Capítulo 2 La boda
No recuerdo en qué momento dejé de sentir.
Todo sucede a una velocidad tan rápida que ni siquiera lo siento, es como si el mundo se hubiera acelerado solo para mí. Manos desconocidas que me ajustan un vestido, voces que murmuran a mi alrededor sin que yo logre distinguir las palabras. Un vestido de novia blanco, elegante y frío, lleno de encaje que alguien más eligió por mí. Ni siquiera me permitieron verlo antes de que me lo pusieran.
Y de repente… estoy allí.
De pie en un salón austero, con poca gente y una iluminación tenue que apenas disipa las sombras. El aroma a flores frescas se mezcla con el olor a madera vieja y cera de velas que hay por todo el salón. Frente a mí, el oficiante habla con prisa, como si supiera que esto no es más que un trámite incómodo. A mi lado, Dante Moretti permanece inmóvil, imponente, con esa presencia que parece absorber todo el oxígeno de la habitación.
Rayos.
Ni siquiera me da tiempo de procesar nada. Esta vez mi padre realmente lo ha hecho. Me ha vendido. Y el comprador resulta ser el último hombre sobre la tierra con el que me gustaría estar casada.
La ceremonia es rápida, casi quirúrgica. Sin emoción. Sin promesas sinceras. Solo frialdad entre nosotros dos, como si fuéramos dos extraños firmando un contrato frente a testigos mudos. Es exactamente lo que es: un acuerdo de negocios disfrazado de boda.
Yo soy solo una jodida moneda de cambio entre mi padre y Dante Moretti.
— Yo, Dante Moretti, te tomo a ti, Natalia, como mi esposa —recita sus votos sin mirarme ni una sola vez, con voz grave y controlada—. Prometo cumplir con las obligaciones de este matrimonio, proteger lo que lleve mi nombre… y mantener esta unión mientras resulte conveniente.
Sus palabras son una burla cruel a todo lo que un matrimonio debería significar. Quiero gritarle que es un miserable, pero el carraspeo de advertencia de mi padre y la mirada ilusionada de mi madre me detienen. Trago saliva, sintiendo un nudo doloroso en la garganta.
El oficiante, visiblemente incómodo, me hace un gesto para que continúe.
— Yo, Natalia… te acepto como mi esposo —leo del papel que tiembla ligeramente en mis manos—. Prometo respetar este acuerdo y cumplir con lo que se espera de mí… sin interferir en lo que no me corresponde.
Un silencio denso cae sobre el salón. Los votos suenan huecos, artificiales. Incluso el oficiante parece avergonzado, pero continúa como si nada.
— Puede besar a la novia.
Intento retroceder por instinto.
Pero antes de que pueda moverme, la mano de Dante se cierra alrededor de mi cintura con firmeza. No me hace daño, pero su agarre es inquebrantable, como una cadena invisible. Por primera vez en toda la ceremonia, levanto la mirada y me encuentro con sus ojos.
Un negro tan profundo y oscuro que parece absorber la luz. Ojos sin calidez, sin alma. Ojos que han visto cosas que prefiero no imaginar.
Dante no dice nada. Solo se inclina y me besa.
El beso no es suave. No es romántico. Es posesivo, frío y calculado, como si estuviera sellando un contrato con su boca. Sus labios son firmes, exigentes. Pero cuando se separa, mi respiración está agitada y un calor traicionero sube por mi cuello.
Dios.
Debo admitir que Dante es un hombre muy apuesto: alto, de hombros anchos, extremadamente musculoso y con ese cabello oscuro que cae ligeramente sobre su frente. Justo el tipo de hombre que, en otras circunstancias, me habría llamado la atención. Lástima que sea el esposo de mi prima. Lástima que todo esto sea una pesadilla.
—¿Listo? —pregunta él, sin ninguna emoción en la voz.
El oficiante asiente rápidamente. Firmamos los papeles en una mesa lateral y, así, sin más, todo termina. Mi vida cambiada para siempre en menos de quince minutos.
Mi padre me mira con evidente satisfacción. Mi madre, en cambio, tiene los ojos llenos de lágrimas de emoción. Aún recuerdo sus palabras mientras me ayudaba con el vestido hace unas horas: “Por fin te veo feliz, mi niña”. Ella de verdad cree que esto es un matrimonio por amor. No tengo el valor para destruir esa ilusión. No cuando su salud depende de que yo mantenga esta farsa. Si le dijera la verdad, sé que sería capaz de abandonar la clínica solo por mí. Por eso callo.
Me gustaría poder abrazarla, despedirme como es debido, pero Dante no me da tiempo. Apenas termina la firma, su mano fuerte toma mi brazo y me conduce fuera del salón mientras que los pocos invitados a nuestro alrededor, aplauden con fingido entusiasmo.
Qué farsa.
No hay brindis. No hay fotos ni celebración. Solo aplausos vacíos de gente que probablemente no sabe —o no le importa— la verdad.
En silencio, me dejó llevar hasta un coche negro de lujo que ya esperaba afuera del salón.
Dante ni siquiera se sube, desde el asiento trasero lo veo hablar afuera con un hombre alto y vestido de negro para luego desaparecer en el interior de otro auto que espera al lado de este.
—¿A dónde me llevan? —pregunto al conductor, el hombre que claramente no conozco y con el que Dante estaba hablando hace solo unos minutos, cuando esté se sube al asiento del conductor.
—A su nueva casa, señora —responde cortésmente sin siquiera verme mientras arranca el coche—. La casa del señor Moretti.
Señora.
La palabra se siente extraña, pesada, como una cadena alrededor de mi cuello. “La casa del señor Moretti”. Ni siquiera “nuestra casa”. El mensaje es claro: yo soy una invitada. O peor, una intrusa.
Resignada, no hago otra cosa más que recostarme en el asiento y ver por la ventana.
El viaje dura casi una hora. El paisaje cambia de la ciudad a carreteras flanqueadas por altos muros y árboles centenarios y cuando finalmente llegamos, la mansión emerge imponente bajo la luz del atardecer. Una construcción moderna y lujosa, rodeada de jardines perfectamente cuidados. Nunca había estado aquí. Ni siquiera se si Anastasia había vivido entre estas paredes ya que nuestras reuniones siempre fueron en la ciudad.
Cansada, nerviosa y con los nervios destrozados, abro la puerta del coche y salgo rápidamente.
Una vez afuera me doy cuenta que una empleada uniformada ya esperaba por mi. Este se acerca de inmediato.
—Señora, si me sigue, la conduciré a su habitación —dice con eficiencia fría, ya empezando a caminar.
Cuando volteo, noto que el chofer ya ha desaparecido así que solo la sigo en silencio, sin saber realmente que hacer.
Con cada paso que doy siento el peso bajo este enorme vestido que no hizo otra cosa más que estorbarme todo el camino. No sé quién diseña estos vestidos, pero no envidio a las mujeres que les gusta usarlos.
Una vez en la segunda planta, la mujer se detiene frente a una puerta oscura.
—Esta será su habitación —indica antes de marcharse.
—¿Y mi equipaje? —pregunto, pero ya la mujer está caminando de regreso a las escaleras.
—Lo siento, llegará mañana.
Asiento sintiéndome frustrada.
Por lo menos podré encerrarme en mi habitación y tener el tiempo suficiente para asimilar toda esta situación.
Una vez dentro, la habitación está completamente a oscuras, así que tengo que tantear las paredes buscando el interruptor, pero choco contra algo sólido.
Un cuerpo.
Masculino. Caliente. Imponente.
Mi grito escapa antes de que pueda controlarlo.
—Cálmate, Natalia —gruñe la voz grave y familiar.
La luz se enciende de golpe y Dante está frente a mí, con la camisa desabotonada en la parte superior y esa misma expresión impasible que tenía durante la boda.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunto, sin apartar la mirada de él.
—La pregunta correcta es otra —responde con calma peligrosa—. ¿Qué haces tú en mi habitación?
¿Mi habitación?
Desconcertada, miro a mi alrededor. Las paredes oscuras, las sábanas negras, los muebles pesados de madera oscura, las librerías llenas de volúmenes antiguos. Definitivamente todo grita “territorio masculino”.
La empleada me ha traído directamente a la habitación principal.
La habitación de Dante.
—La empleada dijo que…
—Dejemos algo claro —me interrumpe Dante, dando un paso hacia mí. Su voz baja, casi un susurro amenazante—. El único motivo por el que me casé contigo es por el dinero y las ventajas que tu padre ofreció. Nada más.
Sus palabras están diseñadas para herir, pero levanto el mentón con orgullo.
Nada de lo que él pueda decirme me afectará tanto como el hecho de que mi padre me haya vendido.
—Lo sé —respondo con firmeza.
Sé que esto es un negocio. No me hago ilusiones.
Dante sonríe lentamente, de forma depredadora, y da otro paso más cerca.
—Ahora que todo está aclarado… y que somos marido y mujer —continúa, acortando la distancia mientras su sonrisa se ensancha—, te diré algo más: este matrimonio no será solo simbólico.
