Capítulo 2 El día que todo cambió

Capítulo Dos: El día que todo cambió

Hace cuatro años.

Hasta ahí tenía que retroceder Lucien para alcanzar el recuerdo.

Le llegaba en fragmentos, como vidrio roto esparcido a través del tiempo. Algunas partes afiladas, otras borrosas. Nunca supo por qué aquel recuerdo se sentía así —roto—. Como si alguien le hubiera pasado una hoja por la mente y hubiera recortado las piezas que más importaban.

Tenía trece años el día que despertó en el hospital.

Solo.

La lluvia era suave el día que Lucien despertó en el hospital. Golpeteaba en silencio contra las ventanas, como alguien demasiado educado para tocar. Parpadeó bajo la luz blanca y dura sobre él, sin estar seguro de dónde estaba ni cuánto tiempo llevaba ahí. El cuerpo le pesaba. Le dolía la cabeza. Tenía vendas enrolladas en los brazos. Un dolor punzante latía en un costado.

No recordaba haberse lastimado. No recordaba nada.

Giró la cabeza despacio. A su lado, las máquinas pitaban. Una bolsa de suero colgaba de un soporte. No había nadie sentado junto a su cama. Ni flores. Ni rostros cálidos esperándolo con sonrisas. Solo silencio y el zumbido sordo de las máquinas.

Pensó que tal vez su madre había salido un momento. Ella siempre le llevaba sopa caliente y lo arropaba cuando estaba enfermo. Tal vez Cassian había ido por jugo o papas fritas a la máquina expendedora. Seguramente su padre estaba afuera, hablando con un médico.

Pero nadie vino ese día. Ni al día siguiente.

Permaneció en esa cama de hospital una semana entera, viendo a las enfermeras entrar y salir. Eran amables, pero distantes. No hablaban mucho con él. Escuchaba susurros fuera de su habitación, palabras como «trauma», «amnesia» y «qué suerte que esté vivo».

Lucien no se sentía afortunado.

Se sentía olvidado.

El día que le dieron el alta, un chofer fue a recogerlo. No su padre. No Cassian. Un hombre de traje negro que no dijo nada durante el largo camino de regreso a casa. Lucien miró por la ventana, viendo cómo los edificios se desdibujaban hasta convertirse en campos. Algo estaba mal. Podía sentirlo en el pecho.

Cuando llegaron a la finca Ainsworth, estaba silenciosa. Demasiado silenciosa. El personal de siempre no estaba en la puerta. Nadie le dio la bienvenida.

La casa se veía igual —columnas altas, una gran escalera, un candelabro dorado—, pero se sentía como un museo. Fría. Vacía. Caminó solo por los pasillos, con sus pasos resonando.

Encontró a Gerard Ainsworth en el despacho, sentado detrás de un gran escritorio de caoba.

Lucien entró despacio.

—¿Papá?

Su padre no alzó la vista de sus papeles.

—Ya volviste.

Lucien dudó.

—¿Dónde está... dónde está mamá?

El aire en la habitación cambió.

Gerard por fin lo miró. Sus ojos eran agudos, ilegibles.

—Está muerta.

Las piernas de Lucien flaquearon.

—¿Qué...?

—Tú también ibas en el coche —dijo Gerard, con voz plana—. ¿No lo recuerdas?

Lucien negó con la cabeza.

—No. No lo recuerdo.

Su padre se levantó, echando la silla hacia atrás.

—Entonces considérate afortunado.

Pasó junto a Lucien sin decir una palabra más, dejando al chico paralizado en su sitio.

Aquella noche, Lucien lloró por primera vez en años.

Buscó a Cassian. Las criadas le dijeron que su gemelo había sido enviado a un internado en el extranjero. Sin llamada. Sin carta. Simplemente... se había ido.

A la mañana siguiente, Lucien entró sin rumbo en el cuarto de su madre. Nadie lo había tocado. Su bufanda seguía sobre el brazo del sillón. Su perfume flotaba tenue en el aire. En su tocador había una fotografía: Lucien y Cassian de pequeños, ambos sosteniéndole las manos.

La tomó, y le temblaron las manos.

Todo había cambiado, y nadie le había dicho por qué.

Revisó sus cajones, intentando encontrar algo. Una carta. Una pista. Lo que fuera.

Pero lo único que encontró fue un diario cerrado con llave. Y un pequeño colgante que ella solía llevar, con forma de luna creciente.

Lucien lo apretó con fuerza dentro del puño.

En los años siguientes, lo fueron empujando cada vez más hacia las sombras. Le prohibieron asistir a eventos. Comía solo. Tenía clases aparte. Y Gerard —su padre— no le hablaba a menos que fuera para humillarlo o golpearlo.

Una vez, Lucien le preguntó al viejo jardinero, el señor Poe, qué le había pasado de verdad a su madre.

El señor Poe solo lo miró con ojos tristes.

—Algunas verdades están enterradas, chico. Y quienes las desentierran no siempre sobreviven.

Así que dejó de preguntar.

Pero nunca dejó de preguntárselo.

¿Por qué su padre había llegado a odiarlo tanto?

¿Por qué no podía recordar el accidente?

¿Qué ocurrió aquella noche, cuando su madre murió?

Lucien cargaba con esas preguntas como piedras en el pecho.

Mantenía el colgante escondido bajo la camisa, lo único que le quedaba de ella. En las noches tranquilas, se lo acercaba al pecho y le susurraba, como si fuera una oración.

—Te extraño, mamá.

Y en su corazón, algo sin respuesta siempre le susurraba de vuelta.

~~~

Un golpe suave en la puerta sacó a Lucien del recuerdo.

Parpadeó, dándose cuenta de que aún estaba sentado al borde de la cama, sosteniendo esa cadena de plata que Cassian le había dado aquella mañana.

La criada entró para informarle que debía ayudar con los preparativos de la fiesta. Y luego se fue.

Lucien cerró los ojos, tragándose el dolor que siempre seguía a ese recuerdo. Por más años que pasaran, seguía sintiendo como si lo hubiera perdido todo sin previo aviso.

A su madre.

Su lugar en esa casa.

Y tal vez incluso... a sí mismo.

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