
EL ÁNGEL OSCURO DE LA MAFIA: ¡ISA ME PERTENECE!
ninatap05 · En curso · 178.8k Palabras
Introducción
Cuando un grupo de delincuentes intenta atacarla, un misterioso hombre aparece de la nada para salvarla. Alto, peligroso y con una mirada capaz de desarmar cualquier defensa, Aldo le ofrece refugio en su hogar. Lo que comienza como una noche de protección termina convirtiéndose en una pasión imposible de olvidar.
Al amanecer, aterrada por la reacción de su padre si descubre su aventura con un desconocido, Isamar huye sin despedirse... llevándose consigo un secreto que cambiará sus vidas: está embarazada del hombre al que no ha podido dejar de amar.
Meses después, el destino vuelve a reunirlos de la forma más cruel. Durante la fiesta de compromiso de su prima con un poderoso aliado de la familia, Isamar queda paralizada al descubrir la verdad.
El prometido es Aldo.
El hombre que le robó el corazón.
El padre de su hijo.
Y el despiadado heredero de la mafia rusa, conocido como el Ángel Oscuro...
Capítulo 1
ISAMAR
Soy la hija del rey de la mafia de Chicago.
Eso significa que mis pasos están controlados, mis llamadas vigiladas y mis movimientos registrados por hombres que mi padre considera indispensables para mantenerme a salvo.
O, al menos, eso es lo que él dice.
Para mí, significa vivir dentro de una jaula de lujo.
Una jaula con guardaespaldas en cada puerta, conductores que saben exactamente adónde voy y personas que creen tener derecho a decidir qué puedo hacer, con quién puedo hablar y hasta cuándo debo regresar a casa.
Esta noche encontré una grieta en esa jaula.
Y no lo dudé.
Me colé por ella.
Ahora estoy en un callejón oscuro, a varias calles de cualquier lugar que reconozca, con los tacones hundiéndose entre el pavimento sucio y la basura acumulada junto a los contenedores.
El aire huele a humedad, alcohol y algo más desagradable que prefiero no identificar.
Miro hacia atrás.
Nadie.
Por unos segundos, siento que lo conseguí.
Estoy libre.
Libre de mis guardaespaldas.
Libre de las órdenes de mi padre.
Libre de las paredes de aquella mansión donde cada movimiento mío parece tener un testigo.
Entonces escucho una risa.
Me giro.
Tres hombres salen de la oscuridad.
Mi estómago se contrae.
Uno de ellos es enorme. Tiene el cuerpo pesado, la ropa desordenada y una botella en la mano. Otro camina detrás de él, observándome con una sonrisa torcida. El tercero permanece un poco más alejado, pero no aparta los ojos de mí.
No necesito que nadie me explique sus intenciones.
Las conozco.
De repente, la libertad que tanto deseaba comienza a parecerme una idea terriblemente estúpida.
Uno de ellos se acerca al contenedor y apoya un brazo sobre la tapa.
—Mírala —dice, arrastrando las palabras—. Una muñeca de cristal toda pintada, perdida en la cuneta. Seguro que papá pagó un dineral para que no se metiera en la porquería como nosotros.
Aprieto la mandíbula.
Mis rodillas quieren temblar.
No se lo permitiré.
—No me toques, carajo.
Mi voz suena firme.
Mis piernas, en cambio, son de papel.
El hombre se ríe.
—¿Y qué vas a hacer?
Levanto la barbilla.
—Puedo hacerte arrepentirte de haber preguntado.
Es una mentira.
Una mentira bastante mala.
Pero no pienso regalarles el miedo.
El tercer hombre se acerca un poco más. Sus ojos recorren mi cuerpo con descaro.
—Cariño, ¿te perdiste? —pregunta—. No te preocupes. Con gusto te mostraremos el camino.
Malditos bastardos.
Retrocedo un paso.
Mi espalda casi roza el contenedor.
Miro rápidamente hacia ambos lados.
No hay salida fácil.
A mi izquierda, una pared.
A mi derecha, los tres hombres.
Frente a mí, ellos.
Y detrás, basura.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
La próxima vez que quiera escapar de mi padre, recordaré que quizá ser vigilada las veinticuatro horas del día no sea tan terrible.
El hombre de la botella da otro paso.
—Vamos, preciosa. No tienes por qué estar nerviosa.
—Estoy perfectamente bien.
—No lo pareces.
Sonríe.
Yo aprieto los puños.
Estoy a punto de lanzarme contra él, aunque sé perfectamente que sería una pésima decisión.
Entonces escucho una voz.
—Aléjate de ella.
Baja.
Tranquila.
Fría.
Tan fría que parece capaz de congelar el aire.
Los tres hombres se detienen.
Yo también.
No sé de dónde viene la voz.
Solo sé que algo acaba de cambiar.
El acento ruso del desconocido se desliza por el callejón como terciopelo atravesado por una cuchilla.
Me giro lentamente.
Al principio solo veo una sombra.
Unos hombros anchos.
Una silueta alta, perfectamente erguida.
Un hombre que avanza desde la oscuridad con una calma que resulta mucho más amenazante que cualquier grito.
Cada paso suyo parece una advertencia.
No es una sugerencia.
Es una orden.
Finalmente, la luz amarillenta de una lámpara del callejón alcanza su rostro.
Santo infierno.
Mi cerebro se queda en blanco durante un segundo.
Viste de negro.
El traje parece hecho para él, ajustado a unos hombros anchos y a un cuerpo que no necesita presumir de fuerza para demostrarla. La camisa blanca contrasta con la oscuridad del traje. Los gemelos reflejan la luz como diminutas cuchillas.
En su muñeca lleva un reloj extraño, elegante y costoso.
El tipo de reloj que probablemente cuesta más que todo lo que hay en este callejón.
El diablo está en los detalles.
Y este hombre...
Este hombre parece el sumo sacerdote del diablo.
Sus ojos se clavan en mí.
Grises.
Fríos.
Intensos.
No parecen simplemente observarme.
Parecen analizarme.
Como si estuviera intentando descubrir quién soy, qué hago aquí y qué clase de problemas estoy a punto de causarle.
Una parte de mí quiere apartar la mirada.
Otra se niega.
Entonces me doy cuenta de algo todavía más peligroso.
Es atractivo.
Demasiado.
En medio de este desastre, mi cuerpo decide traicionarme.
Siento calor en el estómago.
Incorrecto.
Completamente incorrecto.
Este hombre podría ser quien viene a matarme.
O quizá el hombre al que llaman cuando el asesinato ya está decidido.
Y aun así, no puedo dejar de mirarlo.
—¿Quién carajo eres tú? —gruñe el hombre de la botella.
El desconocido ni siquiera lo mira de inmediato.
Primero me observa a mí.
Después dirige lentamente los ojos hacia él.
Una pequeña curva aparece en su boca.
No es una sonrisa.
Es algo peor.
—El hombre que no permite que alimañas como ustedes se arrastren por los callejones.
El hombre de la botella se ríe.
Los otros dos también.
No sé si son valientes o estúpidos.
Probablemente lo segundo.
El desconocido da un paso adelante.
—Váyanse.
Su voz continúa siendo tranquila.
—Ahora.
El hombre levanta la botella.
—¿Y si no?
Los ojos grises del extraño se endurecen.
—Entonces esto terminará de una manera que no les gustará.
Hace una pausa.
—Personalmente, prefiero esa opción.
El silencio cae sobre nosotros.
Por un momento, creo que finalmente comprenderán.
Nadie quiere enfrentarse a un hombre que habla así.
Me equivoco.
El más gordo avanza primero.
Levanta la botella.
—¡Te crees muy importante, hijo de puta!
Todo sucede demasiado rápido.
El desconocido apenas se mueve.
El hombre intenta golpearlo.
Él esquiva el impacto, toma su muñeca y la gira con precisión.
Se escucha un chasquido.
La botella cae al suelo.
Antes de que el hombre pueda reaccionar, el desconocido lo empuja contra la pared.
El golpe hace vibrar los ladrillos.
El hombre cae de rodillas.
Yo parpadeo.
El segundo atacante se abalanza sobre él.
El desconocido gira.
Un codazo.
Un golpe directo.
El hombre cae junto a un montón de bolsas de basura.
El tercero intenta atacarlo por detrás.
El desconocido lo ve venir sin siquiera necesitar girarse por completo.
Se aparta.
Lo toma del brazo.
Y lo lanza contra el contenedor.
El metal retumba.
El hombre queda tendido en el suelo.
Silencio.
Todo ha terminado en cuestión de segundos.
Parpadeo varias veces.
Miro a los tres hombres.
Después al desconocido.
No parece cansado.
Ni siquiera respira con dificultad.
Como si acabar de derribar a tres hombres fuera una actividad completamente normal.
Violencia envuelta en elegancia.
Una maldita arma envuelta en seda.
Engañosa.
Peligrosa.
Y, por alguna razón que no quiero admitir, fascinante.
Uno de los hombres se mueve.
Mi corazón vuelve a acelerarse.
El más gordo intenta incorporarse.
—Hijo de...
Se tambalea.
Luego mira hacia mí.
Y, en lugar de aceptar su derrota, vuelve a lanzarse.
Directamente hacia mí.
No tengo tiempo de reaccionar.
Pero él sí.
El desconocido aparece entre nosotros en un instante.
Su mano se cierra sobre el cabello del hombre y tira de su cabeza hacia atrás.
—Tócala —dice con una calma aterradora— y me aseguraré de que nunca encuentren todos los pedazos.
El hombre escupe al suelo.
—Que te jodan.
El puño del desconocido impacta contra su estómago.
El hombre se dobla inmediatamente y cae al suelo.
Esta vez no vuelve a levantarse.
El silencio regresa.
Yo sigo pegada al contenedor.
Mi corazón golpea contra las costillas.
No sé si estoy más asustada por lo que acaba de suceder o por la manera en que este hombre acaba de ponerse delante de mí.
Él se vuelve.
Sus ojos encuentran los míos.
Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada.
Entonces una risa suave escapa de sus labios.
No es una risa cruel.
Es genuinamente divertida.
Y, contra toda lógica, ese sonido me recorre la columna vertebral.
—¿Qué? —pregunto.
Él inclina ligeramente la cabeza.
—Sigues de pie.
Miro hacia abajo.
Mis piernas están temblando.
—Por poco.
Una sonrisa lenta aparece en su rostro.
Peligrosa.
—Con eso basta.
Y maldita sea si esas tres palabras no consiguen que mi cuerpo reaccione de una manera que no debería.
El calor me sube por el cuello.
Mi cerebro se revuelve.
Este hombre acaba de salvarme de tres delincuentes y mi primera reacción es preguntarme cómo sería estar demasiado cerca de él.
Definitivamente estoy perdiendo la cabeza.
Él da un paso hacia mí.
Me quedo quieta.
—Estás a punto de caerte.
—No.
La respuesta sale demasiado rápido.
Sus ojos bajan hacia mis piernas.
—Sí.
—Estoy perfectamente bien.
Una ceja se levanta.
—Claro.
Me molesta que tenga razón.
Me apoyo con una mano en el contenedor para mantener el equilibrio.
Entonces recuerdo algo.
—Espera.
Él me mira.
—¿Qué?
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
Su expresión cambia apenas.
Muy poco.
Pero lo suficiente para que lo note.
—Te estaba observando.
Mi pulso se acelera.
—¿Me estabas mirando?
Sus ojos se detienen brevemente en mi boca antes de volver a encontrarse con los míos.
—Lo suficiente.
Trago saliva.
—Eso debería asustarme.
—Debería.
Su respuesta es tan tranquila que me deja sin palabras.
—¿Y por qué no me asusta?
Esta vez no responde inmediatamente.
Da otro paso.
Ahora está lo suficientemente cerca para que pueda percibir su perfume: limpio, oscuro, sofisticado.
Mi corazón vuelve a traicionarme.
—Porque —dice finalmente— ese extraño te mantuvo con vida.
No encuentro una respuesta.
Es difícil discutir con eso.
Miro a los hombres inconscientes en el suelo.
Después vuelvo a mirarlo a él.
No sé quién es.
No sé por qué me estaba observando.
No sé qué quiere de mí.
Y, sobre todo, no sé por qué, después de todo lo que acaba de suceder, una parte irracional de mí desea que no se marche.
Por primera vez desde que escapé de la mansión de mi padre, entiendo algo.
Quizá no fui yo quien encontró una salida de mi jaula.
Quizá simplemente entré en otra.
Una mucho más peligrosa.
Y, mientras esos ojos grises continúan sobre mí, una idea absurda cruza mi mente:
Ojalá me bese.
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Última actualización: 10/24/2026
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Atracción Peligrosa
Para muchos, soy la bestia de la mafia. Un líder despiadado, implacable, sin corazón. Fui criado para no sentir, para ser duro y frío, porque en mi mundo, la compasión es una debilidad, y la debilidad te mata. Aquí, solo los fuertes sobreviven, y siempre hay alguien esperando arrancarte la cabeza.
El amor nunca ha tenido lugar en mi vida. Lo considero una tontería, una distracción insignificante que solo debilita a las personas.
Hasta que ella apareció.
LIBRO 1 DE LA SAGA ATRACCIÓN
Mírame
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El destino los cruza en un bar karaoke. Diego llega allí empujado por su mejor amigo, buscando un respiro a su rutina. Antonella asiste gracias a su mejor amiga, directora del colegio, aprovechando la ausencia temporal de su esposo. Comparten mesa sin conocerse, hasta que una emergencia obliga a sus amigos a marcharse juntos, dejándolos solos. Entre canciones, copas y una conexión inesperada, se besan y terminan pasando la noche en un motel. Ninguno revela estar casado; ambos creen que ha sido un encuentro fugaz.
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Prohibido enamorarse












