¿Y si me pillaban? ¿Cuál sería la reacción de ese agradable hombre si descubría lo que estaba haciendo? Intenté ignorar esos pensamientos intrusivos y me concentré en los requisitos del contrato.
Algunos me parecieron comunes, mientras que otros los encontré muy extraños. Entre ellos, uno de los que más me confundió fue el que prohibía salir al patio el primer domingo de cada mes después de las tres de la tarde.
Aunque no lo entendí del todo, decidí reservarme la pregunta para otra ocasión. Los horarios eran extremos, pero entendibles. Las madres no descansan, y eso era precisamente lo que ese hombre estaba buscando: una madre sustituta con el sobrenombre de niñera como tapadera. Comenzaría a las ocho de la mañana y terminaría a las ocho de la noche, con horarios de desayuno, almuerzo y cena, sin oportunidad de dormir una siesta durante el día. Definitivamente no querían a una mujer floja.
Otro punto que me hizo tragar saliva con dificultad fue uno de los señalados con tinta roja: debía vivir en la mansión durante los dos primeros años obligatorios del contrato.
—Entonces, ¿qué le pareció? —me cuestionó al verme cerrar la carpeta y situarla sobre la mesa. Desde que llegué había sido de pocas palabras, por lo que empecé a dejarme llevar para ganarme su buena opinión.
—Muy justo. La verdad, no le veo dificultad alguna. Estaría encantada de cuidar a dos preciosas criaturas el tiempo que se me establezca. Soy hija única, mis padres no pudieron darme más hermanos y supongo que ese deseo se está viendo reflejado en mi juventud. Creo que esta es mi oportunidad de complacer ese sueño de tener un hermano menor.
Finalmente había escuchado una respuesta llena de sentimientos y asintió en aprobación antes de continuar haciéndome preguntas. Para mí, aquellas palabras tenían muchísima carga emocional. Esa confesión no formaba parte de mi red de mentiras para ganarme el empleo.
—Gerad, necesito que vayas al jardín con Víctor. Chloé está aquí y si salgo yo haré una locura.
La imponente voz masculina me hizo palidecer. Repentinamente sentí ganas de salir corriendo de allí, pero la idea de hacer el ridículo frente a dos desconocidos me detuvo. Ni siquiera giré la cabeza para mirarlo. Me hundí en el sillón y apreté mi bolso contra el pecho, como si de esa forma pudiera escapar de la situación que yo misma había provocado.
Gerad me miró reflejando disculpas, se levantó del asiento y yo hice lo mismo.
—Señorita Patson, disculpe el inconveniente, le agendaré otra cita para mañana...
—Estás perdiendo tiempo, vete que yo me encargo de ella —interfirió su jefe mientras avanzaba dándole la orden.
Cuando pasó cerca de mí, su perfume recorrió mis pulmones y el color negro de su cabello llamó mi atención. Gerad se retiró rápidamente y yo me puse todavía más tensa. Volví a sentir el impulso de irme y esta vez sí tomé la iniciativa para marcharme.
—Puedo regresar mañana, señor Gabini. No le robo más tiempo.
Intenté girarme sobre mi propio eje sin mirarle todavía la cara y, al dar el primer paso, su voz me hizo detenerme.
—No tengo nada mejor que hacer ahora. Mi tiempo es oro, aprovéchelo y siéntese.
No pude escapar de su orden seca y clara. No estaba siendo amable por atenderme, simplemente estaba haciendo lo que mejor se le daba con las personas de su alrededor: mandar.
Me di por vencida y regresé al sillón, no sin antes tomar un suspiro y mirar por primera vez en persona al hombre más codiciado y poderoso del país, y posiblemente de varias naciones del mundo entero.
La imagen que vendían las revistas no le hacía justicia. Poseía los mismos rasgos que estaba acostumbrada a ver en internet, pero su aura atractiva y extrañamente oscura estaba a millones de kilómetros de este mundo.
Alexander
La observé con curiosidad, de pie al lado de mi escritorio. Pensé en tomar asiento, pero preferí reclinarme sobre la mesa con los brazos cruzados. No iba vestido tan elegante; fuera de los horarios de mi empresa solía llevar camisas de mangas largas y pantalones ajustados.
Ella, por su parte, lucía formalmente adorable con ese traje de secretaria sensual y cara de universitaria asustada en su primera entrevista de trabajo. Con la diferencia de que hacía un par de años había terminado la universidad y que aquella no era precisamente su primera entrevista laboral.
—¿Tu nombre es? —comencé, tuteándola con toda la confianza del mundo.
—Nora... Nora Patson.
Me extendió su mano y le dí una caricia indiscreta en respuesta.
Acostumbrado a ganarme la atención de toda mujer que se acercaba a mí, no pude rechazar la oportunidad de rozar la palma de su mano de forma atrevida.
—Alexander Gabini, pero supongo que eso ya lo sabes.
Ella asintió y solté su mano.
—Podemos ir al grano y acelerar el proceso, ¿no crees?
—Claro. Le decía al señor Gerad que me creo capaz de asumir las responsabilidades del trabajo.
—Bien, entonces echemos un vistazo a tu currículo y, si tienes la suficiente experiencia, el trabajo es tuyo. Necesito con urgencia resolver esta situación; están creciendo demasiado rápido.
Ella se puso pálida, no podía negarse. Estaba allí por un objetivo y nada podría salirme mal.
Sin pensarlo más, me extendió sus documentos, y yo, buscando la forma de coquetear de manera descarada, agarré su sillón y lo arrastré hacia adelante, acercándola sin el menor disimulo.
—No estés nerviosa, no voy a morderte... Por ahora.
—¿Qué?
La pregunta le salió de forma sugestiva. Noté que Nora empezaba a relajarse y una sonrisa cargada de picardía apareció en mi rostro.
—Tengo una propuesta para ti. Pero antes, basta de tanto silencio. Si vas a trabajar para mí, necesito que te olvides de quién soy por unos minutos y escuches atentamente lo que quiero proponerte.
—De acuerdo.
—Esto de aquí —señalé el currículo— es una ofensa hacia mí. Nadie, jamás, se había atrevido a desafiarme de esta forma.
—Lo siento mucho.
—No creo que lo sientas, no después de tanto atrevimiento.
Le sujeté la barbilla, tomándola por sorpresa.
—¿Qué más estarías dispuesta a hacer?
—¿A qué te refieres?
