Capítulo 2 CAPITULO 2

ISAMAR

Mis rodillas amenazan con ceder.

Intento mantenerme erguida, pero el cuerpo finalmente me traiciona.

Me inclino hacia él.

Su mano encuentra mi cintura antes de que pueda caer.

Firme.

Segura.

Como si supiera exactamente dónde sostenerme.

—Despacio —murmura.

El calor de su mano atraviesa la tela de mi vestido.

Posesivo de una manera que debería asustarme.

Quizás debería.

Pero hay algo en la forma en que me sostiene que no se siente como una amenaza. No me obliga a acercarme. No intenta aprovecharse de mi debilidad.

Simplemente espera.

Y eso, de alguna manera, resulta todavía más peligroso.

Levanto los ojos hacia él.

Ahora que estamos más cerca puedo ver detalles que antes no había notado: la línea marcada de su mandíbula, la sombra de barba, las pequeñas arrugas junto a sus ojos que desaparecen cuando vuelve a adoptar esa expresión seria.

Es demasiado atractivo.

Demasiado oscuro.

Demasiado peligroso.

Y, definitivamente, demasiado cerca.

—¿Puedes caminar? —pregunta.

—Por supuesto.

Intento dar un paso.

Mi tobillo protesta.

Él arquea una ceja.

—Claro.

—No te burles.

—No me estoy burlando.

—Lo estás pensando.

Una pequeña sonrisa aparece en su boca.

—Tal vez.

Maldito hombre.

Me ayuda a recuperar el equilibrio y retira lentamente la mano de mi cintura.

El contacto desaparece.

Y me sorprende descubrir que lo extraño inmediatamente.

¿Qué carajo me pasa?

Hace apenas unos minutos estaba aterrorizada.

Ahora estoy aquí, frente a un desconocido, intentando convencerme de que no me gusta la manera en que me toca.

No está funcionando.

—Ven, devotchka —dice.

La palabra rusa se enrosca alrededor de su voz como humo.

No sé exactamente qué significa, pero la manera en que la pronuncia hace que parezca algo íntimo.

—¿Qué significa eso?

Sus ojos brillan.

—Pequeña.

—¿Pequeña?

—Sí.

—No soy pequeña.

Me mira de arriba abajo.

—Eso ya lo sé.

Mi rostro se calienta.

—Eres insoportable.

—Y tú estás herida.

—Estoy perfectamente bien.

—Estás a punto de caerte otra vez.

Abro la boca para responder.

No encuentro nada.

Él tiene razón.

Otra vez.

Salimos del callejón.

La calle está prácticamente vacía. Las luces de los edificios se reflejan sobre el pavimento húmedo y, por primera vez desde que escapé de la mansión, puedo respirar un poco mejor.

Entonces veo su automóvil.

Está estacionado junto a la acera.

Es elegante, oscuro, de un verde tan profundo que casi parece negro bajo las luces de la calle.

Una bestia silenciosa.

Elegante.

Potente.

Diseñada para pasar desapercibida y, al mismo tiempo, llamar la atención de cualquiera que sepa reconocer un automóvil de lujo.

Me detengo frente a él.

—¿Es tuyo?

—Sí.

—¿Siempre conduces algo así?

—Cuando quiero.

—Qué modesto.

—No pretendía serlo.

Me río.

No puedo evitarlo.

Es extraño.

Hace unos minutos había tres hombres intentando atacarme.

Ahora estoy conversando tranquilamente con el hombre que los derribó.

Mi sentido común debería estar gritando.

De hecho, lo está.

Pero no lo estoy escuchando.

Él abre la puerta del pasajero.

—Sube.

Lo miro.

—¿Eso es una orden?

—Una sugerencia.

—¿Y si digo que no?

—Entonces llamaré a alguien para que te lleve a casa.

La respuesta me sorprende.

Podría obligarme.

No lo hace.

Simplemente espera.

Ese detalle me tranquiliza más de lo que debería.

Subo al automóvil.

Él cierra la puerta y rodea el vehículo para ocupar el asiento del conductor.

Cuando se sienta a mi lado, el interior queda impregnado de su perfume.

Limpio.

Oscuro.

Caro.

El tipo de colonia que imagino en un hombre capaz de arruinarte la vida con una sonrisa y desaparecer antes de que puedas pedir explicaciones.

Se pone el cinturón.

Yo hago lo mismo.

El motor cobra vida.

Durante unos segundos ninguno habla.

Sus manos descansan sobre el volante.

Fuertes.

Seguras.

Yo miro por la ventana.

Las luces de Chicago comienzan a deslizarse frente a nosotros.

—¿Adónde? —pregunta.

Su voz es tan baja que resulta inquietante.

Debería decirle que me lleve a casa.

Debería llamar a mi padre.

Debería permitir que mis guardaespaldas me encuentren y terminar con esta locura.

Pero pienso en las paredes de mi casa.

En las reglas.

En las puertas cerradas.

En todas las personas que deciden por mí.

—Esta noche no.

Aldo no pregunta qué significa.

Solo asiente.

—Entonces, ¿adónde?

Lo miro.

—A cualquier lugar donde no puedan encontrarme inmediatamente.

Una pausa.

—Mi casa.

Mi corazón da un salto.

—¿Tu casa?

—Estarás a salvo.

La palabra no me suena del todo bien.

¿A salvo con él?

Miro su perfil.

Su expresión no cambia mientras conduce.

—¿Estás seguro de que no te dedicas a la trata de personas?

Durante un segundo permanece serio.

Después se ríe.

Esta vez es una risa real.

Oscura.

Profunda.

Peligrosamente atractiva.

—No es mi modelo de negocio.

Sonrío.

—Qué alivio.

—Además, si quisiera hacerte daño, no habría necesitado salvarte de esos hombres.

Tiene lógica.

No me gusta admitirlo.

—Eso no significa que pueda confiar en ti.

—No.

Su respuesta me sorprende.

—¿No?

—No significa eso.

Me mira brevemente antes de volver los ojos a la carretera.

—No tienes ninguna razón para confiar en mí.

—¿Y aun así me llevas a tu casa?

—Tú lo pediste.

—No exactamente.

—Pero lo elegiste.

Tiene razón.

Y eso me inquieta.

Las luces de la calle atraviesan su rostro mientras avanzamos. Por momentos, parece completamente diferente: un hombre elegante y tranquilo; al siguiente, el mismo hombre que derribó a tres delincuentes sin despeinarse.

Algo en sus ojos se clava bajo mi piel.

No sé qué es.

Pero lo siento.

Mi apellido es Mancini.

Mi familia escribe algunas de las reglas de esta ciudad.

Y ahora mismo estoy rompiendo casi todas.

Si mi padre supiera que estoy dentro del automóvil de un desconocido, probablemente enviaría a media ciudad a buscarme.

Y si descubriera quién es Aldo...

No sé qué sucedería.

Pero estoy bastante segura de que no sería agradable.

Por primera vez en mucho tiempo, estoy haciendo algo sin pedir permiso.

Y nunca me he sentido más viva.

Todo instinto grita:

Corre.

Pero esta noche el peligro no solo me tienta.

El peligro conduce.

Lleva un traje a medida.

Huele a pecado.

Y tiene ojos grises que parecen saber exactamente lo que estoy pensando.

El viaje dura unos veinte minutos.

Durante ese tiempo, Aldo no intenta interrogarme.

No pregunta quién es mi padre.

No pregunta por qué estaba sola.

No pregunta por qué estaba en aquel callejón.

Eso me desconcierta.

Los hombres que rodean a mi familia siempre quieren información.

Él parece satisfecho con el silencio.

Finalmente, entra en un estacionamiento privado.

Las puertas se abren automáticamente.

Bajamos por una rampa iluminada y llegamos a un espacio reservado.

Aldo estaciona.

Apaga el motor.

—Llegamos.

Lo miro.

—¿Vives aquí?

—Sí.

—¿Solo?

Sus ojos se encuentran con los míos.

—¿Estás intentando averiguar si tengo esposa?

—Estoy intentando averiguar dónde me estás llevando.

—A mi apartamento.

—Eso ya lo sé.

—Entonces estás haciendo preguntas innecesarias.

—Es una de mis virtudes.

—No estoy seguro de que sea una virtud.

Salgo del automóvil antes de que pueda responder.

Entramos al edificio.

El vestíbulo es silencioso y elegante. Mármol, cristal y una iluminación tenue que hace que todo parezca demasiado perfecto.

Aldo camina a mi lado.

No me toca.

Pero permanece lo suficientemente cerca para atraparme si vuelvo a perder el equilibrio.

Llegamos al ascensor.

Las puertas se abren.

Entramos.

Cuando las puertas se cierran, el silencio cambia.

Ahora estamos solos.

Muy solos.

Puedo escuchar mi propia respiración.

Aldo pulsa un botón.

—¿Qué piso?

—El último.

Las puertas comienzan a subir.

Miro los números iluminados.

Uno.

Cinco.

Diez.

No sé por qué, pero cada número que aparece hace que mi corazón lata más rápido.

Finalmente, el ascensor se detiene.

Las puertas se abren.

Aldo sale primero.

—Aquí estamos.

Suelta una pequeña risa y me coloca una mano en la espalda para guiarme hacia afuera.

La presión es suave.

Nada más.

Pero el contacto me provoca un escalofrío.

Lo conozco desde hace menos de una hora.

Y, aun así, su tacto parece llegar directamente a mi columna.

Caliente.

Inesperado.

Completamente inútil para mi sentido común.

Entramos en su apartamento.

Me detengo.

—Oh.

Aldo se vuelve.

—¿Qué?

Miro alrededor.

El apartamento es impresionante.

Amplio.

Abierto.

Las paredes de cristal ofrecen una vista espectacular de la ciudad. Las luces de Chicago se extienden debajo de nosotros como un océano de estrellas.

El suelo de mármol refleja la iluminación cálida.

Los muebles son elegantes y modernos.

Nada está fuera de lugar.

Nada parece accidental.

Todo transmite poder.

Dinero.

Control.

—Esto es...

Busco la palabra.

—Ridículo.

Aldo sonríe.

—¿En el buen sentido?

—Todavía estoy decidiéndolo.

Él deja escapar una risa.

—Ven.

Me toma de la mano.

Su contacto vuelve a producirme el mismo pequeño sobresalto.

Me lleva hasta la cocina.

Es una extensión elegante de granito oscuro y acero inoxidable.

Aldo aparta una silla de la isla.

—Siéntate.

Obedezco.

Él abre uno de los armarios, toma un vaso y lo llena de agua.

Mientras lo hace, noto algo debajo del cuello de su camisa.

Tinta.

Un tatuaje.

Después veo otro que desaparece bajo la manga.

Entrecierro los ojos.

Hay más.

Muchos más de los que imaginé.

Las piezas empiezan a encajar en mi cabeza.

El traje.

La violencia.

La forma en que se mueve.

Los tatuajes.

¿Quién carajo es este hombre?

Aldo se gira.

Nuestros ojos se encuentran.

Aparto rápidamente la mirada.

Demasiado tarde.

Una sonrisa burlona aparece en sus labios.

Sabe que estaba mirando.

Se acerca y me entrega el vaso.

—Toma.

—Gracias.

—Bebe.

Obedezco.

El agua fría me ayuda a despejar un poco la cabeza.

Un poco.

No demasiado.

Porque lo único que puedo pensar es en lo mucho que deseo a este hombre.

¿Qué carajo me pasa?

Hace unos momentos solo quería sobrevivir.

Ahora mi cuerpo está reaccionando ante él como si hubiera olvidado todas las razones por las que debería mantenerme alejada.

Quizá eso es lo que realmente estaba buscando cuando escapé.

No un lugar.

No una persona.

Libertad.

La posibilidad de sentir algo sin que alguien me dijera si estaba permitido.

Aldo se apoya contra la encimera.

Me observa.

—¿Mejor?

—Sí.

—Bien.

—¿Siempre interrogas a tus invitados?

—Solo a los que llegan a mi casa después de meterse en problemas.

—Yo no me metí en problemas.

Una ceja se levanta.

—¿No?

—Los problemas me encontraron.

—Eso suena más convincente.

Dejo el vaso sobre la encimera.

—Por cierto, ni siquiera sé tu apellido.

—Aldo.

Extiende la mano.

—Aldo Volkov.

Miro su mano antes de tomarla.

Volkov.

El apellido me resulta familiar.

Demasiado familiar.

Mi padre ha mencionado ese nombre alguna vez.

No recuerdo exactamente dónde.

Pero algo dentro de mí se pone alerta.

Estrecho su mano.

—Isamar.

Él espera.

—Pero todos me llaman Isa.

Su mano permanece alrededor de la mía un segundo más de lo necesario.

Su tacto es cálido.

Firme.

Irresistible.

Entonces me suelta.

—Isa —repite.

La forma en que pronuncia mi nombre hace que parezca algo completamente diferente.

Algo privado.

—Estás llena de sorpresas —dice.

—¿Eso es un cumplido?

—Tómalo como quieras.

Sonrío.

—Intento mantener las cosas interesantes.

Sus ojos se oscurecen ligeramente.

—Eso ya lo he notado.

Una pausa cargada de significado flota entre nosotros.

Por primera vez desde que entré en su apartamento, ninguno de los dos intenta llenarla con palabras.

Aldo me observa.

Yo lo observo a él.

Y de repente tengo la sensación de que aquella noche acaba de comenzar de verdad.

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