Capítulo 1 El gemelo fantasma

Capítulo Uno: El Gemelo Fantasma

Los pasillos de la Mansión Ainsworth estaban en silencio aquella mañana, sofocantes y majestuosos. La luz del sol se derramaba a través de los vitrales, esparciendo rojo y dorado sobre el mármol pulido, pero ni siquiera la belleza podía calentar una casa construida sobre la crueldad.

Lucien estaba sentado solo en la larga mesa del comedor, con la espalda recta y las manos cuidadosamente entrelazadas sobre el regazo. No había desayuno frente a él, ni siquiera té. No se le permitía comer hasta que los demás hubieran terminado. Esa era la regla.

Tenía veinte años, era delgado, pálido, con unos ojos del color de la ceniza después de un incendio. Su cabello oscuro se le rizada apenas alrededor de las orejas, despeinado esa mañana porque la criada se había olvidado de él otra vez. O tal vez le habían ordenado hacerlo.

Su hermano gemelo, Cassian, ya había comido y se había ido. Lucien lo había oído antes en el pasillo, riéndose con su padre. El mismo hombre que no le había dirigido una sola palabra amable a Lucien en años.

El silencio en la habitación se volvió pesado, casi burlón.

Pasos. Lucien no giró la cabeza. Ya sabía quién era.

—¿Todavía estás aquí? —La voz de Gerard Ainsworth cortó el aire, afilada y fría.

Lucien se puso de pie con rapidez, bajando la mirada.

—Buenos días, padre.

Gerard resopló, un sonido de asco.

—Hablas como si tuvieras derecho a saludarme.

Lucien no respondió. Había aprendido que callarse era más seguro.

Gerard pasó junto a él hasta la cabecera de la mesa, mirando los platos vacíos.

—¿Siquiera limpiaste el ala este esta mañana? ¿O estabas demasiado ocupado haciendo pucheros en tu habitación como una chica inútil?

—La limpié —respondió Lucien en voz baja.

Eso le valió una bofetada en la cara. No lo bastante fuerte como para dejar moretón, pero sí lo suficiente como para arder.

Lucien no se inmutó.

—No me mientas. Puedo oler tu flojera. Debí haberte enviado al seminario, como tenía planeado. Al menos así no tendría que mirarte esa cara patética.

Se quedó quieto, parpadeando para apartar el ardor punzante en los ojos. No por la bofetada. Por las palabras.

—Debería comer —susurró Lucien—. Su presión arterial...

Otra bofetada. Más fuerte.

—No me digas qué tengo que hacer.

La puerta volvió a abrirse con un chirrido. Cassian.

—Padre —la voz de Cassian era calmada, pero firme—. Tiene una reunión con el consejo de Southridge en treinta minutos. ¿No debería estar preparándose?

Gerard se volvió hacia su hijo favorito y, al instante, su expresión se suavizó.

—Ah, Cassian. Mi niño de oro. Tienes razón, como siempre.

Cassian le lanzó a Lucien una mirada rápida. Sus ojos se encontraron solo por un segundo. Una disculpa silenciosa.

Gerard salió de la habitación como una tormenta que pasa, dejando aire frío a su paso.

Cuando quedaron a solas, Cassian cruzó el cuarto y tocó con suavidad la mejilla de Lucien.

—¿Te golpeó otra vez?

Lucien no contestó.

Cassian suspiró.

—Deberías defenderte, Lucien. No eres débil.

Lucien negó con la cabeza.

—Sabes que solo lo empeoraría.

Se quedaron allí un momento en silencio. Luego Cassian dijo:

—Hay una fiesta esta noche. Una grande. Padre la está organizando por la familia Crescent.

Las cejas de Lucien se fruncieron.

—¿La familia de la mafia?

—Sí. Y... voy a llevar a alguien.

Lucien inclinó la cabeza.

—¿A quién?

—Se llama Selene Kingsley. La hermana de Zayn Kingsley.

Lucien lo miró fijo.

—¿Es seguro traerla aquí?

—Fue idea de ella —respondió Cassian—. Quiere conocer a la familia.

Lucien no dijo lo que estaba pensando. Sabía cuán poderosos eran los Kingsley. También sabía lo imprudente que podía ser Cassian cuando creía estar enamorado.

Cassian se pasó una mano por el cabello.

—Escucha... Sé que esta noche va a ser difícil. Padre va a estar observándolo todo. Solo... mantente invisible.

Lucien asintió.

—Y ponte algo bonito —añadió Cassian—. No ese suéter viejo.

Lucien sonrió apenas.

—Lo intentaré.

Cassian lo miró un instante más y luego dijo:

—No te odia por lo que eres, Lucien. Te odia porque no te entiende.

La sonrisa de Lucien se desvaneció.

—Ni yo me entiendo.

Cassian metió la mano en el bolsillo y sacó una cadenita de plata con una estrellita.

—Toma. Para la buena suerte.

Lucien vaciló, pero luego la tomó.

—Gracias.

Cuando Cassian se fue, Lucien volvió a la ventana. Afuera, el personal estaba montando el gran pabellón. Mesas cubiertas con manteles blancos, copas de cristal atrapando el sol de la tarde.

Una fiesta para gente que importaba.

Y él, el hijo oculto, el gemelo fantasma, también estaría allí.

Pero no para que lo vieran.

Solo para cargar con la culpa, si hacía falta.

Y algo en el pecho le susurró que, esta noche, todo cambiaría.

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